JORNADA SEXTA
Al día siguiente, el primero que abrió los ojos nos despertó a todos e inmediatamente
nos pusimos a discurrir sobre el posible desarrollo de los acontecimientos. Unos
decían que los decapitados revivirían todos juntos; otros afirmaban que la
desaparición de los ancianos debería dar a los jóvenes no solo la vida, sino también la
facultad de reproducirse. Algunos aseveraban que no podían haber matado a las
personas reales sino que eran otros los que habían sido decapitados en lugar de ellos.
Después de estar hablando así durante un rato, entró el anciano, nos saludó y
comprobó que nuestros trabajos estuviesen terminados y de forma correcta;
habíamos puesto tanto celo y cuidado en ello que se mostró satisfecho. Cogió los
frascos y los colocó en un joyero.
Luego entraron algunos pajes que traían escaleras, cuerdas y grandes alas; las
depositaron frente a nosotros y se fueron. Entonces dijo el anciano:
“Hijos queridos, cada uno de vosotros tiene que encargarse de una de estas cosas
durante todo el día, así que podéis escogerlas o echarlas a suerte.”
Le dijimos que preferíamos escoger.
“No -rectificó el anciano-, las echaremos a suerte.”
Entonces hizo tres fichas: en la primera puso escalera; en la segunda, cuerda; y en la
tercera, alas.1 Las mezcló en un sombrero y cada cual sacó una ficha, por lo que tuvo
que encargarse del objeto recibido. A quienes les tocaron las cuerdas se creyeron
favorecidos por el azar; a mí, que me tocó una escalera, me pareció fastidioso pues
tenía doce pies de largo y era bastante pesada. Tuve que llevarla mientras que los
otros podían enrollar fácilmente las cuerdas alrededor suyo. Luego, el anciano ató las
alas a los últimos con tanta destreza que parecía que les habían crecido de forma
natural. Finalmente, cerró un grifo y la fuente dejó de manar y tuvimos que quitarla
del centro de la sala. Cuando todo estuvo ordenado, el anciano cogió el joyero con los
frascos, nos saludó y cerró cuidadosamente la puerta a sus espaldas, tan bien, que
nos pareció estar prisioneros en esa torre.
No había transcurrido ni un cuarto de hora cuando se abrió en la bóveda un agujero
redondo; por él vimos a nuestra virgen, que se nos dirigió para desearnos un buen,
día y nos pidió que subiéramos. Los que tenían las alas volaron fácilmente por el
agujero; los que llevábamos las escaleras comprendimos de forma inmediata su
utilidad. Pero' los que tenían las cuerdas estaban confusos pues cuando subió uno de
nosotros, le dijeron que quitara la escalera. Por fin, cada una de las cuerdas fue atada
a un gancho de hierro y dijeron a los que las llevaban que subieran como pudieran lo
1 La escalera, la cuerda o las alas, se trata de tres medios para alcanzar el mismo fin. Los tres denotan la
posibilidad de una elevación, de una ascensión.
que, verdaderamente, no sucedió sin que se hicieran algunas ampollas en las manos.
Cuando todos estuvimos arriba, cerraron el agujero y la virgen nos acogió
amablemente.
Este piso de la torre estaba formado por una sala única, flanqueada por siete
hermosas capillas un poco más altas que la sala. Se ascendía a ellas por tres
peldaños. Nos distribuyeron en las capillas y se nos conminó a rezar por la vida de
los reyes y las reinas. Entretanto, la virgen entraba y salía. alternativamente por la
puerta pequeña a y así siguió hasta que terminamos.
Cuando concluimos nuestra oración, doce personas -las que anteriormente habían
hecho de músicos- depositaron en el centro de la sala, trayéndolo precisamente por
puerta, un curioso objeto alargado que a mis compañeros pareció que no podía ser
más que una fuente. Pero inmediatamente comprendí que allí estaban los cuerpos, ya
la caja inferior era cuadrada y lo suficientemente grande como para contener
fácilmente a seis personas. Los doce salieron para volver enseguida con sus
instrumentos y acompañar a nuestra virgen y a sus servidoras con una bellísima
armonía.
Nuestra virgen tenía un cofrecito; las otras llevaban ramas y lámparas y, algunas,
teas encendidas. Nos pusieron las antorchas en la mano y tuvimos que ponemos
alrededor de la fuente en el siguiente orden:
Nuestra virgen se colocó en A; sus servidoras, con las lámparas y las ramas, se
dispusieron en círculo en c; nosotros estábamos con nuestras teas en b; y los
músicos, en línea recta, en a; finalmente, también en línea recta, las vírgenes estaban
en d. No sé de dónde venían las vírgenes; ¿vivían en la torre o habían llegado a ella
por la noche? Sus rostros aparecían cubiertos con velos blancos y leves de forma que
no reconocía a ninguna.
La virgen abrió el cofrecillo que contenía una cosa esférica envuelta en una doble tela
de tafetán verde; la sacó y, aproximándose a la fuente, la colocó en la pequeña
caldera superior que cubrió luego con una tapadera perforada por agujeritos y con un
reborde. Después vertió en ella varias de las aguas que habíamos preparado la
víspera con lo que la fuente empezó a manar. Estas aguas volvían a entrar
ininterrumpidamente en la caldera a través de cuatro tubitos.
Bajo la caldera inferior habían dispuesto un gran número de clavos en los que las
vírgenes habían colgado sus lámparas, con cuyo calor el agua no tardó en hervir. El
agua hirviente caía sobre los cadáveres por una gran cantidad de agujeros perforados
en a; estaba tan caliente que los disolvió haciendo con ellos un licor.
Mis compañeros no sabían aún qué era la bola forrada; yo intuí que se trataba de la
cabeza del negro y que era ella la que comunicaba a las aguas la intensidad de su
calor.
