martes, 28 de junio de 2016

JORNADA SEXTA



JORNADA SEXTA
Al día siguiente, el primero que abrió los ojos nos despertó a todos e inmediatamente
nos pusimos a discurrir sobre el posible desarrollo de los acontecimientos. Unos
decían que los decapitados revivirían todos juntos; otros afirmaban que la
desaparición de los ancianos debería dar a los jóvenes no solo la vida, sino también la
facultad de reproducirse. Algunos aseveraban que no podían haber matado a las
personas reales sino que eran otros los que habían sido decapitados en lugar de ellos.
Después de estar hablando así durante un rato, entró el anciano, nos saludó y
comprobó que nuestros trabajos estuviesen terminados y de forma correcta;
habíamos puesto tanto celo y cuidado en ello que se mostró satisfecho. Cogió los
frascos y los colocó en un joyero.
Luego entraron algunos pajes que traían escaleras, cuerdas y grandes alas; las
depositaron frente a nosotros y se fueron. Entonces dijo el anciano:
“Hijos queridos, cada uno de vosotros tiene que encargarse de una de estas cosas
durante todo el día, así que podéis escogerlas o echarlas a suerte.”
Le dijimos que preferíamos escoger.
“No -rectificó el anciano-, las echaremos a suerte.”
Entonces hizo tres fichas: en la primera puso escalera; en la segunda, cuerda; y en la
tercera, alas.1 Las mezcló en un sombrero y cada cual sacó una ficha, por lo que tuvo
que encargarse del objeto recibido. A quienes les tocaron las cuerdas se creyeron
favorecidos por el azar; a mí, que me tocó una escalera, me pareció fastidioso pues
tenía doce pies de largo y era bastante pesada. Tuve que llevarla mientras que los
otros podían enrollar fácilmente las cuerdas alrededor suyo. Luego, el anciano ató las
alas a los últimos con tanta destreza que parecía que les habían crecido de forma
natural. Finalmente, cerró un grifo y la fuente dejó de manar y tuvimos que quitarla
del centro de la sala. Cuando todo estuvo ordenado, el anciano cogió el joyero con los
frascos, nos saludó y cerró cuidadosamente la puerta a sus espaldas, tan bien, que
nos pareció estar prisioneros en esa torre.
No había transcurrido ni un cuarto de hora cuando se abrió en la bóveda un agujero
redondo; por él vimos a nuestra virgen, que se nos dirigió para desearnos un buen,
día y nos pidió que subiéramos. Los que tenían las alas volaron fácilmente por el
agujero; los que llevábamos las escaleras comprendimos de forma inmediata su
utilidad. Pero' los que tenían las cuerdas estaban confusos pues cuando subió uno de
nosotros, le dijeron que quitara la escalera. Por fin, cada una de las cuerdas fue atada
a un gancho de hierro y dijeron a los que las llevaban que subieran como pudieran lo
1 La escalera, la cuerda o las alas, se trata de tres medios para alcanzar el mismo fin. Los tres denotan la
posibilidad de una elevación, de una ascensión.
que, verdaderamente, no sucedió sin que se hicieran algunas ampollas en las manos.
Cuando todos estuvimos arriba, cerraron el agujero y la virgen nos acogió
amablemente.
Este piso de la torre estaba formado por una sala única, flanqueada por siete
hermosas capillas un poco más altas que la sala. Se ascendía a ellas por tres
peldaños. Nos distribuyeron en las capillas y se nos conminó a rezar por la vida de
los reyes y las reinas. Entretanto, la virgen entraba y salía. alternativamente por la
puerta pequeña a y así siguió hasta que terminamos.
Cuando concluimos nuestra oración, doce personas -las que anteriormente habían
hecho de músicos- depositaron en el centro de la sala, trayéndolo precisamente por
puerta, un curioso objeto alargado que a mis compañeros pareció que no podía ser
más que una fuente. Pero inmediatamente comprendí que allí estaban los cuerpos, ya
la caja inferior era cuadrada y lo suficientemente grande como para contener
fácilmente a seis personas. Los doce salieron para volver enseguida con sus
instrumentos y acompañar a nuestra virgen y a sus servidoras con una bellísima
armonía.
Nuestra virgen tenía un cofrecito; las otras llevaban ramas y lámparas y, algunas,
teas encendidas. Nos pusieron las antorchas en la mano y tuvimos que ponemos
alrededor de la fuente en el siguiente orden:
Nuestra virgen se colocó en A; sus servidoras, con las lámparas y las ramas, se
dispusieron en círculo en c; nosotros estábamos con nuestras teas en b; y los
músicos, en línea recta, en a; finalmente, también en línea recta, las vírgenes estaban
en d. No sé de dónde venían las vírgenes; ¿vivían en la torre o habían llegado a ella
por la noche? Sus rostros aparecían cubiertos con velos blancos y leves de forma que
no reconocía a ninguna.
La virgen abrió el cofrecillo que contenía una cosa esférica envuelta en una doble tela
de tafetán verde; la sacó y, aproximándose a la fuente, la colocó en la pequeña
caldera superior que cubrió luego con una tapadera perforada por agujeritos y con un
reborde. Después vertió en ella varias de las aguas que habíamos preparado la
víspera con lo que la fuente empezó a manar. Estas aguas volvían a entrar
ininterrumpidamente en la caldera a través de cuatro tubitos.
Bajo la caldera inferior habían dispuesto un gran número de clavos en los que las
vírgenes habían colgado sus lámparas, con cuyo calor el agua no tardó en hervir. El
agua hirviente caía sobre los cadáveres por una gran cantidad de agujeros perforados
en a; estaba tan caliente que los disolvió haciendo con ellos un licor.
Mis compañeros no sabían aún qué era la bola forrada; yo intuí que se trataba de la
cabeza del negro y que era ella la que comunicaba a las aguas la intensidad de su
calor.
En b, alrededor de la caldera grande, había también una buena cantidad de agujeros
en los que las vírgenes depositaron sus ramas. No sé si era necesario para la
operación o únicamente exigido por el ceremonial; la cuestión es que las ramas se
encontraban de continuo regadas por la fuente, y el agua que manaba de ella para
volver a la caldera era algo más amarillenta.
Esta operación duró casi dos horas; la fuente fluía constantemente de sí misma,
aunque el chorro iba disminuyendo lentamente.
Mientras, los músicos fueron saliendo y nosotros nos paseamos por la sala. Sus
adornos bastaban para distraernos cumplidamente pues en cuestión de imágenes,
cuadros, relojes, órganos, fuentes y otras cosas semejantes, no habían olvidado nada.
Finalmente terminó la operación y la fuente cesó de manar. La virgen, entonces, hizo
que trajeran una esfera hueca de oro. En la base de la fuente había un grifo; lo abrió
e hizo correr las materias disueltas por el calor de las gotas recogiendo varias
medidas de una materia de un rojo intenso. Se vació el agua que quedaba en la
caldera superior y, después de esto, la fuente, ya bastante ligera, fue sacada fuera.
No sé si la abrieron después y si todavía contenía algún residuo útil procedente de los
cadáveres. Lo que sí sé es que el agua recogida en la fuente pesaba mucho, hasta el
extremo de no poder transportarla entre seis, cuando a juzgar por su volumen un solo
hombre hubiera podido cargarla.
Por lo tanto, transportamos fuera con muchas dificultades esta esfera y nos dejaron
solos de nuevo.
Como oí que caminaban encima de nosotros, busqué mi escalera con los ojos. En esos
momentos se podían escuchar las opiniones que sobre la fuente iban expresando mis
compañeros; convencidos de que los cuerpos descansaban en el jardín del castillo, no
sabían cómo interpretar estas operaciones. Yo di gracias a Dios por haber velado en
tiempo oportuno y por haber visto fenómenos que me ayudaban a comprender mejor
las acciones de la virgen.
Pasaron quince minutos; después se abrió el centro de la bóveda y nos instaron a
subir. Se hizo igual que antes, con ayuda de las alas, las escaleras y las cuerdas. Me
sentía un tanto humillado viendo que las vírgenes subían por un camino fácil mientras
que nosotros teníamos que esforzarnos tanto. No obstante, entendía que si se hacía
así era con algún fin prefijado. De cualquier forma, estábamos muy contentos con las
previsoras atenciones del anciano pues los objetos que nos había dispensado servían,
cuando menos, para alcanzar la abertura.
Al pasar al piso superior el agujero se volvió a cerrar; entonces vi que la esfera
estaba colgada en medio de la sala con una fuerte cadena. Había ventanas alrededor
de la sala y otras tantas puertas alternaban con las ventanas. Cada puerta tapaba un
enorme espejo pulido. La disposición óptica de puertas y espejos era tal que, cuando
se abrían las ventanas del lado del sol y se destapaban los espejos tirando de las
puertas, brillaban soles en toda la circunferencia de la sala, y esto pese a que este
astro, que ahora brillaba por encima de toda medida, no diera más que en una puerta.
Estos soles esplendorosos flechaban sus rayos, por medio de reflexiones artificiales,
sobre la esfera que estaba suspendida en el centro, y como además la esfera era
pulida, despedía un fulgor tan intenso que ninguno de nosotros pudo abrir los ojos.
Tuvimos que mirar por las ventanas hasta que la esfera tuvo el calor justo y se
obtuvo el efecto apetecido. De esta manera vi la mayor maravilla que nunca ha
producido la naturaleza: los espejos reflejaban soles por doquier, pero la esfera del
centro resplandecía con mucha más fuerza, de modo que nadie de nosotros pudo
aguantar ni por un instante su resplandor, igual al del mismísimo sol.
Finalmente la virgen hizo cubrir los espejos y cerrar las ventanas para dejar que la
esfera se enfriase un poco; eso ocurrió a las siete.
Nos alegrarnos al percibir que la operación, llegado a éste punto, nos daba suficiente
libertad para reconfortarnos con un desayuno. Pero, otra vez, el menú era
verdaderamente filosófico y, aunque no nos faltó lo necesario, no había peligro de
que nos insistieran para incitarnos a cometer abusos. Además, la promesa de la dicha
futura -con la que la virgen nos animaba sin cesar-, nos ponía tan contentos que ni el
trabajo ni la incomodidad nos parecían mal. También asevero que nunca mis
compañeros pensaron en su cocina o en su mesa; bien al contrario, eran felices por
poder asistir a una física2 tan maravillosa y meditar así sobre la sabiduría y
omnipotencia del Creador.
Después del esfuerzo nos preparamos nuevamente para el trabajo, pues la esfera se
había enfriado lo suficiente. La tuvimos que desatar de su cadena, lo cual nos costó
no pocos pesares, y la depositamos en el suelo.
Luego, discutimos cómo la partiríamos, pues se nos ordenó que la cortáramos en dos
por la mitad; por fin hicimos lo más difícil del trabajo con un puntiagudo diamante.
Cuando abrimos la esfera vimos que ya no contenía nada rojo sino solamente un
enorme y hermoso huevo, blanco como la nieve. Y nuestra alegría llegó al máximo
2 La palabra “física” no significa originariamente lo mismo que hoy en día. Este término procede del griego
jusiz (fisis), naturaleza, nacimiento, producción, palabra derivada a su vez del verbo juw (fio), yo nazco,
yo produzco.
cuando nos convencimos de que había salido bien a conciencia, pues la virgen temía
que la cáscara estuviera aún un poco blanda. Estábamos tan contentos alrededor del
huevo como si lo hubiésemos puesto nosotros mismos. Pero rápidamente la virgen
hizo que se lo llevaran; luego nos dejó también y, como ya era costumbre, cerró la
puerta. No sé qué ha hecho con el huevo tras su marcha, no sé si lo ha sometido a una
operación secreta, aunque no lo creo.
Tuvimos que descansar de nuevo durante quince minutos hasta que otro agujero nos
abrió al cuarto piso al que llegamos gracias a nuestros instrumentos.
En esta sala vimos una enorme caldera de cobre llena de arena amarilla a la que
calentaba un fuego despreciable. El huevo fue enterrado en ella para que acabara de
madurar. La caldera era cuadrada, y en una de sus paredes estaban grabados con
letras grandes los versos siguientes:
O. BLI. TO. BIT. MI. LI
KANT. I. VOLT. BIT. TO. GOLT.
En la segunda se leían estas palabras:
SANITAS, NIX, HASTA.3
La tercera llevaba únicamente la palabra:
F.I.A.T.4
Pero en la cara posterior había toda la inscripción siguiente:
QUOD:
Ignis, Aer, Aqua, Terra:
SANCTIS REGUM ET REGINARUM NOSTRUM CINERIBUS
Erripere non potuerunt.
FIDELIS CHYMICORUM TURBA
IN HANC URNAM
CONTULIT5
3 Salud, Nieve, Lanza.
La lanza evoca la muerte, o sea, el color negro; la nieve, la pureza, o sea, el blanco; y la salud la vida
regenerada o sea, el rojo. Nos encontramos, pues, con un resumen de la Obra y de sus tres colores.
4 Alusión al “Fiat” (Hágase) bíblico del Génesis 1-3. El Génesis habla, en el fondo, de la Obra Hermética
que, según los alquimistas, es comparable a la Creación del mundo. (Ver La Entrada Abierta al Palacio
Cerrado del Rey, cap. V-1 y nota l.) Podría verse también aquí una evocación de los cuatro elementos:
F=fumus, vapor de agua, I= ignis, fuego, A= aer, aire, T= terra, tierra.
5 Lo que el Fuego, el Aire, el Agua, la Tierra,
no pudieron arrancar
a las santas cenizas de nuestro Rey y nuestra Reina,
la fiel turba de los químicos
6
A los sabios dejo el cuidado de averiguar si la inscripción se refería a la arena o bien
al huevo; a mí me basta con cumplir mi tarea no omitiendo nada.