En b, alrededor de la caldera grande, había también una buena cantidad de agujeros
en los que las vírgenes depositaron sus ramas. No sé si era necesario para la
operación o únicamente exigido por el ceremonial; la cuestión es que las ramas se
encontraban de continuo regadas por la fuente, y el agua que manaba de ella para
volver a la caldera era algo más amarillenta.
Esta operación duró casi dos horas; la fuente fluía constantemente de sí misma,
aunque el chorro iba disminuyendo lentamente.
Mientras, los músicos fueron saliendo y nosotros nos paseamos por la sala. Sus
adornos bastaban para distraernos cumplidamente pues en cuestión de imágenes,
cuadros, relojes, órganos, fuentes y otras cosas semejantes, no habían olvidado nada.
Finalmente terminó la operación y la fuente cesó de manar. La virgen, entonces, hizo
que trajeran una esfera hueca de oro. En la base de la fuente había un grifo; lo abrió
e hizo correr las materias disueltas por el calor de las gotas recogiendo varias
medidas de una materia de un rojo intenso. Se vació el agua que quedaba en la
caldera superior y, después de esto, la fuente, ya bastante ligera, fue sacada fuera.
No sé si la abrieron después y si todavía contenía algún residuo útil procedente de los
cadáveres. Lo que sí sé es que el agua recogida en la fuente pesaba mucho, hasta el
extremo de no poder transportarla entre seis, cuando a juzgar por su volumen un solo
hombre hubiera podido cargarla.
Por lo tanto, transportamos fuera con muchas dificultades esta esfera y nos dejaron
solos de nuevo.
Como oí que caminaban encima de nosotros, busqué mi escalera con los ojos. En esos
momentos se podían escuchar las opiniones que sobre la fuente iban expresando mis
compañeros; convencidos de que los cuerpos descansaban en el jardín del castillo, no
sabían cómo interpretar estas operaciones. Yo di gracias a Dios por haber velado en
tiempo oportuno y por haber visto fenómenos que me ayudaban a comprender mejor
las acciones de la virgen.
Pasaron quince minutos; después se abrió el centro de la bóveda y nos instaron a
subir. Se hizo igual que antes, con ayuda de las alas, las escaleras y las cuerdas. Me
sentía un tanto humillado viendo que las vírgenes subían por un camino fácil mientras
que nosotros teníamos que esforzarnos tanto. No obstante, entendía que si se hacía
así era con algún fin prefijado. De cualquier forma, estábamos muy contentos con las
previsoras atenciones del anciano pues los objetos que nos había dispensado servían,
cuando menos, para alcanzar la abertura.
Al pasar al piso superior el agujero se volvió a cerrar; entonces vi que la esfera
estaba colgada en medio de la sala con una fuerte cadena. Había ventanas alrededor
de la sala y otras tantas puertas alternaban con las ventanas. Cada puerta tapaba un
enorme espejo pulido. La disposición óptica de puertas y espejos era tal que, cuando
se abrían las ventanas del lado del sol y se destapaban los espejos tirando de las
puertas, brillaban soles en toda la circunferencia de la sala, y esto pese a que este
astro, que ahora brillaba por encima de toda medida, no diera más que en una puerta.
Estos soles esplendorosos flechaban sus rayos, por medio de reflexiones artificiales,
sobre la esfera que estaba suspendida en el centro, y como además la esfera era
pulida, despedía un fulgor tan intenso que ninguno de nosotros pudo abrir los ojos.
Tuvimos que mirar por las ventanas hasta que la esfera tuvo el calor justo y se
obtuvo el efecto apetecido. De esta manera vi la mayor maravilla que nunca ha
producido la naturaleza: los espejos reflejaban soles por doquier, pero la esfera del
centro resplandecía con mucha más fuerza, de modo que nadie de nosotros pudo
aguantar ni por un instante su resplandor, igual al del mismísimo sol.
Finalmente la virgen hizo cubrir los espejos y cerrar las ventanas para dejar que la
esfera se enfriase un poco; eso ocurrió a las siete.
Nos alegrarnos al percibir que la operación, llegado a éste punto, nos daba suficiente
libertad para reconfortarnos con un desayuno. Pero, otra vez, el menú era
verdaderamente filosófico y, aunque no nos faltó lo necesario, no había peligro de
que nos insistieran para incitarnos a cometer abusos. Además, la promesa de la dicha
futura -con la que la virgen nos animaba sin cesar-, nos ponía tan contentos que ni el
trabajo ni la incomodidad nos parecían mal. También asevero que nunca mis
compañeros pensaron en su cocina o en su mesa; bien al contrario, eran felices por
poder asistir a una física2 tan maravillosa y meditar así sobre la sabiduría y
omnipotencia del Creador.
Después del esfuerzo nos preparamos nuevamente para el trabajo, pues la esfera se
había enfriado lo suficiente. La tuvimos que desatar de su cadena, lo cual nos costó
no pocos pesares, y la depositamos en el suelo.
Luego, discutimos cómo la partiríamos, pues se nos ordenó que la cortáramos en dos
por la mitad; por fin hicimos lo más difícil del trabajo con un puntiagudo diamante.
Cuando abrimos la esfera vimos que ya no contenía nada rojo sino solamente un
enorme y hermoso huevo, blanco como la nieve. Y nuestra alegría llegó al máximo
2 La palabra “física” no significa originariamente lo mismo que hoy en día. Este término procede del griego
jusiz (fisis), naturaleza, nacimiento, producción, palabra derivada a su vez del verbo juw (fio), yo nazco,
yo produzco.
cuando nos convencimos de que había salido bien a conciencia, pues la virgen temía
que la cáscara estuviera aún un poco blanda. Estábamos tan contentos alrededor del
huevo como si lo hubiésemos puesto nosotros mismos. Pero rápidamente la virgen
hizo que se lo llevaran; luego nos dejó también y, como ya era costumbre, cerró la
puerta. No sé qué ha hecho con el huevo tras su marcha, no sé si lo ha sometido a una
operación secreta, aunque no lo creo.
Tuvimos que descansar de nuevo durante quince minutos hasta que otro agujero nos
abrió al cuarto piso al que llegamos gracias a nuestros instrumentos.
En esta sala vimos una enorme caldera de cobre llena de arena amarilla a la que
calentaba un fuego despreciable. El huevo fue enterrado en ella para que acabara de
madurar. La caldera era cuadrada, y en una de sus paredes estaban grabados con
letras grandes los versos siguientes:
O. BLI. TO. BIT. MI. LI
KANT. I. VOLT. BIT. TO. GOLT.
En la segunda se leían estas palabras:
SANITAS, NIX, HASTA.3
La tercera llevaba únicamente la palabra:
F.I.A.T.4
Pero en la cara posterior había toda la inscripción siguiente:
QUOD:
Ignis, Aer, Aqua, Terra:
SANCTIS REGUM ET REGINARUM NOSTRUM CINERIBUS
Erripere non potuerunt.
FIDELIS CHYMICORUM TURBA
IN HANC URNAM
CONTULIT5
3 Salud, Nieve, Lanza.
La lanza evoca la muerte, o sea, el color negro; la nieve, la pureza, o sea, el blanco; y la salud la vida
regenerada o sea, el rojo. Nos encontramos, pues, con un resumen de la Obra y de sus tres colores.
4 Alusión al “Fiat” (Hágase) bíblico del Génesis 1-3. El Génesis habla, en el fondo, de la Obra Hermética
que, según los alquimistas, es comparable a la Creación del mundo. (Ver La Entrada Abierta al Palacio
Cerrado del Rey, cap. V-1 y nota l.) Podría verse también aquí una evocación de los cuatro elementos:
F=fumus, vapor de agua, I= ignis, fuego, A= aer, aire, T= terra, tierra.
5 Lo que el Fuego, el Aire, el Agua, la Tierra,
no pudieron arrancar
a las santas cenizas de nuestro Rey y nuestra Reina,
la fiel turba de los químicos
AÒ
6
A los sabios dejo el cuidado de averiguar si la inscripción se refería a la arena o bien
al huevo; a mí me basta con cumplir mi tarea no omitiendo nada.
Se terminó la incubación y el huevo fue desenterrado. No fue preciso romper la
cáscara pues el pájaro se libró en seguida por sí mismo y empezó a retozar, aunque
era disforme y estaba ensangre ntado. Primeramente lo pusimos encima de la arena
caliente, después la virgen nos pidió que lo atásemos antes de darle alimentos si no
queríamos tener incontables complicaciones. Lo hicimos así. El pájaro creció tan
rápidamente frente a nuestros ojos que comprendimos muy bien por qué la virgen nos
había avisado. Mordía y arañaba rabiosamente a su alrededor y si se hubiera
adueñado de uno de nosotros hubiera dado rápidamente buena cuenta de él. Ya que
el pájaro -negro como las tinieblas- estaba completamente furioso, le trajeron un
alimento distinto, posiblemente la sangre de otra persona real. Entonces le cayeron
las plumas negras y en su lugar aparecieron otras blancas como la nieve.
Inmediatamente, el pájaro se apaciguó un poco y dejó que nos acercáramos a él con
más facilidad; no obstante, lo mirábamos con desconfianza. Con el tercer alimento
sus plumas adquirieron tonalidades, tan brillantes como no he visto en toda mi vida, y
se mostró tan dulce y se familiarizó de tal forma con nosotros que, con el
consentimiento de la virgen, lo liberamos de sus ataduras.
“Ahora -dijo la virgen-, para agradecer vuestra aplicación, la vida y una perfección
sin parangón han sido dadas a este pájaro; conviene que, con la aprobación de
nuestro anciano, festejemos este acontecimiento alegremente.”
Luego ordenó que sirvieran comida y nos convidó a reconfortarnos ya que la parte
más difícil y delicada de la obra se había terminado y que, con todo derecho,
podíamos empezar a saborear el goce de la labor cumplida.
Todavía llevábamos nuestros vestidos de luto lo que, con tal festividad, parecía
ridículo; los unos nos reíamos de los otros.
No obstante, la virgen no dejó de interrogamos, posiblemente para descubrir a
aquellos que le serían más útiles en sus proyectos. La fusión era la operación que
más la atormentaba y se sintió más tranquila cuando descubrió que uno de nosotros
había adquirido la destreza manual que poseen los artistas.
lo depositaron
en esta urna
AO.
6 1459. Paracelso de Hohenlieim. Doctor en Medicina. Jesús es todo para mí.
La comida no duró más que cuarenta y cinco minutos y la mayor parte de ella la
pasamos con el pájaro, al que era preciso alimentar sin descanso. Aunque ahora ya
había alcanzado su completo desarrollo.
Después de la comida no se nos permitió un descanso largo; la virgen salió con el
pájaro y nos abrieron la quinta sala a la que subimos de la misma forma que
anteriormente, preparándonos enseguida para el trabajo.
En esta sala se había dispuesto un baño para el pájaro. Lo tiñeron con un polvo
blanco y tomó el aspecto de la leche. Al principio estaba frío y el pájaro, una vez
metido en él, pareció encontrarse a gusto y empezó a retozar. Pero cuando el calor de
las lámparas empezó a entibiar el agua tuvimos mucho trabajo para mantenerlo en
ella. Así que pusimos una tapadera en la caldera dejándole que sacara la cabeza por
un agujero. El pájaro perdió todo su plumaje en el baño y se le quedó la piel tan lisa
como la de un hombre, aunque el calor no le causó ningún otro daño. De forma
sorprendente, las plumas se disolvieron por completo en el baño al que tiñeron de
azul. Por fin dejamos que el pájaro escapara de la caldera; estaba tan liso y tan
brillante que daba gozo verlo; como era un poco arisco tuvimos que ponerle un collar
con cadena alrededor del cuello. Entonces lo paseamos un poco por la sala.