Se terminó la incubación y el huevo fue desenterrado. No fue preciso romper la
cáscara pues el pájaro se libró en seguida por sí mismo y empezó a retozar, aunque
era disforme y estaba ensangre ntado. Primeramente lo pusimos encima de la arena
caliente, después la virgen nos pidió que lo atásemos antes de darle alimentos si no
queríamos tener incontables complicaciones. Lo hicimos así. El pájaro creció tan
rápidamente frente a nuestros ojos que comprendimos muy bien por qué la virgen nos
había avisado. Mordía y arañaba rabiosamente a su alrededor y si se hubiera
adueñado de uno de nosotros hubiera dado rápidamente buena cuenta de él. Ya que
el pájaro -negro como las tinieblas- estaba completamente furioso, le trajeron un
alimento distinto, posiblemente la sangre de otra persona real. Entonces le cayeron
las plumas negras y en su lugar aparecieron otras blancas como la nieve.
Inmediatamente, el pájaro se apaciguó un poco y dejó que nos acercáramos a él con
más facilidad; no obstante, lo mirábamos con desconfianza. Con el tercer alimento
sus plumas adquirieron tonalidades, tan brillantes como no he visto en toda mi vida, y
se mostró tan dulce y se familiarizó de tal forma con nosotros que, con el
consentimiento de la virgen, lo liberamos de sus ataduras.
“Ahora -dijo la virgen-, para agradecer vuestra aplicación, la vida y una perfección
sin parangón han sido dadas a este pájaro; conviene que, con la aprobación de
nuestro anciano, festejemos este acontecimiento alegremente.”
Luego ordenó que sirvieran comida y nos convidó a reconfortarnos ya que la parte
más difícil y delicada de la obra se había terminado y que, con todo derecho,
podíamos empezar a saborear el goce de la labor cumplida.
Todavía llevábamos nuestros vestidos de luto lo que, con tal festividad, parecía
ridículo; los unos nos reíamos de los otros.
No obstante, la virgen no dejó de interrogamos, posiblemente para descubrir a
aquellos que le serían más útiles en sus proyectos. La fusión era la operación que
más la atormentaba y se sintió más tranquila cuando descubrió que uno de nosotros
había adquirido la destreza manual que poseen los artistas.
lo depositaron
en esta urna
AO.
6 1459. Paracelso de Hohenlieim. Doctor en Medicina. Jesús es todo para mí.
La comida no duró más que cuarenta y cinco minutos y la mayor parte de ella la
pasamos con el pájaro, al que era preciso alimentar sin descanso. Aunque ahora ya
había alcanzado su completo desarrollo.
Después de la comida no se nos permitió un descanso largo; la virgen salió con el
pájaro y nos abrieron la quinta sala a la que subimos de la misma forma que
anteriormente, preparándonos enseguida para el trabajo.
En esta sala se había dispuesto un baño para el pájaro. Lo tiñeron con un polvo
blanco y tomó el aspecto de la leche. Al principio estaba frío y el pájaro, una vez
metido en él, pareció encontrarse a gusto y empezó a retozar. Pero cuando el calor de
las lámparas empezó a entibiar el agua tuvimos mucho trabajo para mantenerlo en
ella. Así que pusimos una tapadera en la caldera dejándole que sacara la cabeza por
un agujero. El pájaro perdió todo su plumaje en el baño y se le quedó la piel tan lisa
como la de un hombre, aunque el calor no le causó ningún otro daño. De forma
sorprendente, las plumas se disolvieron por completo en el baño al que tiñeron de
azul. Por fin dejamos que el pájaro escapara de la caldera; estaba tan liso y tan
brillante que daba gozo verlo; como era un poco arisco tuvimos que ponerle un collar
con cadena alrededor del cuello. Entonces lo paseamos un poco por la sala.
Entretanto, encendieron un fuego enorme bajo la caldera y evaporaron el baño hasta
que se secó. Quedó entonces una materia azulada; la despegamos de la caldera, la
trituramos, la hicimos polvo y la preparamos sobre una piedra y con ella pintamos
toda la piel del pájaro.
Este tomó entonces un aspecto si cabe más curioso pues, aparte de la cabeza, que
permaneció blanca, era enteramente azul.
Así terminó nuestro trabajo en esta sala y, cuando la virgen nos abandonó con su
pájaro azul, nos llamaron al sexto piso, al que subimos, como siempre, por una
abertura en la bóveda.
Allí asistimos a un espectáculo que nos apenó. En el centro de la sala colocaron un
pequeño altar parecido en todo al que habíamos visto en la sala del Rey; los seis
objetos ya descritos se encontraban sobre él y el propio pájaro era el séptimo.
En primer lugar, presentaron la fuentecilla al pájaro, que sació su sed en ella;
después, el pájaro vio la serpiente y la picó hasta hacerla sangrar. Tuvimos que
recoger esta sangre en una copa de oro y verterla en la garganta del pájaro, que se
debatía fieramente; luego introducimos la cabeza de la serpiente en la fuente, lo que
le devolvió la vida, trepó enseguida a la cabeza de muerto, en la que penetró, y no la
volví a ver durante mucho tiempo.
Mientras sucedía esto, la esfera continuaba efectuando sus revoluciones hasta que
tuvo lugar la conjunción deseada, momento en que en el reloj sonó una campanada;
cuando poco después se realizó la segunda conjunción, la campana sonó dos veces.
Finalmente, cuando vimos la tercera conjunción y la campana la señaló, el mismo
pájaro puso su cuello sobre el libro y se dejó decapitar humildemente, sin resistirse,
por aquel de nosotros al que la suerte había designado para ello. Sin embargo, no
brotó de él ni una sola gota de sangre hasta que no se le abrió el pecho; entonces
corrió fresca y clara como una fuente de rubíes.
Su muerte nos dejó tristes, pero como pensábamos que el pájaro por sí solo no servía
para gran cosa, nos resignamos enseguida.
Más tarde, desocupamos el altar y ayudamos a la virgen a que quemara sobre él, con
fuego cogido de la lucecita, el cuerpo, así como la tablilla que llevaba colgada.
Las cenizas7 fueron purificadas varias veces y guardadas en un cofrecito de madera
de ciprés.
En este momento tengo que narrar el incidente que nos ocurrió a mí y a tres
compañeros míos. Cuando habíamos recogido la ceniza con sumo cuidado, la virgen
habló en los términos siguientes:
“Queridos señores: estamos en la sexta sala y por encima nuestro no hay más que
otra. En ella llegaremos al fin de nuestra labor y podremos pensar en vuestra vuelta
al castillo para resucitar a nuestros muy graciosos Señores y Damas. Hubiera
deseado que todos los aquí presentes se hubieran comportado de forma que pudiese
proclamar sus méritos y obtener para ellos de nuestros Muy Altos Rey y Reina una
recompensa digna. Pero como muy a mi pesar he descubierto que entre vosotros
estos cuatro -y me designó junto con otros tres más- son operadores perezosos,
aunque mi amor por todos me impide señalarlos para un castigo bien merecido,
querría, sin embargo, para que no quede impune una pereza semejante, ordenar lo
siguiente: serán excluidos de la séptima operación, la más admirable de todas,
aunque, más tarde, cuando estemos en presencia de Su Majestad Real, no sufrirán
ningún otro correctivo.”
¡Es de imaginar en qué estado de ánimo me dejó este discurso! La virgen habló con
una gravedad tal que las lágrimas resbalaban por nuestras mejillas y nos
considerábamos como los más desdichados de los hombres. Después, la virgen hizo
llamar a los músicos por uno de los numerosos sirvientes que siempre la
acompañaban y, con música, nos pusieron en la puerta, acompañados de tales risas
que hasta a los músicos se les hacía difícil soplar en sus instrumentos de la risa que
les entraba. Y lo que nos apenó especialmente fue ver que la virgen se burlaba de
nuestros lloros, de nuestra ira y de nuestra indignación; además, algunos de nuestros
compañeros se alegraban de verdad de nuestra desgracia.
7 Numerosos son los autores herméticos que declaran que “las cenizas son la diadema del Rey”. No hay
que despreciarlas, pues en ella se encuentra una sal. El ciclo litúrgico y los cuentos populares nos lo
recuerdan con el “miércoles de ceniza” (recordemos que éste es el día de Mercurio) y con “La Cenicienta”.
Lo que sucedió a continuación fue inesperado. Apenas hubimos franqueado la puerta
cuando los músicos nos instaron a cesar en nuestras lágrimas y a seguirlos
alegremente por la escalera y, para colmo, nos condujeron al tejado, por encima del
séptimo piso.
Allí volvimos a encontrarnos al anciano, al que no habíamos visto desde la mañana,
que estaba de pie frente a una pequeña buhardilla redonda. Nos acogió
amigablemente y nos felicitó de todo corazón por haber sido elegidos por la virgen;
por poco se muere de la risa cuando se enteró de nuestra tristeza precisamente en el
momento en que lográbamos una felicidad tal.
“Que esto nos sirva para aprender, queridos hijos -nos indicó-, que el hombre no
conoce nunca los bienes que Dios le otorga.”
Estábamos hablando cuando la virgen llegó corriendo con el cofrecito, después de
burlarse de nosotros, vació sus cenizas en otro cofre y llenó el suyo con una materia
diferente diciendo que ahora estaba obligada a engañar a nuestros compañeros. Nos
instó a obedecer al anciano en todo lo que nos mandara y a no menguar nuestra
diligencia. Luego, volvió a la séptima sala donde llamó a nuestros compañeros.
Desconozco el principio de la operación que inició con ellos pues les habían prohibido
de manera tajante hablar de ella y nosotros no podíamos verlos desde el tejado a
causa de nuestras ocupaciones.
Nuestro trabajo era el que sigue: primero, tuvimos que humidificar las cenizas con el
agua que habíamos preparado con anterioridad, para obtener una pasta clara; luego
colocamos esta materia sobre el fuego hasta que estuvo muy caliente. Más caliente
todavía la vaciamos en dos matrices que inmediatamente dejamos enfriar un poco.8
Nos solazamos un momento mirando a nuestros compañeros a través de algunas
hendiduras practicadas con este fin. Estaban muy atareados alrededor de un horno y
todos soplaban en el fuego, cada uno por un tubo. Allí estaban, pues, reunidos
alrededor del brasero, soplando hasta perder el aliento, convencidos de que les había
tocado mejor parte que a nosotros; aún soplaban cuando nuestro anciano nos llamó
de nuevo al trabajo, así que no puedo saber lo que hicieron luego.
Abrimos los moldes y vimos dentro dos hermosas figuritas casi transparentes como
nunca han visto ojos humanos. Eran un niño y una niña. Cada uno no tenía más que
cuatro pulgadas de largo y lo que me sorprendió en gran medida es que no eran
duras, sino de carne blanda como la de las personas. No obstante, no tenían vida; en
aquel instante pensé que Venus había sido hecha también así.
Dejamos estos adorables niños en dos cojines de raso y, sumidos en la contemplación
de este gracioso espectáculo, no cesábamos de mirarlos, pero el anciano nos hizo
volver a la realidad; nos dio la sangre del pájaro que había sido recogida en la copa
8 He aquí una operación perfectamente resumida por el autor del Mensaje de nuevo encontrado: “rehaz el
barro y cuécelo” (XV-68).
de oro y nos mandó que la virtiésemos gota a gota y sin interrupción en la boca de las
figurillas. En cuanto se la dimos, crecieron a ojos vistas y, según iban creciendo, se
tornaban aún más hermosas. Hubiera deseado que estuvieran presentes todos los
pintores para que ante esta creación de la naturaleza se ruborizaran de sus obras.
Fueron creciendo de tal manera que se hizo preciso sacarlas de los cojines y
acostarlas en una larga mesa engalanada de terciopelo blanco; luego, el anciano nos
ordenó que las cubriésemos hasta por encima del pecho con un tafetán doble y
blanco, muy suave, lo cual hicimos de mala gana a causa de su indescriptible belleza.
Pero, abreviemos: antes de que les hubiésemos dado toda la sangre habían alcanzado
el tamaño de adultos. Tenían los cabellos rizados, rubios como el oro y, comparada
con ellos, la imagen de Venus que había visto anteriormente, valía bien poco.
Sin embargo, todavía no se notaba ni calor natural ni sensibilidad; eran estatuas
inertes con el tinte de los vivos. El anciano, ante el temor de que crecieran
demasiado, paró su alimentación, después les cubrió el rostro con la sábana y colocó
antorchas alrededor de la mesa.
Ahora debo prevenir al lector para que no considere estas luces como indispensables,
ya que la intención del anciano era la de atraer hacia ellas nuestra atención para que
no nos diéramos cuenta del descenso de las almas. De hecho, ninguno de nosotros lo
habría notado si yo no hubiese visto antes las llamas dos veces; no obstante, no
saqué a mis compañeros de su error y dejé que el anciano ignorase lo que yo sabía.
Aquél hizo que tomáramos asiento en un banco delante de la mesa y poco después
llegó la virgen acompañada de sus músicos. Trajo dos preciosos vestidos blancos
como hasta entonces no había visto en el castillo y que desafían cualquier
descripción; efectivamente, parecía que estuvieran hechos de cristal puro y, sin
embargo, eran flexibles y opacos; imposible describirlos de otra manera. Dejó los
vestidos sobre una mesa y, después de haber colocado a las vírgenes alrededor del
banco, comenzó la ceremonia asistida por el anciano, todo lo cual no estaba destinado
más que a confundirnos.
El techo bajo el que sucedían estos hechos tenía una forma verdaderamente especial.
En el interior estaba formado por siete grandes semiesferas abovedadas, estando la
mayor, la del centro, agujereada en su parte superior por una pequeña abertura
redonda que en estos momentos se hallaba cerrada y que mis compañeros no vieron.
Después de largas ceremonias, entraron seis vírgenes que llevaban cada una de ellas
una gran trompeta, envuelta por una sustancia verde fluorescente como si lo
estuviera por una corona. El anciano cogió una trompeta, retiró algunas luces de un
extremo de la mesa y descubrió los rostros. Luego colocó la trompeta sobre la boca
de uno de los cuerpos de forma que la parte ancha, vuelta hacía arriba, cayó justo
enfrente de la abertura del techo que acabo de reseñar.