Entretanto, encendieron un fuego enorme bajo la caldera y evaporaron el baño hasta
que se secó. Quedó entonces una materia azulada; la despegamos de la caldera, la
trituramos, la hicimos polvo y la preparamos sobre una piedra y con ella pintamos
toda la piel del pájaro.
Este tomó entonces un aspecto si cabe más curioso pues, aparte de la cabeza, que
permaneció blanca, era enteramente azul.
Así terminó nuestro trabajo en esta sala y, cuando la virgen nos abandonó con su
pájaro azul, nos llamaron al sexto piso, al que subimos, como siempre, por una
abertura en la bóveda.
Allí asistimos a un espectáculo que nos apenó. En el centro de la sala colocaron un
pequeño altar parecido en todo al que habíamos visto en la sala del Rey; los seis
objetos ya descritos se encontraban sobre él y el propio pájaro era el séptimo.
En primer lugar, presentaron la fuentecilla al pájaro, que sació su sed en ella;
después, el pájaro vio la serpiente y la picó hasta hacerla sangrar. Tuvimos que
recoger esta sangre en una copa de oro y verterla en la garganta del pájaro, que se
debatía fieramente; luego introducimos la cabeza de la serpiente en la fuente, lo que
le devolvió la vida, trepó enseguida a la cabeza de muerto, en la que penetró, y no la
volví a ver durante mucho tiempo.
Mientras sucedía esto, la esfera continuaba efectuando sus revoluciones hasta que
tuvo lugar la conjunción deseada, momento en que en el reloj sonó una campanada;
cuando poco después se realizó la segunda conjunción, la campana sonó dos veces.
Finalmente, cuando vimos la tercera conjunción y la campana la señaló, el mismo
pájaro puso su cuello sobre el libro y se dejó decapitar humildemente, sin resistirse,
por aquel de nosotros al que la suerte había designado para ello. Sin embargo, no
brotó de él ni una sola gota de sangre hasta que no se le abrió el pecho; entonces
corrió fresca y clara como una fuente de rubíes.
Su muerte nos dejó tristes, pero como pensábamos que el pájaro por sí solo no servía
para gran cosa, nos resignamos enseguida.
Más tarde, desocupamos el altar y ayudamos a la virgen a que quemara sobre él, con
fuego cogido de la lucecita, el cuerpo, así como la tablilla que llevaba colgada.
Las cenizas7 fueron purificadas varias veces y guardadas en un cofrecito de madera
de ciprés.
En este momento tengo que narrar el incidente que nos ocurrió a mí y a tres
compañeros míos. Cuando habíamos recogido la ceniza con sumo cuidado, la virgen
habló en los términos siguientes:
“Queridos señores: estamos en la sexta sala y por encima nuestro no hay más que
otra. En ella llegaremos al fin de nuestra labor y podremos pensar en vuestra vuelta
al castillo para resucitar a nuestros muy graciosos Señores y Damas. Hubiera
deseado que todos los aquí presentes se hubieran comportado de forma que pudiese
proclamar sus méritos y obtener para ellos de nuestros Muy Altos Rey y Reina una
recompensa digna. Pero como muy a mi pesar he descubierto que entre vosotros
estos cuatro -y me designó junto con otros tres más- son operadores perezosos,
aunque mi amor por todos me impide señalarlos para un castigo bien merecido,
querría, sin embargo, para que no quede impune una pereza semejante, ordenar lo
siguiente: serán excluidos de la séptima operación, la más admirable de todas,
aunque, más tarde, cuando estemos en presencia de Su Majestad Real, no sufrirán
ningún otro correctivo.”
¡Es de imaginar en qué estado de ánimo me dejó este discurso! La virgen habló con
una gravedad tal que las lágrimas resbalaban por nuestras mejillas y nos
considerábamos como los más desdichados de los hombres. Después, la virgen hizo
llamar a los músicos por uno de los numerosos sirvientes que siempre la
acompañaban y, con música, nos pusieron en la puerta, acompañados de tales risas
que hasta a los músicos se les hacía difícil soplar en sus instrumentos de la risa que
les entraba. Y lo que nos apenó especialmente fue ver que la virgen se burlaba de
nuestros lloros, de nuestra ira y de nuestra indignación; además, algunos de nuestros
compañeros se alegraban de verdad de nuestra desgracia.
7 Numerosos son los autores herméticos que declaran que “las cenizas son la diadema del Rey”. No hay
que despreciarlas, pues en ella se encuentra una sal. El ciclo litúrgico y los cuentos populares nos lo
recuerdan con el “miércoles de ceniza” (recordemos que éste es el día de Mercurio) y con “La Cenicienta”.
Lo que sucedió a continuación fue inesperado. Apenas hubimos franqueado la puerta
cuando los músicos nos instaron a cesar en nuestras lágrimas y a seguirlos
alegremente por la escalera y, para colmo, nos condujeron al tejado, por encima del
séptimo piso.
Allí volvimos a encontrarnos al anciano, al que no habíamos visto desde la mañana,
que estaba de pie frente a una pequeña buhardilla redonda. Nos acogió
amigablemente y nos felicitó de todo corazón por haber sido elegidos por la virgen;
por poco se muere de la risa cuando se enteró de nuestra tristeza precisamente en el
momento en que lográbamos una felicidad tal.