Todos mis compañeros miraban los cuerpos en ese momento, pero debido a mis
sospechas, yo dirigía la mirada hacia otro lugar completamente distinto. De esta
forma, cuando encendieron las hojas de la corona que rodeaba a la trompeta, vi que
se abría el orificio del techo para dejar paso a un rayo de fuego que se abatió en la
habitación y penetró en los cuerpos; la abertura se cerró de inmediato y se llevaron
la trompeta.
El escenario engañó a mis compañeros que creyeron que la vida había sido
comunicada a los cuerpos a través del fuego de las coronas y de las hojas.
Cuando el alma penetró en el cuerpo, éste abrió y cerró los ojos sin hacer ningún otro
movimiento.
Después aplicaron una segunda trompeta sobre su boca; encendieron la corona y otra
alma descendió de la misma forma que anteriormente; la operación se repitió tres
veces para cada uno de los cuerpos.
Apagaron las luces y se las llevaron; el terciopelo que re cubría la mesa fue replegado
sobre los cuerpos y, después, trajeron y prepararon un lecho de viaje. Pusieron en él
los cuerpos completamente envueltos, después los sacaron de las telas y los
acostaron el uno junto al otro. Con las cortinas bajadas, durmieron durante cierto
tiempo.
Ciertamente, era hora de que la virgen se ocupara de los otros artistas, ya que como
me dijo más adelante, estaban muy contentos ya que habían fabricado oro. Esto
también es una parte del arte, pero no la más noble ni la más necesaria, ni la mejor.9
También ellos tenían un poco de cenizas, de tal forma que creyeron que el pájaro
servía sólo para producir oro y que sería de ese modo como se devolvería la vida a
los decapitados.
En lo que se refiere a nosotros quedamos en silencio esperando el momento en que
los esposos se despertaran; así pasamos casi treinta minutos. Entonces apareció el
malicioso Cupido y, después de saludarnos, voló hacia ellos y los incordió bajo las
cortinas hasta que se despertaron. Cuando lo hicieron. su sorpresa fue enorme pues
pensaban que habían dormido desde que los decapitaron. Cupido hizo que se
conocieran mutuamente y después se retiró un instante para que pudieran
recuperarse. Mientras esperaba vino a jugar con nosotros y, por fin, hubo que
buscarle la música y dejar que la alegría se manifestara.
Vino también la virgen, saludó respetuosamente al joven Rey y a la Reina -a los que
encontró un poco débiles-, les besó la mano y les dio dos hermosos vestidos; ambos
se cubrieron con ellos y se adelantaron. Dos asientos preciosos estaban a punto para
9 La alquimia metálica es solamente una de las facetas del Gran Arte, desgraciadamente la única conocida a
nivel popular, pero que no puede separarse de la Obra de Regeneración. Ver a este respecto nuestro
artículo “El Gran Arte de los Poetas”, publicado en Mundo Desconocido, n.° 6, pág. 41.
recibirlos; en ellos se sentaron y recibieron nuestro respetuoso homenaje por el cual
el propio Rey nos dio las gracias; luego se dignó otorgarnos de nuevo su merced.
Como ya eran casi las cinco, las personas reales no podían retrasarse más; así que
reunimos deprisa los objetos más preciosos y tuvimos que conducir a las personas
reales hasta el barco, a través de las escaleras y de todos los pasadizos y cuerpos de
guardia. Se instalaron en la nave acompañados de algunas vírgenes y de Cupido, y se
alejaron tan aprisa que los perdimos de vista inmediatamente; según lo que me han
contado, vinieron a buscarlos con varios barcos de forma que cruzaron una gran
distancia de mar en cuatro horas.
Daban las cinco cuando ordenaron a los músicos que cargaran los barcos y que se
dispusiesen para partir. Como eran un poco lentos, el anciano hizo salir una parte de
los soldados que no habíamos visto hasta entonces ya que se hallaban ocultos en el
recinto. De esta forma fue como supimos que la torre estaba siempre a punto para
resistir a los ataques. Estos soldados terminaron de embarcar nuestros equipajes con
rapidez y ya no nos restó más que pensar en la cena.
Cuando se sirvieron las mesas, la virgen nos reunió junto a nuestros compañeros;
tuvimos que adoptar un aire compungido, conteniendo la risa que nos embargaba.
Ellos murmuraban entre sí, aunque había algunos que nos compadecían. El anciano
asistió a esta comida. Era un maestro severo; no hubo razonamiento, por inteligente
que fuese, que no supiera contradecir, completar o desarrollar, con el fin de
instruirnos. Con él he aprendido gran cantidad de cosas y sería maravilloso que cada
cual se le acercara para instruirse; muchos obtendrían ventaja con ello.
Terminada la comida, el anciano nos condujo en primer lugar a sus museos, que
estaban edificados circularmente sobre los bastiones; en ellos contemplamos
creaciones naturales muy singulares, así como imitaciones de la naturaleza realizadas
por la inteligencia humana; para verlo completo se hubiese requerido pasar en ellos
todo un año.
Alargamos esta visita diurna hasta bien entrada la noche. Finalmente, el sueño
venció a la curiosidad y nos condujeron a nuestros aposentos, muy elegantes en
contraste con lo poco con que nos habíamos tenido que contentar la víspera. Me
dispuse a deleitarme con un buen reposo y como no estaba nada inquieto y sí muy
cansado por el trabajo ininterrumpido, el murmullo suave del mar me hizo dormir
profunda y dulcemente sin soñar,10 desde las once hasta las ocho de la mañana.
10 Observemos que, a pesar de la profundidad de su sueño, Christian Rosacruz no puede ya soñar, ha
llegado a un punto en el que sus sueños se realizarían.
JORNADA SÉPTIMA
Desperté poco después de las ocho. Me vestí con rapidez para volver a entrar en la
torre pero eran tantos los caminos que se iban entrecruzando en la muralla que
estuve perdido durante bastante rato antes de encontrar la salida. Los otros tuvieron
el mismo problema, pero finalmente nos reunimos en la sala inferior. Obtuvimos
nuestros Vellocinos de Oro y nos vistieron por completo con ropaje amarillo.1 La
Virgen nos dijo que éramos caballeros de la Piedra de Oro, cosa que desconocíamos
hasta el momento.
Desayunamos ataviados de esta manera; luego, el anciano nos dio a cada uno una
medalla de oro. Podíamos leer en el anverso estas palabras:
AR. NAT. MI2
Mientras que en el reverso se leía:
TEM. NA. F.3
Nos pidió que nunca nos comportáramos de forma distinta a lo que indicaban las
normas de esta medalla conmemorativa.
Los barcos zarparon. Estaban preparados admirablemente. Al verlos se diría que las
cosas maravillosas que contemplábamos en ellos habían sido colocadas allí de forma
expresa para nosotros.
1 Notemos que el color amarillo corresponde simbólicamente al Oro y al Sol, o sea, a la incorruptibilidad. El
amarillo es el color de la eternidad en su aspecto abstracto, como el oro es el metal de la eternidad en su
aspecto más concreto.
2 Ars Nature Ministra. El Arte es Servidor de la Naturaleza. Esta máxima hermética aparece en casi todos
los autores. El trabajo del Arte es proseguir el de la Naturaleza, ir más allá de los límites que ésta ha
alcanzado y que por sí sola no podría superar. Recordemos solamente a Dom Belin que en su Apologie du
Grand Oeuvre escribe: “La Gran Obra de los Sabios ocupa el primer lugar entre las cosas bellas; la
Naturaleza sin el Arte no puede acabarla; el Arte sin la Naturaleza no osa comprenderla...”
3 Tempore Natura Filia. La Naturaleza es hija del tiempo. Algunos autores atribuyen este adagio a Enrique
Cornelio Agrippa. Como todos los hijos de Saturno-Cronos, el Tiempo, también la naturaleza es devorada
por éste; esto lo vemos en que todas sus producciones están sometidas a la corrupción y no son eternas.
Tal parece ser el significado de este dístico que, a la luz del anterior, nos recuerda que para trascender el
tiempo, o sea, entrar en lo sobrenatural, lo natural precisa del Arte y, por lo tanto de la Gracia. Sin embargo,
cabe otra interpretación algo más libre. La Naturaleza, además del conjunto de producciones naturales que
conocemos y la fuerza o inteligencia que las forma, era, en el Hermetismo, lo que se conoce por “El Sol del
Corazón”. “El Guía personal suprasensible” o “La Naturaleza Perfecta”. Un bellísimo tratado místico iraní
declara que “lo primero que has de hacer para ti mismo, es meditar con antención tu entidad espiritual que
te gobierna y que está asociada a tu astro, a saber, tu Naturaleza Perfecta, aquella que el sabio Hermes
menciona en su libro cuando dice: cuando el microcosmos que es el hombre se vuelve perfecto de
naturaleza, su alma se encuentra entonces homologada al sol fijo en el Cielo, y por sus rayos ilumina todos
los horizontes” (Citado por Henry Corbin. L’Homme de Lumiére... op. Cit., pág. 34)
Eran doce barcos; seis de los nuestros y otros seis del anciano. Éste ocupó los suyos
con gallardos soldados y vino al barco donde estábamos nosotros reunidos. Los
músicos, de los que el anciano tenía en gran número, se pusieron a la cabeza de la
flotilla para deleitarnos. Los pabellones enarbolaban los doce signos celestes4; el
nuestro llevaba el signo de la Libra. Entre otras cosas maravillosas que había en el
barco se hallaba un reloj que marcaba cada minuto.
Los navíos navegaban con una rapidez extraordinaria; apenas llevábamos viajando
unas dos horas cuando el capitán nos avisó que veía tan gran número de barcos que
casi cubrían el lago. Llegamos a la conclusión de que acudían a recibirnos, y así fue
en efecto; cuando entramos en el lago por el canal ya mencionado, contamos
alrededor de quinientas embarcaciones. Una de ellas refulgía de oro y pedrería;
llevaba al Rey y a la Reina, además de a otros señores, damas y doncellas de noble
cuna.
Las dos partes dispararon salvas cuando estuvimos próximas; el ruido producido por
las trompetas y los tambores fue tan estrepitoso que los navíos retumbaban. Cuando
finalmente estuvimos junto a ellos, rodearon nuestros barcos y se pararon.
El viejo Atlas se presentó de inmediato en nombre del Rey y nos habló brevemente,
aunque con elegancia; además de darnos la bienvenida nos preguntó si estaba a
punto el regalo real.
Algunos compañeros nuestros se sorprendieron al saber que el Rey había resucitado,
ya que estaban convencidos de que eran ellos quienes tenían que despertarlo. No les
quisimos sacar de su sorpresa y fingimos estar nosotros mismos muy extrañados.
Cuando Atlas terminó, fue nuestro anciano quien tomó la palabra, respondiendo un
poco más extensamente; deseó felicidad y prosperidad al Rey y a la Reina y entregó
luego un hermoso cofrecito.5 No sé lo que contenía, pero vi que se confió su custodia
a Cupido que jugueteaba entre ambos.
Terminados los saludos dispararon una nueva salva y seguimos avanzando todavía
bastante tiempo hasta que arribamos a la orilla. Llegamos junto al primer pórtico por
el que entré la primera vez. En él nos esperaban una gran cantidad de sirvientes del
Rey con varios centenares de caballos.
4 El simbolismo de los doce signos zodiacales y de los siete planetas se refería originariamente, a la Gran
Obra de regeneración. Don Pernety, en su Diccionario Mitohermético (París 1787) asocia las doce fases de
la Obra a los doce signos del Zodíaco. No es casual que en el estandarte de Christian Rosacruz aparezca el
signo de Libra. Regido por Venus que, como hemos visto, es la diosa del Amor, este signo es el del
Matrimonio, o sea, el de las “Bodas Alquímicas”. Libra recibe en francés el nombre de “Le Balance”, la
Balanza; recordemos la curiosa ceremonia que aparece en la jornada tercera en la que los asistentes a las
Bodas son pesados en una balanza.
5 Para muchos autores el “Tesoro Hermético” está en un cofrecillo que, en cierto modo es su aspecto
exterior. Se trataría de la “cajita” con que nos encontramos en un gran número de tratados, así como en
muchos cuentos populares.
Al desembarcar, el Rey y la Reina nos estrecharon la mano muy amigablemente y
tuvimos que montarnos en los caballos.
Desearía suplicar ahora al lector que no atribuya lo siguiente a mi orgullo ni al deseo
de vanagloriarme; si no fuera completamente indispensable el narrarlo a buen seguro
callaría con gusto los honores con los que fui agasajado.
Nos repartieron a todos, por turno, entre los distintos señores. Pero nuestro anciano
y yo tuvimos que cabalgar al lado del Rey portando una bandera blanca como la
nieve con una cruz roja. Me colocaron en ese sitio a causa de mi avanzada edad; los
dos teníamos los cabellos grises y luengas barbas blancas. Como llevaba atadas mis
insignias alrededor de mi sombrero, el joven Rey las observó rápidamente y me
interrogó sobre si había sido yo quien había conseguido descifrar los signos grabados
en el pórtico. Contesté de modo afirmativo, demostrando un profundo respeto. Se rió
de mis maneras y me indicó que en adelante no había necesidad de tanto ceremonial:
que yo era su padre. Luego me preguntó cómo había logrado desempolvarlos, a lo que
contesté: “Con agua y sal”.6 Entonces se sorprendió por mi sutileza. Le conté
entusiasmado mi aventura con el pan, la paloma y el cuervo, me escuchó con
benevolencia y afirmó que ésta era la prueba de que Dios me había destinado para
una dicha singular.
De esta forma, caminando, llegamos al primer pórtico y se nos presentó el guardián
vestido de azul. Cuando me vio al lado del Rey me pidió respetuosamente que me
acordara ahora de la amistad que me había manifestado. Interrogué al Rey sobre
este guardián y me contestó que era un célebre y eminente astrólogo que había
gozado siempre de una alta consideración junto al Señor, su padre. Mas había
ocurrido que el guardián había ofendido a Venus sorprendiéndola y mirándola
mientras descansaba en su lecho, y se le había castigado encargándole la guardia de
la primera puerta hasta que alguien lo libertara. Le pregunté al Rey si ello era
posible y me respondió:
“Sí; si descubrimos a alguien que haya cometido un pecado tan grande como el suyo,
lo pondremos de guardián en la puerta y éste será liberado.”
Al oír estas palabras quedé turbado profundamente ya que mi conciencia me decía
que era yo mismo este delincuente. No obstante, nada dije y transmití la petición.
Cuando el Rey supo de ella tuvo un sobresalto tan violento que la Reina, que
cabalgaba detrás nuestro acompañada por las vírgenes y por la otra reina -la que
habíamos visto cuando la suspensión de los pesos-, se dio cuenta y le preguntó a
propósito de la carta. Nada quiso responder y, estrechando la carta contra él, habló
6 El Agua y la Sal podrían simbolizar dos aspectos de la Materia Prima de la Gran Obra. En cierto modo, el
Agua, de origen celeste, corresponde a la Rosa (recordemos la “Rosa de los Vientos”) y la Sal, cuyo
ideograma alquímico es una cruz dentro de un círculo, corresponde a la cruz. Notemos cómo en la vida de
cada día la sal común queda impregnada por la humedad del medio ambiente. Antiguamente, tanto el agua
como las cenizas, que contienen sales, servían para lavar.
de otra cosa hasta que llegamos a las tres al patio del Castillo. Nos apeamos de los
caballos y acompañamos al Rey a la sala de la que ya he hablado.
El Rey se retiró de inmediato con Atlas a un apartamento y le hizo leer la demanda.
Atlas se apresuró a subir al caballo para pedirle al guardián que completara la
información. Luego el Rey se sentó en el trono y los demás señores, damas y
doncellas hicieron lo propio. Nuestra virgen elogió entonces la dedicación que
habíamos demostrado, nuestros esfuerzos y nuestras obras y le pidió al Rey y a la
Reina que nos recompensaran sobradamente y que la dejaran disfrutar en el futuro
de los frutos de su misión. El anciano se levantó también y aseveró que sería
ecuánime satisfacer las dos demandas. Tuvimos que retirarnos un momento y nos fue
concedido a cada uno el derecho de formular un deseo que sería escuchado, siempre
y cuando fuera realizable, ya que se preveía con certeza que el más sabio formularía
el deseo que más le conviniera; nos exhortaron a que pensáramos sobre la cuestión
hasta pasada la hora de la comida.
El Rey y la Reina, para distraerse, decidieron jugar. El juego era parecido al ajedrez,
pero tenía otras reglas.7 Las virtudes estaban a un lado y los vicios enfrente; los
movimientos mostraban la forma cómo los vicios tienden trampas a las virtudes y
como éstas deben librarse de ellas. Sería interesante que nosotros tuviéramos un
juego parecido.
Mientras, llegó Atlas y dio cuenta de su misión en voz baja. Me sonrojé, pues mi
conciencia no me dejaba en paz. El Rey me tendió la petición e hizo que la leyera.
Aproximadamente decía lo siguiente:
En primer lugar el guardián expresaba al Rey sus votos de dicha y prosperidad con la
esperanza de que su descendencia fuera muy numerosa. Luego aseveraba que
llegado era el día en que, según la promesa real, debía ser liberado, ya que, según
sabía a ciencia cierta, Venus había sido descubierta y contemplada por uno de sus
huéspedes. Le pedía, pues, a Su Majestad Real, que tuviera a bien realizar un
interrogatorio minucioso; así confirmaría que estaba en lo cierto, y si no, se
comprometía a permanecer en la puerta para toda su vida. Le pedía muy
respetuosamente a Su Majestad que le permitiese asistir al banquete aun con riesgo
de su vida, ya que esperaba descubrir así al malhechor y obtener la liberación tan
ansiada.
Todo esto se exponía extensamente y con un arte inigualable. En verdad, yo estaba
en una situación privilegiada para apreciar la perspicacia del guardián aunque era
penosa para mí y hubiera preferido no conocerla nunca; no obstante, me consolé al
pensar que quizá pudiera echarle una mano. Le pregunté al Rey si no había otro
7 El sentido iniciático de este juego es poco conocido. Señalemos únicamente que en él aparecen los
mismos elementos que en las “Bodas”: Rey, Reina, Caballeros, Soldados, Locos (en francés el Alfil recibe
el nombre de Loco).
modo de liberarle. “No -me contestó el Rey-, pues estas cosas son muy graves,
aunque por esta noche podemos acceder a sus deseos.” Por lo tanto, le hizo llamar.
Mientras tanto, habían servido las mesas en una sala en la que no habíamos estado
nunca; se llamaba el Completo. Estaba dispuesta de una manera tan maravillosa que
me es imposible dar una descripción. Nos condujeron a ella con gran pompa y boato.
Esta vez estaba ausente Cupido pues, según se me informó, la afrenta hecha a su
madre lo había indispuesto; así mi felonía, origen de la petición, fue causa de una
gran tristeza. Al Rey le repugnaba tener que realizar un interrogatorio entre sus
invitados, ya que habría revelado los hechos a quienes todavía los ignoraban. Por lo
que, haciendo lo imposible por parecer alegre, permitió al guardián --que ya había
llegado-- que ejerciera una estrecha vigilancia.
Terminamos animándonos y nos entretuvimos con toda clase de temas placenteros y
útiles.
No recordaré aquí el menú y las ceremonias pues no hay necesidad de ello y tampoco
es de utilidad a nuestro fin. Todo era perfecto, más allá de cualquier mesura, por
encima de cualquier arte o destreza humana; y no es en las bebidas en lo que estoy
pensando al escribir estas palabras. Esta comida fue la última y la más encomiable de
cuantas he participado.
Después del ágape quitaron con rapidez las mesas y dispusieron en círculo unos
preciosos asientos. Del mismo modo que el Rey y la Reina, nos sentamos en ellos
junto al anciano, las damas y las vírgenes. Luego, un bello paje abrió el libro
admirable que ya he mencionado. Atlas se colocó en el centro del círculo y nos habló
de la siguiente manera:
Su Majestad Real no había olvidado en modo alguno ni nuestros méritos ni la
diligencia con la que habíamos desempeñado nuestras funciones; para
recompensarnos nos había hecho a todos, sin excepción alguna, Caballeros de la
Piedra de Oro. Era indispensable, pues, que no sólo prestáramos juramento una vez
más a Su Majestad Real, sino que nos comprometiéramos, además, a observar los
puntos siguientes. De esta forma, Su Majestad Real podría decidir de nuevo de qué
manera debería comportarse respecto a sus aliados.
En ese momento Atlas hizo que el paje leyera los puntos siguientes:
I. Señores Caballeros, tenéis que jurar que no someteréis vuestra Orden a
ningún espíritu o demonio, sino que la colocaréis constantemente bajo la única
custodia de Dios, vuestro creador, y de su servidora la Naturaleza.
II. Debéis repudiar cualquier prostitución, vicio e impureza y nunca mancharéis
vuestra orden con esta podredumbre.
III. Socorreréis con vuestros dones a todos los necesitados y dignos de ellos.
IV. No desearéis serviros del honor de pertenecer a la Orden para beneficiaros
de la consideración mundana o el lujo.
V. No viviréis más tiempo que el que Dios disponga.
Este último artículo nos hizo sonreír largamente y sin lugar a dudas estaba para esto.
Fuera lo que fuese, tuvimos que jurar sobre el cetro real.
Después fuimos recibidos Caballeros con la solemnidad acostumbrada; junto con
otros privilegios se nos concedió poder actuar contra la ignorancia, la pobreza y la
enfermedad, según creyéramos conveniente. Estos privilegios nos fueron confirmados
a continuación en una pequeña capilla a la que nos llevaron en procesión. Allí dimos
gracias a Dios y yo colgué mi Vellocino de Oro y mi sombrero para glorificar al
Señor; los dejé allí en conmemoración eterna.
Y como se nos pidió la firma de cada uno de nosotros, escribí:
Summa Scientia nihil scire
Fr. Christian Rosacruz,
Eques aurei Lapidis
Anno 1459.8
Mis compañeros escribieron otras cosas, cada cual según su propia conveniencia.
Luego nos llevaron de nuevo a la sala y nos invitaron a sentamos y a decidir
claramente los deseos que quemarnos formular. El Rey y los suyos se habían
marchado a la sala; después, cada uno fue llamado a ella por separado para exponer
allí su petición, por lo que desconozco las de mis compañeros.
Por lo que a mí se refiere, pensaba que lo más encomiable sería honrar mi Orden
dando prueba de una virtud, y me pareció que la mejor sería la del agradecimiento. A
pesar de que habría podido anhelar algo más agradable, dominé mis impulsos y
resolví liberar a mi bienhechor, el guardián, aunque fuese peligroso para mi
integridad. Cuando entré me preguntaron si no había reconocido o sospechado quién
era el malhechor, ya que había leído la petición. Entonces, sin ningún miedo, relaté
detalladamente lo que había pasado y de qué forma había pecado por ignorancia, y
declarándome dispuesto a padecer la pena que por aquello había merecido.
8 LA CIENCIA SUPREMA ES NO SABER NADA.
Hermano Christian Rosacruz
Caballero de la Piedra de Oro.
Año 1459.
Esta tradicional afirmación es la “docta ignorancia” de tantos místicos, parece haber sido tomada también
de Enrique Cornelio Agrippa que escribía que “Nihil scire, est vita felicísima” (No saber nada, es la vida
más feliz). Sin embargo, este “nada” que hay que saber, que conocer, es muy importante para los Filósofos
Herméticos. Para Pernety (Op. cit.) esta “nada” es “la primera materia de todas las cosas, informe, como en
el caos antes de la determinación que Dios le dio para que se convirtiera en tal o tal cosa existente...”
Raimundo Lulio, en su Teoría, Cap. III, escribe que “Así hay que comprender esta materia, como si no
hubiera nada que comprender".
El Rey y los demás señores se quedaron sorprendidos por esta inesperada confesión;
me pidieron que me fuera unos instantes y cuando me llamaron de nuevo, Atlas me
indicó que Su Majestad Real estaba muy apenado por verme en este infortunio, a mí,
a quien Ella quería más que a todos; pero que Le era imposible quebrantar Su vieja
costumbre y que por lo tanto no encontraba otra solución que liberar al guardián y
transmitirme la carga, esperando al mismo tiempo que otro fuera apresado para que
yo pudiera volver a entrar. No obstante, no se podía esperar ninguna liberación antes
de las fiestas nupciales de su hijo por venir.
Anonadado con esta sentencia, maldije mil veces mi charlatana boca por no haber
podido callar los hechos; por fin logré recobrar mi valentía y, resignado a la
evidencia, expliqué cómo este guardián me había entregado una insignia y me había
recomendado al guardián siguiente; que gracias a su ayuda fui sometido a la prueba
de la balanza y de esta forma pude participar en todos los honores y en las alegrías;
que por lo tanto, justo era mostrarme agradecido a mi bienhechor y que, ya que no
podía cambiarse, le daba las gracias por la sentencia. Por lo demás, gustoso haría esa
tarea desagradable en señal de agradecimiento para quien me había ayudado a
conseguir el resultado. Pero, como me quedaba por formular todavía el deseo, quería
volver a entrar, con lo que liberaría al guardián y mi deseo, a su vez, me liberaría.
Me contestaron que este deseo no era posible, ya que de lo contrario me hubiera
bastado con solicitar la liberación del guardián. No obstante, Su Majestad Real
estaba contenta al ver que todo se había resuelto con presteza; pero que Ella temía
que ignorase todavía en qué miserable condición me había puesto mi audacia.
En aquel momento el buen hombre fue liberado y yo tuve que retirarme con tristeza.
Luego fueron llamados mis compañeros y todos regresaron alegres, lo cual me
entristeció aún más si cabe, ya que estaba convencido de que terminaría mis días
guardando la puerta. Medité sobre las ocupaciones que me ayudarían a pasar el
tiempo en ella; finalmente pensé que, teniendo en cuenta mi avanzada edad, no me
quedaban por vivir más que unos pocos años y que la pena y la aflicción acabarían
con mi vida en breve espacio de tiempo con lo que también se terminaría pronto mi
guardia; no tardaría mucho en poder disfrutar de un sueño placentero en mi tumba.
Pensamientos de este tipo agitaban mi cerebro; tan pronto estaba irritado pensando
en las hermosas cosas que había visto y de las que iba a ser privado, como me
alegraba de haber podido participar, pese a todo, en tantas dichas antes de mi fin, así
como de no haber sido expulsado de forma vergonzosa.
Entretanto, estando yo sumido en mis cavilaciones regresó de la habitación del Rey
el último de mis compañeros; le habían deseado una buena noche al Rey y a los
señores y fueron conducidos a sus aposentos.
Pero yo, pobre de mí, no tenía nadie que me acompañara; incluso se rieron de mí y,
para que no quedara duda alguna de que su función me había sido asignada, me
pusieron en el dedo el anillo que antes había llevado el guardián.


Por fin, y ya que no debía verlo más
en su forma actual, el Rey me instó a conformarme
a mi vocación y a no actuar contra mi Orden.
Luego me abrazó y me besó, con lo que creí entender
que la guardia debía empezarla al día siguiente.
No obstante, cuando todos se hubieron dirigido a mí con
algunas palabras amigables y me hubieron tendido la
mano, recomendándome a la protección de Dios,
fui conducido por dos ancianos, Atlas y el
señor de la torre, a un alojamiento maravilloso1,
allí, nos esperaban tres
lechos y descansamos. Pasamos
todavía casi dos...
. . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. .