“Que esto nos sirva para aprender, queridos hijos -nos indicó-, que el hombre no
conoce nunca los bienes que Dios le otorga.”
Estábamos hablando cuando la virgen llegó corriendo con el cofrecito, después de
burlarse de nosotros, vació sus cenizas en otro cofre y llenó el suyo con una materia
diferente diciendo que ahora estaba obligada a engañar a nuestros compañeros. Nos
instó a obedecer al anciano en todo lo que nos mandara y a no menguar nuestra
diligencia. Luego, volvió a la séptima sala donde llamó a nuestros compañeros.
Desconozco el principio de la operación que inició con ellos pues les habían prohibido
de manera tajante hablar de ella y nosotros no podíamos verlos desde el tejado a
causa de nuestras ocupaciones.
Nuestro trabajo era el que sigue: primero, tuvimos que humidificar las cenizas con el
agua que habíamos preparado con anterioridad, para obtener una pasta clara; luego
colocamos esta materia sobre el fuego hasta que estuvo muy caliente. Más caliente
todavía la vaciamos en dos matrices que inmediatamente dejamos enfriar un poco.8
Nos solazamos un momento mirando a nuestros compañeros a través de algunas
hendiduras practicadas con este fin. Estaban muy atareados alrededor de un horno y
todos soplaban en el fuego, cada uno por un tubo. Allí estaban, pues, reunidos
alrededor del brasero, soplando hasta perder el aliento, convencidos de que les había
tocado mejor parte que a nosotros; aún soplaban cuando nuestro anciano nos llamó
de nuevo al trabajo, así que no puedo saber lo que hicieron luego.
Abrimos los moldes y vimos dentro dos hermosas figuritas casi transparentes como
nunca han visto ojos humanos. Eran un niño y una niña. Cada uno no tenía más que
cuatro pulgadas de largo y lo que me sorprendió en gran medida es que no eran
duras, sino de carne blanda como la de las personas. No obstante, no tenían vida; en
aquel instante pensé que Venus había sido hecha también así.
Dejamos estos adorables niños en dos cojines de raso y, sumidos en la contemplación
de este gracioso espectáculo, no cesábamos de mirarlos, pero el anciano nos hizo
volver a la realidad; nos dio la sangre del pájaro que había sido recogida en la copa
8 He aquí una operación perfectamente resumida por el autor del Mensaje de nuevo encontrado: “rehaz el
barro y cuécelo” (XV-68).
de oro y nos mandó que la virtiésemos gota a gota y sin interrupción en la boca de las
figurillas. En cuanto se la dimos, crecieron a ojos vistas y, según iban creciendo, se
tornaban aún más hermosas. Hubiera deseado que estuvieran presentes todos los
pintores para que ante esta creación de la naturaleza se ruborizaran de sus obras.
Fueron creciendo de tal manera que se hizo preciso sacarlas de los cojines y
acostarlas en una larga mesa engalanada de terciopelo blanco; luego, el anciano nos
ordenó que las cubriésemos hasta por encima del pecho con un tafetán doble y
blanco, muy suave, lo cual hicimos de mala gana a causa de su indescriptible belleza.
Pero, abreviemos: antes de que les hubiésemos dado toda la sangre habían alcanzado
el tamaño de adultos. Tenían los cabellos rizados, rubios como el oro y, comparada
con ellos, la imagen de Venus que había visto anteriormente, valía bien poco.
Sin embargo, todavía no se notaba ni calor natural ni sensibilidad; eran estatuas
inertes con el tinte de los vivos. El anciano, ante el temor de que crecieran
demasiado, paró su alimentación, después les cubrió el rostro con la sábana y colocó
antorchas alrededor de la mesa.
Ahora debo prevenir al lector para que no considere estas luces como indispensables,
ya que la intención del anciano era la de atraer hacia ellas nuestra atención para que
no nos diéramos cuenta del descenso de las almas. De hecho, ninguno de nosotros lo
habría notado si yo no hubiese visto antes las llamas dos veces; no obstante, no
saqué a mis compañeros de su error y dejé que el anciano ignorase lo que yo sabía.
Aquél hizo que tomáramos asiento en un banco delante de la mesa y poco después
llegó la virgen acompañada de sus músicos. Trajo dos preciosos vestidos blancos
como hasta entonces no había visto en el castillo y que desafían cualquier
descripción; efectivamente, parecía que estuvieran hechos de cristal puro y, sin
embargo, eran flexibles y opacos; imposible describirlos de otra manera. Dejó los
vestidos sobre una mesa y, después de haber colocado a las vírgenes alrededor del
banco, comenzó la ceremonia asistida por el anciano, todo lo cual no estaba destinado
más que a confundirnos.
El techo bajo el que sucedían estos hechos tenía una forma verdaderamente especial.
En el interior estaba formado por siete grandes semiesferas abovedadas, estando la
mayor, la del centro, agujereada en su parte superior por una pequeña abertura
redonda que en estos momentos se hallaba cerrada y que mis compañeros no vieron.
Después de largas ceremonias, entraron seis vírgenes que llevaban cada una de ellas
una gran trompeta, envuelta por una sustancia verde fluorescente como si lo
estuviera por una corona. El anciano cogió una trompeta, retiró algunas luces de un
extremo de la mesa y descubrió los rostros. Luego colocó la trompeta sobre la boca
de uno de los cuerpos de forma que la parte ancha, vuelta hacía arriba, cayó justo
enfrente de la abertura del techo que acabo de reseñar.
Todos mis compañeros miraban los cuerpos en ese momento, pero debido a mis
sospechas, yo dirigía la mirada hacia otro lugar completamente distinto. De esta
forma, cuando encendieron las hojas de la corona que rodeaba a la trompeta, vi que
se abría el orificio del techo para dejar paso a un rayo de fuego que se abatió en la
habitación y penetró en los cuerpos; la abertura se cerró de inmediato y se llevaron
la trompeta.
El escenario engañó a mis compañeros que creyeron que la vida había sido
comunicada a los cuerpos a través del fuego de las coronas y de las hojas.
Cuando el alma penetró en el cuerpo, éste abrió y cerró los ojos sin hacer ningún otro
movimiento.
Después aplicaron una segunda trompeta sobre su boca; encendieron la corona y otra
alma descendió de la misma forma que anteriormente; la operación se repitió tres
veces para cada uno de los cuerpos.
Apagaron las luces y se las llevaron; el terciopelo que re cubría la mesa fue replegado
sobre los cuerpos y, después, trajeron y prepararon un lecho de viaje. Pusieron en él
los cuerpos completamente envueltos, después los sacaron de las telas y los
acostaron el uno junto al otro. Con las cortinas bajadas, durmieron durante cierto
tiempo.
Ciertamente, era hora de que la virgen se ocupara de los otros artistas, ya que como
me dijo más adelante, estaban muy contentos ya que habían fabricado oro. Esto
también es una parte del arte, pero no la más noble ni la más necesaria, ni la mejor.9
También ellos tenían un poco de cenizas, de tal forma que creyeron que el pájaro
servía sólo para producir oro y que sería de ese modo como se devolvería la vida a
los decapitados.
En lo que se refiere a nosotros quedamos en silencio esperando el momento en que
los esposos se despertaran; así pasamos casi treinta minutos. Entonces apareció el
malicioso Cupido y, después de saludarnos, voló hacia ellos y los incordió bajo las
cortinas hasta que se despertaron. Cuando lo hicieron. su sorpresa fue enorme pues
pensaban que habían dormido desde que los decapitaron. Cupido hizo que se
conocieran mutuamente y después se retiró un instante para que pudieran
recuperarse. Mientras esperaba vino a jugar con nosotros y, por fin, hubo que
buscarle la música y dejar que la alegría se manifestara.
Vino también la virgen, saludó respetuosamente al joven Rey y a la Reina -a los que
encontró un poco débiles-, les besó la mano y les dio dos hermosos vestidos; ambos
se cubrieron con ellos y se adelantaron. Dos asientos preciosos estaban a punto para
9 La alquimia metálica es solamente una de las facetas del Gran Arte, desgraciadamente la única conocida a
nivel popular, pero que no puede separarse de la Obra de Regeneración. Ver a este respecto nuestro
artículo “El Gran Arte de los Poetas”, publicado en Mundo Desconocido, n.° 6, pág. 41.
recibirlos; en ellos se sentaron y recibieron nuestro respetuoso homenaje por el cual
el propio Rey nos dio las gracias; luego se dignó otorgarnos de nuevo su merced.
Como ya eran casi las cinco, las personas reales no podían retrasarse más; así que
reunimos deprisa los objetos más preciosos y tuvimos que conducir a las personas
reales hasta el barco, a través de las escaleras y de todos los pasadizos y cuerpos de
guardia. Se instalaron en la nave acompañados de algunas vírgenes y de Cupido, y se
alejaron tan aprisa que los perdimos de vista inmediatamente; según lo que me han
contado, vinieron a buscarlos con varios barcos de forma que cruzaron una gran
distancia de mar en cuatro horas.
Daban las cinco cuando ordenaron a los músicos que cargaran los barcos y que se
dispusiesen para partir. Como eran un poco lentos, el anciano hizo salir una parte de
los soldados que no habíamos visto hasta entonces ya que se hallaban ocultos en el
recinto. De esta forma fue como supimos que la torre estaba siempre a punto para
resistir a los ataques. Estos soldados terminaron de embarcar nuestros equipajes con
rapidez y ya no nos restó más que pensar en la cena.
Cuando se sirvieron las mesas, la virgen nos reunió junto a nuestros compañeros;
tuvimos que adoptar un aire compungido, conteniendo la risa que nos embargaba.
Ellos murmuraban entre sí, aunque había algunos que nos compadecían. El anciano
asistió a esta comida. Era un maestro severo; no hubo razonamiento, por inteligente
que fuese, que no supiera contradecir, completar o desarrollar, con el fin de
instruirnos. Con él he aprendido gran cantidad de cosas y sería maravilloso que cada
cual se le acercara para instruirse; muchos obtendrían ventaja con ello.
Terminada la comida, el anciano nos condujo en primer lugar a sus museos, que
estaban edificados circularmente sobre los bastiones; en ellos contemplamos
creaciones naturales muy singulares, así como imitaciones de la naturaleza realizadas
por la inteligencia humana; para verlo completo se hubiese requerido pasar en ellos
todo un año.
Alargamos esta visita diurna hasta bien entrada la noche. Finalmente, el sueño
venció a la curiosidad y nos condujeron a nuestros aposentos, muy elegantes en
contraste con lo poco con que nos habíamos tenido que contentar la víspera. Me
dispuse a deleitarme con un buen reposo y como no estaba nada inquieto y sí muy
cansado por el trabajo ininterrumpido, el murmullo suave del mar me hizo dormir
profunda y dulcemente sin soñar,10 desde las once hasta las ocho de la mañana.
10 Observemos que, a pesar de la profundidad de su sueño, Christian Rosacruz no puede ya soñar, ha
llegado a un punto en el que sus sueños se realizarían.
JORNADA SÉPTIMA
Desperté poco después de las ocho. Me vestí con rapidez para volver a entrar en la
torre pero eran tantos los caminos que se iban entrecruzando en la muralla que
estuve perdido durante bastante rato antes de encontrar la salida. Los otros tuvieron
el mismo problema, pero finalmente nos reunimos en la sala inferior. Obtuvimos
nuestros Vellocinos de Oro y nos vistieron por completo con ropaje amarillo.1 La
Virgen nos dijo que éramos caballeros de la Piedra de Oro, cosa que desconocíamos
hasta el momento.