JORNADA CUARTA



JORNADA CUARTA
Todavía descansaba en la cama contemplando tranquilamente los cuadros y las
admirables estatuas cuando, de pronto, escuché los acordes de la música y el
repiqueteo del triángulo; se diría que la procesión ya estaba en marcha. Mi paje saltó
del lecho como un loco, con el rostro tan alterado que más parecía muerto que vivo.
Fue mucha mi angustia cuando me informó de que en aquel momento mis compañeros
estaban siendo presentados al Rey. Mientras me vestía con presteza maldije mi
pereza y lloré a raudales. Mi paje estuvo listo bastante antes que yo y salió corriendo
de la habitación para ver cómo andaba la cosa. Volvió inmediatamente con la feliz
noticia de que nada se había perdido, que sólo había faltado al desayuno no habiendo
querido despertarme debido a mi avanzada edad, pero que ya era el momento de
seguirle a la fuente en la que estaban reunidos la mayor parte de mis compañeros.
Esta noticia aplacó mi angustia, terminé de vestirme y seguí al paje hasta la fuente.
Tras los consabidos saludos, la virgen se mofó de mi pereza y me condujo a la fuente
asiéndome de la mano. Comprobé que el león tenía una gran losa grabada en vez de
la espada. La observé atentamente y descubrí que había sido sacada de entre los
monumentos antiguos y colocada allí expresamente para aquella circunstancia. El
grabado aparecía un poco borroso a causa de su antigüedad. Lo reproduzco para que
cada cual pueda meditar sobre él.
HERMES1 PRINCEPS,
POST TOT ILLATA
GENERI HUMANO DAMNA,
DEL CONSILIO:
ARTISTIQUE ADMINICULO,
MEDECINA SALUBRIS FACTOS;
HEIC FLUO.
BIBAT EX ME QUI POTEST;
LAVET QUI VULT;
BIBITE FATRES,
ET VIVITE.2
1 Hijo de Zeus y de Mais, Hermes es la divinidad más importante del panteón alquímico. Recibía el nombre
de Trismegisto, que algunos han interpretado como “el tres veces grande”. El Hermes mitológico,
helenización del Toth egipcio, nació en la montaña Kíllene, en una cueva. Señalemos que fue el inventor
de la cítara y el dios de la música, y que una de las denominaciones más corrientes de la alquimia es la de
“Arte de Música”. Hermes o Mercurio era, para los alquimistas, tanto el inventor de la Ciencia Hermética,
como el símbolo de la materia utilizada en ésta.
2 “Príncipe Hermes / tras todo el daño hecho al género humano / dispuesto por Dios; / con la ayuda del
Arte; / me he vuelto remedio de salvación; / aquí fluyo, / que beba de mis aguas quien pueda; / que en
ellas se lave quien quiera, / bebed, hermanos, / y vivid. / 11378.
El criptograma de inspiración caldea que nos da la edad en que nació Christian Rosacuz, fue descifrado por
P. Kienast (Johann Valentin Andreae und sie vier echten Rosenkreutzer Schriften. Leipzig 1925, pág. 68).
Esta inscripción era fácil de leer y de entender; la habían colocado allí porque era
más fácil de descifrar que cualquier otra.
Tras habernos lavado en primer lugar en esta fuente, bebimos en una copa de oro.3
Después, volvimos con la virgen a la sala para ponemos nuevas vestiduras. Estas
vestiduras mostraban adornos dorados y bordados de flores, y además, cada uno
recibió otro Vellocino guarnecido con brillantes. Todos estos Vellocinos difundían
influjos según su poder operativo particular. En ellos colgaba una pesada medalla de
oro en cuya cara se veían el Sol y la Luna enfrentados.4 En el reverso había escritas
estas palabras: “El resplandor de la Luna igualará al resplandor del Sol, y el
resplandor del Sol se hará siete veces más brillante”. Nuestros anteriores adornos
fueron depositados en cajas y confiados a cada uno de nuestros servidores. Después,
nuestra virgen nos hizo salir en orden.
En la puerta nos esperaban los músicos vestidos con terciopelo rojo ribeteado de
blanco. A continuación se abrió otra puerta, que antes había visto siempre cerrada,
que daba a la escalera del Rey.
La virgen nos hizo entrar con los músicos y subimos trescientos sesenta y cinco
escalones. En esta escalera había reunidos bellísimos trabajos artísticos y cuanto
más ascendíamos más admirables eran: por fin llegamos a una sala abovedada
repleta de pinturas.
Allí aguardaban las sesenta vírgenes, todas vestidas con opulencia; se inclinaron
cuando nos acercamos y les devolvimos el saludo lo mejor que supimos; luego fueron
despedidos los músicos que tuvieron que volver a bajar por la escalera.
Al sonar una campanilla apareció una hermosa virgen que nos dio a cada uno una
corona de laurel; a nuestra virgen le entregó una rama. Después se alzó una cortina y
vi al Rey y a la Reina.
¡Cuánto esplendor y majestad!
Si no hubiera recordado los sabios consejos de la reina de ayer, habría comparado,
desbordando entusiasmo, esta inenarrable gloria con el cielo. Cierto es que la sala
resplandecía de oro y pedrerías, pero el Rey y la Reina eran de tal manera que mis
ojos no podían aguantar su brillo. Hasta aquel día había admirado muchas cosas
bellísimas, pero ahora las maravillas se sobrepasaban unas a otras como unas a otras
se sobrepasaban en el cielo las estrellas.
3 Ver el Apocalipsis, de Esdrás XIV-39 y ss.
4 Este motivo aparece con frecuencia en la iconografía alquímica. Estos dos planetas representan al oro y a
la plata, así como a los dos principios.
Al aproximarse la virgen, cada una de sus compañeras tomó a uno de nosotros de la
mano y nos presentó al Rey con una profunda reverencia; después, la virgen habló en
estos términos:
“En honor de Vuestras Reales Majestades, Graciosísimos Rey y Reina, los señores
aquí presentes han afrontado la muerte5 para llegar hasta Vos. Vuestras Majestades
se alegrarán de esto con razón, pues la mayor parte están calificados para
engrandecer el reino y los dominios de Vuestras Majestades, con la humilde súplica
de que mi misión se considere terminada y de que se conozca de cómo he cumplido
interrogando a cada uno.”
Después, depositó su rama de laurel.
En aquel instante hubiera sido conveniente que alguien de entre nosotros dijera algo.
Pero como estábamos muy emocionados como para hablar, fue el viejo Atlas quien se
adelantó y dijo en nombre del Rey:
“Su Majestad Real se alegra con vuestra llegada y os concede su gracia real a todos
juntos e igualmente a cada uno en particular. Está muy satisfecha del cumplimiento
de tu misión, querida virgen, y el Rey te reserva un don. Su Majestad piensa, no
obstante, que aún deberías guiarlos hoy, pues no pueden dejar de tener una gran
confianza en ti.”
La virgen recogió con humildad su rama de laurel y nosotros nos retiramos por
primera vez acompañados por nuestras vírgenes.
La sala era rectangular por delante, cinco veces más ancha que larga,6 pero, en el
otro extremo, tenía la forma de un hemiciclo y siguiendo la circunferencia del círculo
habían dispuesto tres hermosos tronos; el central era un poco más alto.
El primer trono estaba ocupado por un anciano rey de barba gris, la esposa del cual,
por el contrario, era muy joven y admirablemente hermosa.7 Un rey negro en plena
madurez ocupaba el tercer trono, y a su lado se veía una vieja madre, velada y sin
corona.
El trono central estaba ocupado por dos adolescentes coronados con laurel y por
encima de ambos había suspendida una enorme y hermosa diadema. En aquel
momento no eran tan bellos como los imaginaba, pero no sin razón.
5 Tendríamos que leer “han afrontado la muerte y la han superado... “ El profundo mensaje escatológico
de las Bodas Alquímicas será más claro si se medita en estas palabras.
6 Según Auriger (op. cit., pág. 68), se trataría de una descripción simbólica del Atanor u horno de los
filósofos, visto en sección.
7 Tenemos aquí el eterno tema de Saturno y Venus. Saturno, viejo, seco, triste, feo y frío, precisa de la
juventud, la frescura, la alegría, la belleza y la pasión de Venus.
Varios hombres, la mayor parte ancianos, estaban colocados tras ellos en un banco
circular. Lo que sorprendía era que nadie llevaba espada ni arma alguna.8 Además,
tampoco vi guardia sino solamente determinadas vírgenes de las que nos
acompañaron el día anterior, que se habían puesto a lo largo de los dos bascotés que
llevaban al hemiciclo.
No puedo omitir que el pequeño Cupido9 revoloteaba por allí. La gran corona le
atraía de una forma particular y podía vérsele remolinear y dar vueltas
preferentemente a su alrededor. A veces se colocaba entre los dos amantes
enseñándoles su arco y sonriendo; incluso alguna vez hacía el gesto de apuntarnos a
nosotros con su arco. En fin, era tan malicioso este pequeño dios que no dejaba
tranquilos ni a los pájaros que, en gran número, revoloteaban por la sala. Era la
alegría y la distracción de las vírgenes y cuando lo podían coger le costaba gran
esfuerzo escapar. De modo que todo el regocijo y deleite venían por este niño.
Delante de la Reina había un altar de pequeñas dimensiones, pero de una belleza
inconmensurable; sobre él había un libro tapado con terciopelo negro,10 realzado sólo
con algunos sencillos adornos de oro. Al lado del libro una luz en un candelero de
marfil. Si bien pequeña, esta luz ardía siempre sin apagarse, con una llama tan
inmóvil que no la hubiéramos supuesto un fuego de no ser porque el travieso Cupido
soplaba encima de ella de vez en cuando. Junto a este candelero había una esfera
celeste que giraba alrededor de un eje, después un pequeño reloj musical junto a una
pequeñísima fuente de cristal de la que manaba un chorro continuo de límpida agua,
de color rojo sangre. Al lado, una cabeza de muerto,11 refugio de una serpiente blanca
de tal longitud que, a pesar de que rodeaba otros objetos, tenía la cabeza en un ojo y
la cola en el otro. De modo que nunca salía del todo de la cabeza de muerto. Pero
cuando a Cupido le venía en gana pellizcarla, entraba en ella con una velocidad
pasmosa.
8 La mayoría de rituales iniciáticos señalan que, antes de entrar en el Templo, el iniciado ha de despojarse
de todos los metales. Los siete metales, o los siete planetas, se trata de lo mismo. El iniciado ha de dejarlos
atrás para penetrar en el “ocho”, símbolo de la resurrección (ver nota 7 de la Jornada tercera). Recordemos
que si en la astrología la casa del matrimonio o de las bodas es la VII, número que aparece a lo largo de
todas las “Bodas Alquímicas”, la Casa de la muerte y de la resurrección es la VIII.
9 Cupido es Eros. Algunos hermetistas han observado que colocando la “E” de Eros después de la “s”, se
obtiene “Rose” o sea, “Rosa”.
Según Cicerón (De Natura Deorum) existen tres Cupidos: el primero de ellos nació de Mercurio y Diana
primera, el segundo de Mercurio y Venus segunda y el tercero de Marte y Venus tercera. Simplificando,
vemos que se trata siempre del hijo de Venus, la Diosa del Amor y que sus atributos son siempre los
mismos: el arco, la aljaba, las flechas y las alas.
10 Este libro que puede leerse a la luz eterna de un candelabro de marfil, simboliza el Liber Mundi del que
hablamos al principio de nuestra introducción. Es el libro de la vida (ver Apocalipsis III-5; libro de Henoch,
CVIII-3 y La Magia de Arbatel, 2.° Septenario. Aforismo XI).
11 Caput mortem, la cabeza de muerto, aparece constantemente en la iconografía hermética. Según los
alquimistas se refiere a uno de los regímenes de la Obra: la putrefacción. Ver La Entrada Abierta al
Palacio Cerrado del Rey, cap. XX y XXV.
Aparte de este pequeño altar se observaban por doquier en la sala maravillosas
imágenes que se movían como si estuviesen vivas, con una fantasía tan sorpresiva
que me es imposible describirlas. Cuando salíamos, se elevó en la sala un canto de
tal suavidad que no sabría decir si brotaba del corazón de las vírgenes que allí
estaban, o de las mismas imágenes.
Salimos de la sala con las vírgenes, satisfechos y gozosos por el recibimiento. Los
músicos nos esperaban en el descansillo y bajamos en su compañía; detrás nuestro
cerraron la puerta cuidadosamente y echaron los cerrojos.
Cuando estuvimos de regreso en la sala, una de las vírgenes exclamó:
“Hermana mía, estoy admirada de que te hayas atrevido a mezclarte con tanta
gente”.
“Querida hermana -respondió la presidente-, éste da más miedo que ningún otro.”
Y me señaló mientras lo decía. Estas palabras me apenaron pues comprendí que se
burlaba de mi avanzada edad, pues en efecto, yo era el más viejo. Pero no tardó en
consolarme con la promesa de desembarazarme de esta enfermedad con la condición
de seguir gozando de su favor.12
Se nos sirvió la comida y cada uno tomó asiento al lado de una de las vírgenes, cuya
instructiva conversación absorbió nuestra atención. Pero no me es dado revelar los
temas de sus charlas ni de sus recreos. Las preguntas de la mayor parte de mis
compañeros versaban sobre las artes, y de ello deduje que la preocupación
primordial de todos, tanto ancianos como jóvenes, era el arte. Pero yo estaba
obsesionado por el pensamiento de volver a ser joven y un poco apenado por ello. La
virgen lo comprendió claramente y dijo:
“Sé bien lo que le falta a este jovencito. ¿Qué apostáis a que mañana estará más
contento, si me acuesto con él esta noche?”
Estas palabras provocaron una carcajada general y aunque mi cara se cubrió de
rubor, tuve que unirme a las risas que provocaba mi infortunio. Pero uno de mis
compañeros se encargó de vengar esta afrenta, diciendo:
“Espero que no sólo los invitados, sino también las vírgenes que nos acompañan, no
se nieguen a testificar en favor de nuestro hermano y certifiquen que nuestra
presidente ha prometido de modo formal compartir su cama esta noche.”