Desayunamos ataviados de esta manera; luego, el anciano nos dio a cada uno una
medalla de oro. Podíamos leer en el anverso estas palabras:
AR. NAT. MI2
Mientras que en el reverso se leía:
TEM. NA. F.3
Nos pidió que nunca nos comportáramos de forma distinta a lo que indicaban las
normas de esta medalla conmemorativa.
Los barcos zarparon. Estaban preparados admirablemente. Al verlos se diría que las
cosas maravillosas que contemplábamos en ellos habían sido colocadas allí de forma
expresa para nosotros.
1 Notemos que el color amarillo corresponde simbólicamente al Oro y al Sol, o sea, a la incorruptibilidad. El
amarillo es el color de la eternidad en su aspecto abstracto, como el oro es el metal de la eternidad en su
aspecto más concreto.
2 Ars Nature Ministra. El Arte es Servidor de la Naturaleza. Esta máxima hermética aparece en casi todos
los autores. El trabajo del Arte es proseguir el de la Naturaleza, ir más allá de los límites que ésta ha
alcanzado y que por sí sola no podría superar. Recordemos solamente a Dom Belin que en su Apologie du
Grand Oeuvre escribe: “La Gran Obra de los Sabios ocupa el primer lugar entre las cosas bellas; la
Naturaleza sin el Arte no puede acabarla; el Arte sin la Naturaleza no osa comprenderla...”
3 Tempore Natura Filia. La Naturaleza es hija del tiempo. Algunos autores atribuyen este adagio a Enrique
Cornelio Agrippa. Como todos los hijos de Saturno-Cronos, el Tiempo, también la naturaleza es devorada
por éste; esto lo vemos en que todas sus producciones están sometidas a la corrupción y no son eternas.
Tal parece ser el significado de este dístico que, a la luz del anterior, nos recuerda que para trascender el
tiempo, o sea, entrar en lo sobrenatural, lo natural precisa del Arte y, por lo tanto de la Gracia. Sin embargo,
cabe otra interpretación algo más libre. La Naturaleza, además del conjunto de producciones naturales que
conocemos y la fuerza o inteligencia que las forma, era, en el Hermetismo, lo que se conoce por “El Sol del
Corazón”. “El Guía personal suprasensible” o “La Naturaleza Perfecta”. Un bellísimo tratado místico iraní
declara que “lo primero que has de hacer para ti mismo, es meditar con antención tu entidad espiritual que
te gobierna y que está asociada a tu astro, a saber, tu Naturaleza Perfecta, aquella que el sabio Hermes
menciona en su libro cuando dice: cuando el microcosmos que es el hombre se vuelve perfecto de
naturaleza, su alma se encuentra entonces homologada al sol fijo en el Cielo, y por sus rayos ilumina todos
los horizontes” (Citado por Henry Corbin. L’Homme de Lumiére... op. Cit., pág. 34)
Eran doce barcos; seis de los nuestros y otros seis del anciano. Éste ocupó los suyos
con gallardos soldados y vino al barco donde estábamos nosotros reunidos. Los
músicos, de los que el anciano tenía en gran número, se pusieron a la cabeza de la
flotilla para deleitarnos. Los pabellones enarbolaban los doce signos celestes4; el
nuestro llevaba el signo de la Libra. Entre otras cosas maravillosas que había en el
barco se hallaba un reloj que marcaba cada minuto.
Los navíos navegaban con una rapidez extraordinaria; apenas llevábamos viajando
unas dos horas cuando el capitán nos avisó que veía tan gran número de barcos que
casi cubrían el lago. Llegamos a la conclusión de que acudían a recibirnos, y así fue
en efecto; cuando entramos en el lago por el canal ya mencionado, contamos
alrededor de quinientas embarcaciones. Una de ellas refulgía de oro y pedrería;
llevaba al Rey y a la Reina, además de a otros señores, damas y doncellas de noble
cuna.
Las dos partes dispararon salvas cuando estuvimos próximas; el ruido producido por
las trompetas y los tambores fue tan estrepitoso que los navíos retumbaban. Cuando
finalmente estuvimos junto a ellos, rodearon nuestros barcos y se pararon.
El viejo Atlas se presentó de inmediato en nombre del Rey y nos habló brevemente,
aunque con elegancia; además de darnos la bienvenida nos preguntó si estaba a
punto el regalo real.
Algunos compañeros nuestros se sorprendieron al saber que el Rey había resucitado,
ya que estaban convencidos de que eran ellos quienes tenían que despertarlo. No les
quisimos sacar de su sorpresa y fingimos estar nosotros mismos muy extrañados.
Cuando Atlas terminó, fue nuestro anciano quien tomó la palabra, respondiendo un
poco más extensamente; deseó felicidad y prosperidad al Rey y a la Reina y entregó
luego un hermoso cofrecito.5 No sé lo que contenía, pero vi que se confió su custodia
a Cupido que jugueteaba entre ambos.
Terminados los saludos dispararon una nueva salva y seguimos avanzando todavía
bastante tiempo hasta que arribamos a la orilla. Llegamos junto al primer pórtico por
el que entré la primera vez. En él nos esperaban una gran cantidad de sirvientes del
Rey con varios centenares de caballos.
4 El simbolismo de los doce signos zodiacales y de los siete planetas se refería originariamente, a la Gran
Obra de regeneración. Don Pernety, en su Diccionario Mitohermético (París 1787) asocia las doce fases de
la Obra a los doce signos del Zodíaco. No es casual que en el estandarte de Christian Rosacruz aparezca el
signo de Libra. Regido por Venus que, como hemos visto, es la diosa del Amor, este signo es el del
Matrimonio, o sea, el de las “Bodas Alquímicas”. Libra recibe en francés el nombre de “Le Balance”, la
Balanza; recordemos la curiosa ceremonia que aparece en la jornada tercera en la que los asistentes a las
Bodas son pesados en una balanza.