Esta respuesta me satisfizo grandemente, pero la virgen replicó:
12 Para los alquimistas, la vejez era únicamente una enfermedad debida al estado caído del hombre. Senium,
vejez, es también agotamiento, tristeza. Christian Rosacruz está obsesionado por la idea de ser eternamente
joven porque éste es el resultado del Arte.
“Sí, pero también están mis hermanas, y nunca me permitirían guardar el más bello,
sin su consentimiento.”
“Querida hermana -medió una de ellas-, estamos muy satisfechas al comprobar que
tus altas funciones no te han vuelto altanera. Con tu permiso quisiéramos echar a
suertes a los señores que aquí hay para repartirlos entre nosotras como compañeros
de cama; pero tendrás, con nuestro consentimiento, la prerrogativa de guardar el
tuyo.”
Seguimos la conversación dejando de bromear sobre este tema.
Pero nuestra virgen no quiso dejarnos tranquilos e insistió:
“Señores míos, ¿y sí dejamos a la suerte el cuidado de elegir a los que dormirán
juntos hoy?”
“Bien ---dije-, si no hay otro remedio, no podemos rechazar esta oferta”.
Convinimos en hacer la experiencia inmediatamente después de la comida, y no
queriendo nadie retrasarse por más tiempo, nos levantamos presto de la mesa,
siendo imitados por nuestras vírgenes. Pero la presidente nos dijo:
“No, aún no ha llegado el momento. Veamos, no obstante, cómo nos unirá la suerte.”
Abandonamos a nuestras compañeras para discutir la manera de realizar dicho
proyecto pero fue inútil porque las vírgenes nos habían separado de ellas ex profeso.
Efectivamente, enseguida la presidente nos propuso colocarnos en círculo, sin orden
concreto; nos contaría, empezando por ella misma, y el séptimo debería unirse con el
séptimo siguiente, fuese quien fuese. No sospechamos ninguna trampa, pero las
vírgenes eran tan listas que ocuparon sitios determinados mientras nosotros
estábamos mezclados al azar. La virgen empezó a contar y después de ella la séptima
persona fue una virgen, en tercer lugar otra virgen, y así siguió la cosa hasta que, con
gran admiración por nuestra parte, salieron todas las vírgenes sin que nadie de
nosotros hubiera podido dejar el círculo. Nos quedamos, pues, solos, expuestos a la
risa de las vírgenes y tuvimos que admitir que habíamos sido engañados de forma
muy hábil. Pues a buen seguro cualquiera que nos hubiera visto en el orden en que
estábamos, antes hubiera supuesto que se desplomaría el cielo que no que todos
íbamos a ser eliminados. Así terminó el juego y hubo que dejar que las vírgenes se
mofaran a cuenta nuestra. Sin embargo, el pequeño Cupido vino a unirse a nosotros
de parte de Su Majestad Real bajo cuya orden circuló entre nosotros una copa; pidió
a nuestra virgen que se presentara al Rey y declaró luego que no podía quedarse
entre nosotros más tiempo para distraemos. Como la alegría es contagiosa, mis
compañeros organizaron enseguida un baile, con la aprobación de las vírgenes.
Preferí quedarme aparte y tuve el grato placer de mirarlos, pues viendo a mis
mercurialistas moverse con tanta cadencia, se les habría tomado por maestros
consumados en dicho arte.
Pronto regresó nuestra presidente y nos anunció que los artistas y los estudiantes se
habían puesto a disposición de Su Majestad Real para representar, antes de que se
marchase, una alegre comedia en Su honor y para Su recreo; sería del agrado de Su
Majestad Real y estaría graciosamente reconocida si asistíamos a la representación
y acompañábamos a Su Majestad a la Casa Solar.13 Agradeciendo respetuosamente
el honor que se nos confería, ofrecimos humildemente nuestros servicios, no sólo en
este caso sino en cualquier circunstancia. La virgen trasladó esta respuesta y regresó
con la orden de que nos colocáramos en el camino de Su Majestad Real. Nos
llevaron y no tuvimos que esperar a la procesión real pues ya se encontraba allí,
aunque sin los músicos.
Al frente del cortejo avanzaba la desconocida reina que estuvo ayer entre nosotros,
llevando una preciosa corona pequeña, forrada de raso blanco, que sólo tenía una
minúscula cruz hecha con una perla colocada hoy mismo entre el joven Rey y su
prometida. Seguían a esta reina las seis vírgenes nombradas antes que avanzaban en
dos filas llevando las joyas reales que habíamos visto expuestas sobre el pequeño
altar. Después venían los tres reyes, con el novio en medio. Iba mal vestido, de raso
negro a la moda italiana, cubierto con un pequeño sombrero “redondo y negro”
adornado con una pluma negra y puntiaguda. Para mostramos su benevolencia se
descubrió amistosamente ante nosotros, que, como antes, nos inclinamos. Los tres
reyes iban seguidos por tres reinas dos de las cuales iban ricamente ataviadas; por el
contrario, la tercera, que iba en medio de las otras, vestía de negro y Cupido le
llevaba la cola del vestido. Nos dijeron que debíamos seguir nosotros. Detrás venían
las vírgenes y, finalmente, el viejo Atlas cerraba la procesión. Así llegamos,
atravesando muchos lugares admirables, a la Casa Solar donde tomamos asiento
para asistir a la representación en un estrado precioso no lejos del Rey y la Reina.
Estábamos situados a derecha de los Reyes, si bien separados de ellos, y las
vírgenes a nuestra derecha, salvo aquellas a quienes la reina había dado insignias.
Estas tenían plazas reservadas arriba, mientras que los restantes servidores se
contentaron con sitios entre las columnas, totalmente abajo.
La comedia sugiere muchas reflexiones particulares, de modo que no puedo omitir
contar aquí el argumento aunque en brevedad.14
PRIMER ACTO
Aparece un anciano rey rodeado de sus servidores y lo entregan un cofrecito que
dicen han encontrado sobre las aguas.15 Al abrirlo descubren a una hermosa niña, a
13 Se trata del Templo del Sol, ya que la Obra Hermética es la Obra del Sol.
14 Los siete actos de esta comedia se superponen simbólicamente a las siete jornadas de las “Bodas
Alquímicas”. La carta en pergamino del primer Acto recuerda a la que Christian Rosacruz recibe de la mujer
alada. El negro y la niña del segundo, al cuervo y a la paloma blanca de la Segunda jornada, etcétera.
15 Este acto recuerda la leyenda babilónica de Sargón I que, hijo de un padre desconocido, es hallado en
un cesto de mimbre en el Éufrates. Salvado por un campesino, cae en gracia a la diosa lshtar (que
corresponde a Isis y a Venus) gracias a la cual llega a ser rey. La narración de Moisés hallado en el Nilo
su lado unas joyas y una carta en pergamino dirigida al rey. Este rompe el sello y una
vez leída la carta se echa a llorar. Luego dice a sus cortesanos que el rey de los
negros ha invadido y devastado el reino de su prima y que ha exterminado a toda la
descendencia real, excepto a la niña.
El rey proyectaba unir su hijo a la hija de su prima; jura odio eterno al rey negro y a
sus cómplices y decide vengarse. Entonces ordena que se eduque a la niña con
esmero y que se hagan preparativos de guerra contra el negro.
Estos preparativos, así como la educación de la niña -una vez que hubo crecido un
poco se confió su educación a un preceptor- llenan el primer acto desarrollado de
modo muy agradable y con gran finura.
ENTREACTO
Hubo un combate entre un león y un grifo;16 vimos perfectamente cómo venció el
león.
SEGUNDO ACTO
Transcurre en casa del negro. Este pérfido acaba de saber, rabioso, que el asesinato
ha sido descubierto y que, además, astutamente, se le ha escapado una niña. Medita
sobre las artimañas que podrá emplear contra su poderoso enemigo, escucha a sus
consejeros, gente acosada por el hambre, refugiados junto a él. Inesperadamente, la
niña cae de nuevo en sus manos y la iba a matar inmediatamente de no haber sido
engañado de modo singular por sus propios cortesanos.
Este acto termina, pues, con el triunfo del negro.
TERCER ACTO
El rey reúne un poderoso ejército y lo pone a las Ordenes de un viejo y valeroso
caballero, quien irrumpe en el reino del negro, libera a la joven de su prisión y la viste
ricamente.17 Acto seguido se construye rápidamente un estrado admirable donde
colocan a la virgen. Llegan doce enviados del rey.18 Entonces, el anciano caballero
toma la palabra y le dice a la virgen que su gracioso Señor, el Rey, no sólo la había
por la hija del Faraón (ver Éxodo II) parece simbolizar lo mismo. ¿No se trata de la eterna historia del
hombre abandonado a merced de las olas del mundo caído que, gracias al amor de una diosa o un adepto,
vuelve a recobrar su estado real?
16 Animal fabuloso, de medio cuerpo arriba águila y de medio cuerpo abajo león. Se trata de una evocación
tradicional de la unión del fijo y del volátil.
17 De nuevo aquí el tema del vestido, que tan relacionado está con el de las Bodas. Ver Mateo XXII-12.
Observaremos que también aquí el profano es atado de pies y manos. Ver nota 22 de la Jornada segunda.
18 Observemos que, como Cristo tiene doce apóstoles, el rey posee doce enviados. La importancia
simbólica de este número resalta en el Apocalipsis con la Jerusalén Celeste.
librado por segunda vez de la muerte después de darle una regia educación, y eso a
pesar de que ella no se había comportado siempre como era debido, sino que Su
Majestad Real la había escogido como esposa para su joven señor e hijo y que había
dado orden de preparar los esponsales. Después, da lectura a unas condiciones que
merecerían ser contadas aquí si no fuese por su larga extensión.
La virgen jura observarlas con fidelidad y manifiesta graciosamente su
reconocimiento por la ayuda y los favores que le han sido otorgados.
Este tercer acto acaba con cantos del Rey y de la virgen, alabando a Dios.
ENTREACTO
Se nos muestran los cuatro animales de Daniel19 como se le aparecieron en su visión
y del modo cómo los describe detalladamente. Todo esto tiene un significado muy
preciso.
CUARTO ACTO
La virgen ha recobrado su perdido reino; la coronan y aparece en la plaza en todo su
esplendor, entre gritos de alegría. A continuación entran muchos embajadores para
transmitirle sus congratulaciones y para admirar su excelsitud. Pero ella no
persevera demasiado tiempo en la piedad y empieza a dirigir miradas
desvergonzadas a su alrededor, a hacer gestos a los embajadores y a los señores, no
mostrando, ciertamente, discreción alguna.
El negro, sabedor de las costumbres de la princesa, saca hábilmente partido de esta
situación. La princesa, burlando la vigilancia de sus consejeros, fácilmente se deja
cegar por una falaz promesa y, desconfiando de su Rey, se entrega poco a poco y
secretamente al negro. Éste acude y, cuando ella consiente en reconocer su dominio,
subyuga a todo el reino por medio de la princesa. En la tercera escena de este acto el
negro se la lleva, la desnuda por completo, la ata a la picota de un basto patíbulo y la
azota. Finalmente, la condena a muerte.
Era tan penoso ver tales cosas que las lágrimas afluyeron a los ojos de muchos de
nosotros.
A continuación, la virgen es arrojada del todo desnuda a un calabozo aguardando a
que la maten envenenándola. Pero el veneno no la mata pero sí le produce la lepra.20
19 Ver Daniel VII-3, así como Apocalipsis IV-6, V-8, XIV-3 y XV-7.
20 Para los, alquimistas, la lepra era el conjunto de impurezas “superfluidades” terrestres que encontramos
en los metales o en cualquier compuesto animado o inanimado en este mundo caído. Para ellos sólo el
Polvo de Proyección es capaz de curar esta lepra, que si bien no es mortal en sí, conduce a la muerte de la
que es en cierto modo el fermento, impidiendo que el hombre o la naturaleza se perpetúen.
En este acto ocurren sucesos lamentables.
ENTREACTO
Se expone un cuadro que representaba a Nabucodonosor llevando emblemas de toda
clase, en la cabeza, en el pecho, en el vientre, en las piernas, en los pies, etcétera.
Volveremos a hablar de él más adelante.
QUINTO ACTO
Le explican al joven rey lo que ha ocurrido entre su futura esposa y el negro. Se
dirige a su padre rogándole que no le abandone en esta aflicción. Habiendo accedido
el padre a su ruego, se envían embajadores para consolar a la enferma en su prisión
y para reprenderla por su ligereza. Pero ella se niega a recibirlos y consiente, en
cambio, en transformarse en la concubina del negro, todo lo cual es transmitido al
rey.
Aparece ahora un coro de orates, todos ellos provistos de bastones. Con éstos se
construye una gran esfera terrestre y la derriban a continuación. Fue una fantasía
fina y graciosa.
SEXTO ACTO
El joven rey reta al negro en combate. El negro muere, el rey es asimismo dado por
muerto. Sin embargo, recobra el sentido, libera a su prometida y regresa para
preparar las bodas; entretanto, la confía a su intendente y a su capellán.
En primer lugar, el intendente la atormenta horrorosamente; después, le toca la vez
al monje, que se vuelve tan arrogante que pretende dominar el mundo entero.
Cuando el joven rey se entera de esto manda con toda rapidez a un enviado que
quiebra el poder del preste y empieza a preparar a la novia para las bodas.
ENTREACTO
Se presenta un enorme elefante artificial que transporta una gran torre llena de
músicos, cual cosa miramos con agrado.
SÉPTIMO Y ÚLTIMO ACTO
El novio aparece con una magnificencia inenarrable -me pregunto cómo habrán
podido realizarlo-. La novia acude a su encuentro con la misma solemnidad. A su
alrededor el pueblo grita: Vivat Sponsus, Vivat Sponsa.21
21 Viva el Novio, Viva la Novia.
Y así, con esta comedia, los artistas festejaban soberbiamente al Rey y a la Reina
que, fácilmente me di cuenta de ello, fueron muy sensibles a su desarrollo.
Para finalizar, los artistas dieron varias veces la vuelta al escenario en una apoteosis
y, por último, cantaron a coro.
I
Este día nos trae una inmensa alegría con las bodas del Rey: cantad todos, pues, para
que resuene: Felicidad a quien nos la da.
II
La hermosa novia a la que hemos aguardado tanto tiempo está unida ahora con él.
Hemos luchado pero llegamos al fin. Dichoso el que mira hacia delante.
III
Y ahora, recibid nuestros parabienes. Que vuestra unión sea próspera; largo tiempo
estuvo en tutela. Multiplicaos en esta leal unión para que miles de vástagos nazcan
de vuestra sangre.
Y la comedia acabó entre aclamaciones y alegría general así como con la satisfacción
particular de las personas reales.
Finalizaba el día cuando nos retiramos en el mismo orden en que habíamos llegado
pero, lejos de abandonar el cortejo, tuvimos que seguir por la escalera a las personas
reales hasta la sala en la que habíamos sido presentados. Las mesas aparecían ya
servidas con arte y, por primera vez, fuimos invitados a la mesa real. En el centro de
la sala se encontraba el pequeño altar con las seis insignias reales ya habíamos visto
antes.
El joven rey se mostró en todo momento muy afable con nosotros. No obstante, no se
le veía alegre en modo alguno, pues, a pesar de hablarnos de vez en cuando, no podía
retener los suspiros, por lo que el pequeño Cupido se burlaba de él. Los ancianos
reyes y las ancianas reinas se mostraban con mucha gravedad; sólo la esposa de uno
de ellos era ciertamente vivaz, comportamiento del que yo ignoraba la causa.
Las personas reales se sentaron a la primera mesa, nosotros lo hicimos en la
segunda; en la tercera vimos a algunas damas de la nobleza. El resto, hombres y
doncellas, aseguraban el servicio. Y todo transcurrió con gran corrección y de un
modo muy sosegado y grave, de modo que dudaba en hablar por temor a decir
demasiado. Sin embargo, debo declarar que las personas reales vestían ropas de un
blanco deslumbrante como la nieve y que se habían sentado a la mesa con dichos
vestidos. La gran corona de oro estaba colgada encima de la mesa y el brillo de las
piedras que la adornaban bastaría para alumbrar la sala sin precisarse otra luz.
Todas las luces se prendieron en la llamita colocada encima del altar, sin que pueda
comprender la causa. Además, observé con atención cómo el joven rey cuidó de que
varias veces llevaran alimentos a la serpiente blanca, y eso me hizo reflexionar
mucho. Casi todo el gasto de la conversación en el banquete lo hizo el pequeño
Cupido; no dejó a nadie tranquilo, especialmente a mí. A cada instante nos sorprendía
con alguna novedad.
Pero todo sucedía con la mayor calma y no se veía ninguna alegría aparente. Intuí un
grave peligro y la ausencia de música acrecentaba mi aprensión, que aumentó más
aún cuando nos dieron la orden de contestar clara y brevemente si se nos preguntaba
algo. En resumen, todo aquello tomaba un aire tan extraño que el sudor impregnó mi
cuerpo y creo que hasta al más audaz de los hombres le habría faltado el valor.
Terminaba la comida cuando el joven rey ordenó que le trajeran el libro colocado
sobre el altar. Lo abrió y luego nos preguntó una vez más, por medio de un anciano, si
ciertamente estábamos firmemente decididos a acompañarle pasase lo que pasase. Y
cuando, trémulos, contestamos afirmativamente nos volvió a preguntar con cierta
tristeza si estábamos dispuestos a comprometernos por escrito. Negarse no era
posible. Además, así debía ser. Entonces nos levantamos por turno y cada uno
estampó su firma en el libro.
Cuando hubo firmado el último, trajeron una fuente y un cubilete, ambos de cristal.
Todas las personas reales bebieron en él según su jerarquía. Después nos lo
presentaron a nosotros y, por fin, al resto de los presentes, y eso fue haustus
silentii.22
A continuación, todas las personas reales nos tendieron la mano declarando que,
puesto que en adelante no dependeríamos más de ellas, no la veríamos nunca más;
estas palabras nos provocaron el llanto, pero nuestra presidente protestó en nuestro
nombre, y las personas reales se dieron por satisfechas con ello.
De pronto tintineó una campanilla y nuestros huéspedes reales palidecieron de un
modo tan horrible que por poco perdemos el sentido de miedo. Cambiaron sus
vestidos blancos por ropas enteramente negras; luego, la sala entera y el suelo
fueron cubiertos con terciopelo negro y de idéntico modo la tribuna. Todo esto había
sido preparado de antemano.
Retiraron las mesas y los presentes tomamos asiento en el banco. También nosotros
nos vestimos con ropa negra. Nuestra pre sidente, que acababa de salir, regresó con
seis cintas de tafetán negro y con ellas vendó los ojos de las seis personas reales.
22 La prueba del silencio.
Una vez privadas de la vista, los servidores trajeron rápidamente seis ataúdes
cubiertos y los depositaron en la sala. En el centro dispusieron un tronco negro y
bajo.
Finalmente, entró en la sala un gigante, negro como el carbón, que llevaba en sus
manos una afilada hacha. El viejo rey fue el primero en ser conducido al tajo;
rápidamente le cortaron la cabeza y la envolvieron en una sábana negra. Su sangre
fue recogida en un gran tarro de oro que dejaron en el ataúd a su lado. Cerraron el
ataúd y lo dejaron aparte.
Los demás sufrieron la misma suerte y me estremecí al pensar que del mismo modo
llegaría mi turno. Pero no fue así, pues el gigantesco negro se retiró una vez
decapitadas las seis personas. Alguien le siguió para cortarle a su vez la cabeza justo
delante de la puerta, y regresó con el hacha y la cabeza que fueron ambas
depositadas en una caja.
Ciertamente, fueron unas bodas sangrientas. Pero, como ignoraba qué habría de
suceder aún, dominé mis impresiones y me reservé emitir un juicio sobre todo
aquello. Además, nuestra virgen, viendo que varios de nosotros perdíamos la fe y
llorábamos, nos invitó a calmamos, añadiendo:
“La vida de éstos está ahora en vuestras manos, creedme y obedecedme; así su
muerte dará vida a muchos.”23
Después nos pidió que reposáramos y nos desentendiéramos de cualquier
preocupación, pues lo que había ocurrido era por su bien. Nos deseó buenas noches y
nos anunció que ella velaría a los muertos. Conforme con sus deseos, seguimos a
nuestros pajes a los aposentos de cada uno.
Mi paje me habló extensamente de muchos asuntos que recuerdo muy bien. Su
inteligencia me sorprendió mucho, pero acabé dándome cuenta de que trataba de que
me entrara el sueño. Simulé que dormía profundamente, pero estaba muy despierto
pues me era imposible olvidarme de los decapitados.
La habitación daba al lago de modo que desde la cama, colocada junto a la ventana,
podía fácilmente recorrer con la vista toda su extensión. A medianoche, justo al sonar
las doce campanadas, vi de pronto un gran fuego en el lago y muerto de miedo abrí
rápidamente la ventana. A lo lejos vi acercarse siete naves llenas de luz. Por encima
de cada una de ellas brillaba una llama que revoloteaba por doquier, descendiendo
incluso de cuando en cuando. Fácilmente comprendí que eran los espíritus de los
decapitados.
23 Para los alquimistas, la vida no es la parodia que “vivimos”, o sea, en la que morirnos poco a poco, sino
la vida pura y regenerada que comienza con la resurrección. No hay que olvidar, sin embargo, que para
resucitar hay que morir primero, y que esta muerte es una experiencia que puede darse en vida. “Muere
antes de morir” declara un hadith sufí.
Los navíos se aproximaron lentamente a la orilla con su único piloto. Cuando
abordaron vi que nuestra virgen se acercó a ellos portando una antorcha, y detrás de
ella traían los siete ataúdes cerrados y la caja, que fueron depositados en los siete
barcos.
Desperté al paje, que me lo agradeció vivamente; había andado mucho durante el día,
incluso estando prevenido, y podría haberse quedado dormido mientras sucedían
estos acontecimientos.
Una vez los ataúdes fueron depositados en los barcos, se apagaron todas las luces.
Las seis llamas navegaron más allá del lago y en cada barco sólo se veía una lucecita
que hacía de vigía. Entonces se instalaron junto al lago como unos cien guardianes
que enviaron a la virgen al castillo. Ésta pasó los cerrojos cuidadosamente, de lo que
inferí que no habría más acontecimientos antes del día. Así pues, tratamos de
descansar.
De todos mis compañeros, ninguno, salvo yo, tenía el aposento sobre el lago y yo era
el único que había presenciado la escena. Pero estaba tan fatigado que me dormí
pese a las grandes precauciones que tomé para no hacerlo.
JORNADA QUINTA
Deseoso de saber cómo continuaban los hechos, me levanté al despuntar el alba sin
haber disfrutado de un descanso suficiente. Cuando ya me había vestido bajé a la
sala, aunque no encontré a nadie en ella a esa hora tan temprana. Así pues, pedí a mi
paje que me acompañase otra vez al castillo y que me enseñara los parajes más
interesantes. Como siempre, se prestó gustoso a mis deseos.
Bajando algunos peldaños subterráneos, nos topamos con una gran puerta de hierro
sobre la que destacaba una inscripción en grandes letras de cobre:1
Reproduzco la inscripción exactamente como la copié en mi tablilla.
El paje abrió la puerta y me guió a un corredor completamente oscuro, llevándome de
la mano. Llegamos a una puerta pequeña que estaba entreabierta, según mi paje
porque había sido abierta para sacar los ataúdes la víspera y todavía no la habían
cerrado.
Entramos: ante mis maravillados ojos apareció la cosa más preciosa que jamás haya
realizado la naturaleza. La sala abovedada no recibía otra luz más que el resplandor
radiante de algunos carbunclos enormes;2 me dijeron que era el tesoro del Rey. Pero
en el centro fue donde vi la maravilla más admirable: un precioso sepulcro. No pude
menos que sorprenderme al verlo tan descuidado. El paje me indicó que debía dar
gracias a mi planeta,3 cuya influencia me permitía contemplar algunas cosas que
ningún ojo humano había visto4 hasta entonces, salvo el séquito real.
1 El Cobre es el metal de Venus, el planeta del amor.
2 La luz del carbunclo es fosforescente; es curioso observar que la palabra “Phosphoros” es la traducción
griega exacta del término latino Lucifer Luciferis, el portador de la luz, el lucero del alba, uno de los
nombres dados a Venus. Ver nota 25 de la Jornada tercera.
3 Se trata de nuevo del planeta Venus, la estrella de la mañana, que recibía también la denominación de “el
pequeño benéfico”. Regente de la Casa VII, la Casa del Matrimonio, su simbolismo aparece a lo largo de
todas las “Bodas Alquímicas”. Por otra parte, siendo la Casa V la Casa del Amor, es lógico que la visión de
Venus tenga lugar en la Quinta jornada.
4 Ver Corintios II-9. En otro bellísimo relato onírico del rosacruz Enrique Madathan, leemos “La revelación
sobrenatural es una: divino, admirable y santo es el don; abarca a todo el universo; se basta a sí mismo; es
la verdad y domina verdaderamente a todos los elementos; es su Quintaesencia. Los ojos no lo han
percibido, ninguna oreja lo ha oído, ningún corazón humano se le ha acercado y nadie sabe lo que el cielo
ha puesto sobre este espíritu de verdad”. (Ver el Saeculum Aureum Redivivum, Hamburgo 1631, cuya
traducción íntegra dimos en nuestros Cuatro Tratados de Alquimia, Ed. Visión Libros, Barcelona 1979.)
El sepulcro era triangular y sostenía en su centro un vaso de cobre pulido; el resto
era de oro y de piedras preciosas. Un ángel, de pie en el vaso, tenía en sus brazos un
árbol desconocido que dejaba caer incesantemente gotas en el recipiente; a veces se
despegaba de él un fruto que se hacía agua en cuanto tocaba el vaso y se derramaba
en tres pequeñas vasijas de oro. Tres animales, sobre una peana preciosa, un águila,
un buey y un león,5 servía de soporte a este pequeño altar.
Le pregunté al paje el significado de todo aquello.
“Aquí yace Venus -dijo-, la hermosa que ha hecho perder felicidad, salud y fortuna, a
tantos grandes.” Después me enseñó una trampilla de cobre que había en el suelo.
“Si es vuestro deseo podemos continuar bajando por aquí.”
“Os sigo», le contesté; y bajé por la escalera en la que la oscuridad era completa. El
paje abrió con presteza una cajita que contenía una luz eterna con la que prendió una
de las numerosas teas colocadas en este sitio. Lleno de aprensión le pregunté si le
estaba permitido hacerlo.
“Como ahora las personas reales reposan, no tengo que temer”, me respondió.
Entonces descubrí un lecho de riqueza inimaginable y de colores admirables. El paje
lo entreabrió y vi acostada en él a Venus completamente desnuda -el paje había
levantado la manta-, con tanta gracia y belleza que me quedé inmóvil de tanta
admiración y aún ignoro si contemplé una estatua o a muerta, ya que se hallaba
completamente quieta y me estaba prohibido tocarla.
Luego el paje la cubrió otra vez y cerró la cortina; pero su imagen ha quedado
grabada en mis ojos.
Tras el lecho vi un tablero con la inscripción siguiente:
Pregunté al paje el significado de estos caracteres y, riéndose, me prometió que lo
sabría. Después apagó la llama y subimos. Cuando miré a los animales con más
detenimiento me di cuenta de que en cada rincón ardía una antorcha resinosa. No
5 Tres animales que, junto con el ángel, corresponden a los cuatro evangelistas, o las cuatro figuras del
apocalipsis.
había visto antes esas luces pues su fuego era tan claro que más bien semejaba el
brillo de una piedra y no una llama. El árbol, expuesto a este calor, no dejaba de
fundirse mientras que continuaba produciendo nuevos frutos.
“Escuchad -dijo el paje- lo que he oído decir a Atlas hablando con el Rey. Aseveraba
que cuando el árbol se funda por completo, Venus despertará y será madre de un
rey.”
Aún seguía hablando y posiblemente me hubiera dicho más cosas cuando Cupido
entró en la sala. A primera vista, pareció asombrado al comprobar nuestra presencia
en ella; pero cuando notó que ambos estábamos más muertos que vivos, acabó por
reír y me preguntó qué espíritu me había empujado allí. Temblando, le contesté que
me había perdido en el castillo, y que el azar me había conducido a esta sala y que mi
paje, después de haberme buscado por todas partes, acabó encontrándome en ella; en
fin, que esperaba no se tomase la cosa a mal.
“Así tiene un pase, abuelo temerario -me indicó--. Pero me habría visto ultrajado
groseramente si hubieses visto esta puerta. Ya va siendo hora de que tome
precauciones.”
Al decir esto, cerró con un candado la trampilla de cobre por la que habíamos bajado.
Di gracias a Dios por no haber sido sorprendido antes y mi paje me quedó agradecido
por haberlo ayudado a salir de aquel apurado trance.
“No obstante -continuó Cupido-, no puedo dejaros impunes por haber casi
sorprendido a mi madre.” Calentó la punta de una de sus flechas en una de las luces
y me pinchó en la mano. Apenas me di cuenta del pinchazo, pues estaba muy contento
por haber resuelto tan simplemente la situación y haber salido tan bien librado.
Entretanto, mis compañeros se habían levantado y se habían reunido en la sala; me
uní a ellos fingiendo que me acababa de levantar en ese momento. Cupido, que había
cerrado cuidadosamente la puerta tras él, me pidió que le enseñase la mano. Una
gota de sangre permanecía aún. Cupido se rió de ello y avisó a los demás para que
desconfiaran de mí pues cambiaría en breve. Nos quedamos estupefactos al
comprobar la alegría de Cupido; se diría que los tristes sucesos del día anterior le
traían completamente sin cuidado y no manifestaba signo alguno de dolor.
Nuestra presidente se había preparado para salir; iba completamente vestida de
negro y llevaba la rama de laurel en la mano. Cuando se hubieron acabado los
preparativos la virgen nos dijo que nos refrescáramos y que nos preparásemos a
continuación para la procesión. Lo cual hicimos sin perder un momento siguiéndola
enseguida al patio.
Allí estaban colocados seis ataúdes. Mis compañeros estaban convencidos de que
allí estaban los cuerpos de las seis personas reales, pero yo sabía a qué atenerme,
aunque ignoraba qué iba a pasar con los otros ataúdes.
Al lado de cada uno de los ataúdes había ocho enmascarados. Cuando se puso a tocar
la música -con un son tan triste y grave que me estremeció- cargaron los ataúdes y
seguimos hasta el jardín en el orden que se nos indicó. Allí, en medio del jardín,
habían levantado un mausoleo de coronas admirables; siete columnas soportaban su
cúpula. Habían cavado seis tumbas y junto a cada una de ellas había una piedra; en el
centro se hallaba otra piedra redonda, hueca y más alta. Los ataúdes fueron
depositados en estas tumbas ceremoniosamente y con el mayor silencio, y acto,
seguido pusieron encima las piedras y las sellaron sólidamente.
La caja pequeña fue colocada en medio. Así fueron engañados mis compañeros, los
cuales estaban convencidos de que allí reposaban los cuerpos. En lo alto flotaba un
gran estandarte decorado con la imagen del fénix,6 sin duda para desorientarnos
todavía más. En ese momento di gracias a Dios por haberme dejado ver más que a
los otros.
Una vez concluidos los funerales, la virgen subió a la, piedra central y nos dirigió un
breve discurso. Nos exhortó a mantener nuestra promesa., a no regatear esfuerzos y
a ayudar a las personas reales enterradas allí para que pudiesen volver a encontrar
la vida. De esta forma teníamos que ponernos en camino sin demora y navegar con
ella hacia la torre del Olimpo7 para buscar en este lugar el remedio apropiado e
indispensable.
Dimos por bueno su discurso, así que la seguimos por otra puerta pequeña hasta la
orilla, en la que vimos los siete barcos, que ya he mencionado antes, todos vacíos.
Las vírgenes ataron a ellos sus ramas de laurel y, después de embarcarnos, nos
dejaron marchar a la gracia de Dios. Nos acompañaron con la vista mientras
estuvimos visibles, y luego entraron en el castillo acompañadas por los guardianes.
Cada uno de nuestros barcos enarbolaba una enorme bandera y un blasón distintivo.
En cinco barcos se veían los cinco Corpora Regalia;8 además todos, y
particularmente el mío en el que se había embarcado la virgen, llevaban un globo.9
De esta forma navegamos en un orden determinado llevando cada barco dos
pilotos.10
6 Ya nos hemos referido a este ave fabulosa que según la leyenda renacía de sus cenizas. (Ver nota 22 de la
Jornada tercera.) Corresponde al Benu del Libro de los Muertos (XVI-89), quien es el “autoengendrador
del alma de Ra”.
7 La Torre del Olimpo, Turris Olympi, es uno de los símbolos del atanor en el que va a nacer la Piedra.
8 Se trata de los cinco poliedros regulares, los “cuerpos reales” de Pitágoras: el tetraedro, el hexaedro, el
octaedro, el dodecaedro y el icosaedro.
9 Seguramente para simbolizar a la esfera, el cuerpo más regular. Recordemos que muchas de las vírgenes
negras medievales sostenían, al 1ado del niño, una esfera o bola.
A, la cabeza iba el pequeño barco a en el que me parecía que iba el negro;
transportaba doce músicos, y su insignia representaba una gran pirámide. Lo seguían
los tres barcos b-c-d en los que estábamos distribuidos; yo iba en el c. En tercera
línea marchaban los barcos e y f los más grandes y más hermosos, adornados con
gran cantidad de ramas de laurel, sin transportar a nadie, y enarbolaban el pabellón
de la Luna y el Sol. El barco g cerraba la última línea y transportaba cuarenta
vírgenes.
A
|| ||
B|| || C|| || D|| ||
E|| || F|| ||
G|| ||
Navegamos en esta formación hasta más allá del lago, luego atravesamos un
estrecho y salimos al verdadero mar. Allí nos aguardaban Sirenas, Ninfas y Diosas
marítimas; fuimos abordados por una joven ninfa encargada de traernos su regalo de
bodas así como de dejarnos un presente. Consistía éste en una preciosa perla11
engastada como no habíamos visto nunca ni en nuestro mundo ni en éste. Era
redonda y brillante. Cuando la virgen la aceptó amistosamente, la ninfa preguntó si
queríamos parar un instante y conceder audiencia a sus compañeras. La virgen
consintió ordenó que los dos grandes barcos maniobraran hacia el centro y que junto
con los otros formaran un pentágono:
C
|| ||
BE|| || || ||DF
|| || || ||
G A
A continuación las ninfas se colocaron alrededor formando un círculo y cantaron con
dulce voz:
I
Nada hay mejor en la Tierra
que el noble y precioso amor;
10 Alusión a Sa, el piloto delantero de la Barca Solar de los egipcios y Hu, el piloto trasero. Sa es la
inteligencia de Ra, el dios del Sol y Hu su Palabra Creadora. Ver el artículo “La Tradición escrita de los
egipcios” en “La Puerta”, n.° 5.
11 La perla, en latín margarita, es uno de los nombres más usuales del tesoro mitohermético. Para Dom
Pernety (Diccionario Mitohermético) sería uno de los nombres de la materia. En lo que a su sentido
místico se refiere, ver “El Canto de la perla”.
por él igualamos a Dios,
por él nadie aflige a nadie.
Dejadnos, pues, cantar al Rey
y que retumbe toda la mar
nosotras preguntamos, dadnos contestación.
II
¿Quién nos ha transmitido la vida?
El amor.
¿Quién nos devolvió la gracia?
El amor.
¿Por quién hemos nacido?
Por el amor.
¿Sin qué estaríamos perdidos?
Sin el amor.
III
¿Quién nos ha engendrado?
El amor.
¿Por qué nos han alimentado?
Por amor.
¿Qué les debemos a los padres?
El amor.
¿Por qué son tan pacientes?
Por amor.
IV
¿Quién ha sido el vencedor?
El amor.
¿Se puede hallar el amor?
Por el amor.
¿Quién puede unir a los dos?.
El amor.
V
Cantad pues todos vosotros
y haced que resuene el canto
que enaltezca el amor.
Que se digne crecer
en nuestros Señores, el Rey y la Reina;
sus cuerpos están aquí, el alma allá.
VI
Si todavía vivimos,
Dios hará
que al igual que el amor y la gran gracia
los han separado con fuerte potencia,
de igual manera la llama del amor
los reunirá otra vez con felicidad.
VII
Esta pena,
en gran alegría
será transmutada por siempre,
aunque hubiera sufrimientos sin cuento.
Al oír este canto melodioso comprendí perfectamente que Ulises12 tapara los oídos a
sus compañeros, pues tuve la sensación de ser el más miserable de los hombres en
comparación con esas criaturas tan adorables.
La virgen se despidió enseguida y dio orden de que prosiguiéramos el camino. De
esta forma las ninfas rompieron el círculo y se alejaron por la mar después de haber
recibido como recompensa una larga cinta roja.
En aquel momento sentí cómo Cupido comenzaba a operar en mí, lo cual dice poco en
mi honor; de cualquier forma como mi embeleso no puede servir al lector para nada,
me conformo con dejar de paso constancia de él. Respondía precisamente a la herida
que, soñando, recibí en la cabeza, como dije en mi primer libro; y si alguien quiere un
buen consejo, que se abstenga de ir a contemplar a Venus en el lecho, pues Cupido
no lo acepta.
Algunas horas más tarde, después de haber recorrido un largo camino conversando
amistosamente, divisamos la torre del Olimpo. La virgen ordenó que se hicieran
12 Ver la Odisea de Homero, Canto XII.
diversas señales para anunciar nuestra llegada, lo cual fue cumplido. En seguida
vimos desplegarse una gran bandera blanca y un barco dorado salió a nuestro
encuentro. Cuando se nos acercó pudimos ver en él a un anciano rodeado de algunos
satélites vestidos de blanco; nos acogió amistosamente y nos condujo a la torre.
Ésta estaba edificada sobre una isla exactamente cuadrada y rodeada de una muralla
tan sólida y ancha que pude contar doscientos sesenta pasos atravesándola. Detrás
del recinto se extendía una hermosa pradera engalanada con algunos jardines en los
que fructificaban plantas singulares y que yo desconocía; la pradera terminaba en el
muro que protegía la torre. Esta última, en sí misma, parecía formada por la
secuencia de siete torres redondas, siendo la del centro un poco más alta que las
demás. Interiormente se penetraban mutuamente y había siete pisos superpuestos.13
Cuando llegamos a la puerta nos colocaron a lo largo del muro que contorneaba la
torre, con la idea, como comprendí rápidamente aunque mis compañeros no lo sabían,
de transportar los ataúdes a la torre sin saberlo.
Inmediatamente después nos llevaron a la sala interior de la torre que estaba
decorada con arte; en ella encontramos pocas distracciones, ya que no contenía más
que un laboratorio. Allí tuvimos que triturar y lavar hierbas, piedras preciosas y otras
materias, extraerles la esencia y la savia y llenar con ellas frascos de cristal que
ordenaron muy cuidadosamente. Nuestra ágil y activa virgen no nos dejó ni un
instante desocupados: tuvimos que trabajar sistemáticamente y sin descanso en esta
isla hasta que terminamos los preparativos necesarios para la resurrección de los
decapitados.
Como supe después, durante todo este tiempo, las vírgenes estaban lavando
cuidadosamente los cuerpos en la primera sala.
Finalmente, cuando hubimos casi terminado el trabajo, nos trajeron un poco de sopa y
un poco de vino, lo cual significaba claramente que no estábamos allí para pasarlo
bien. Y cuando terminamos nuestra tarea tuvimos que contentarnos con dormir en
una estera que pusieron en el suelo para cada uno de nosotros.
Yo no tenía sueño, así que paseé por el jardín acercándome hasta el recinto. Como la
noche era clara, aproveché el tiempo mirando las estrellas. Descubrí casualmente
que unas grandes escaleras llevaban a lo alto de la muralla y, como la luna
desparramaba una claridad tan grande, subí temerariamente. Contemplé el mar que
estaba en absoluta calma y, aprovechando tan excelente oportunidad para reflexionar
sobre la astronomía, descubrí que esta noche incluso los planetas se presentaban de
una forma particular que no se repetiría antes de pasado largo tiempo.14
13 Si la torre es cuadrada, es porque representa a los cuatro elementos mientras que los siete pisos
corresponden a los siete metales.
14 La Obra no puede realizarse más que cuando se presentan unas condiciones astrales raras y precisas.
Miraba fijamente al cielo que estaba encima del mar cuando, a medianoche, al dar las
doce, vi que las siete llamas recorrían el mar y se posaban alto en el cielo, justo
encima de la punta de la torre. Me sobrecogió un miedo intenso, pues en cuanto las
llamas se pararon, los vientos sacudieron furiosamente el mar. Luego, la luna se
cubrió de nubes de forma que mi primera alegría terminó en un terror tal que apenas
pude volver a encontrar la escalera de piedra para volver a entrar en la torre. No
puedo decir si las llamas siguieron mucho tiempo sobre la torre o si se marcharon,
pues con aquella oscuridad me era imposible arriesgarme a salir de nuevo.
Me acosté encima de la estera y me dormí sosegadame nte acunado por el murmullo
sereno y agradable de la fuente del laboratorio.
De esta forma, también la quinta jornada terminó con un milagro.