5 Para muchos autores el “Tesoro Hermético” está en un cofrecillo que, en cierto modo es su aspecto
exterior. Se trataría de la “cajita” con que nos encontramos en un gran número de tratados, así como en
muchos cuentos populares.
Al desembarcar, el Rey y la Reina nos estrecharon la mano muy amigablemente y
tuvimos que montarnos en los caballos.
Desearía suplicar ahora al lector que no atribuya lo siguiente a mi orgullo ni al deseo
de vanagloriarme; si no fuera completamente indispensable el narrarlo a buen seguro
callaría con gusto los honores con los que fui agasajado.
Nos repartieron a todos, por turno, entre los distintos señores. Pero nuestro anciano
y yo tuvimos que cabalgar al lado del Rey portando una bandera blanca como la
nieve con una cruz roja. Me colocaron en ese sitio a causa de mi avanzada edad; los
dos teníamos los cabellos grises y luengas barbas blancas. Como llevaba atadas mis
insignias alrededor de mi sombrero, el joven Rey las observó rápidamente y me
interrogó sobre si había sido yo quien había conseguido descifrar los signos grabados
en el pórtico. Contesté de modo afirmativo, demostrando un profundo respeto. Se rió
de mis maneras y me indicó que en adelante no había necesidad de tanto ceremonial:
que yo era su padre. Luego me preguntó cómo había logrado desempolvarlos, a lo que
contesté: “Con agua y sal”.6 Entonces se sorprendió por mi sutileza. Le conté
entusiasmado mi aventura con el pan, la paloma y el cuervo, me escuchó con
benevolencia y afirmó que ésta era la prueba de que Dios me había destinado para
una dicha singular.
De esta forma, caminando, llegamos al primer pórtico y se nos presentó el guardián
vestido de azul. Cuando me vio al lado del Rey me pidió respetuosamente que me
acordara ahora de la amistad que me había manifestado. Interrogué al Rey sobre
este guardián y me contestó que era un célebre y eminente astrólogo que había
gozado siempre de una alta consideración junto al Señor, su padre. Mas había
ocurrido que el guardián había ofendido a Venus sorprendiéndola y mirándola
mientras descansaba en su lecho, y se le había castigado encargándole la guardia de
la primera puerta hasta que alguien lo libertara. Le pregunté al Rey si ello era
posible y me respondió:
“Sí; si descubrimos a alguien que haya cometido un pecado tan grande como el suyo,
lo pondremos de guardián en la puerta y éste será liberado.”
Al oír estas palabras quedé turbado profundamente ya que mi conciencia me decía
que era yo mismo este delincuente. No obstante, nada dije y transmití la petición.
Cuando el Rey supo de ella tuvo un sobresalto tan violento que la Reina, que
cabalgaba detrás nuestro acompañada por las vírgenes y por la otra reina -la que
habíamos visto cuando la suspensión de los pesos-, se dio cuenta y le preguntó a
propósito de la carta. Nada quiso responder y, estrechando la carta contra él, habló
6 El Agua y la Sal podrían simbolizar dos aspectos de la Materia Prima de la Gran Obra. En cierto modo, el
Agua, de origen celeste, corresponde a la Rosa (recordemos la “Rosa de los Vientos”) y la Sal, cuyo
ideograma alquímico es una cruz dentro de un círculo, corresponde a la cruz. Notemos cómo en la vida de
cada día la sal común queda impregnada por la humedad del medio ambiente. Antiguamente, tanto el agua
como las cenizas, que contienen sales, servían para lavar.
de otra cosa hasta que llegamos a las tres al patio del Castillo. Nos apeamos de los
caballos y acompañamos al Rey a la sala de la que ya he hablado.
El Rey se retiró de inmediato con Atlas a un apartamento y le hizo leer la demanda.
Atlas se apresuró a subir al caballo para pedirle al guardián que completara la
información. Luego el Rey se sentó en el trono y los demás señores, damas y
doncellas hicieron lo propio. Nuestra virgen elogió entonces la dedicación que
habíamos demostrado, nuestros esfuerzos y nuestras obras y le pidió al Rey y a la
Reina que nos recompensaran sobradamente y que la dejaran disfrutar en el futuro
de los frutos de su misión. El anciano se levantó también y aseveró que sería
ecuánime satisfacer las dos demandas. Tuvimos que retirarnos un momento y nos fue
concedido a cada uno el derecho de formular un deseo que sería escuchado, siempre
y cuando fuera realizable, ya que se preveía con certeza que el más sabio formularía
el deseo que más le conviniera; nos exhortaron a que pensáramos sobre la cuestión
hasta pasada la hora de la comida.
El Rey y la Reina, para distraerse, decidieron jugar. El juego era parecido al ajedrez,
pero tenía otras reglas.7 Las virtudes estaban a un lado y los vicios enfrente; los
movimientos mostraban la forma cómo los vicios tienden trampas a las virtudes y
como éstas deben librarse de ellas. Sería interesante que nosotros tuviéramos un
juego parecido.
Mientras, llegó Atlas y dio cuenta de su misión en voz baja. Me sonrojé, pues mi
conciencia no me dejaba en paz. El Rey me tendió la petición e hizo que la leyera.
Aproximadamente decía lo siguiente:
En primer lugar el guardián expresaba al Rey sus votos de dicha y prosperidad con la
esperanza de que su descendencia fuera muy numerosa. Luego aseveraba que
llegado era el día en que, según la promesa real, debía ser liberado, ya que, según
sabía a ciencia cierta, Venus había sido descubierta y contemplada por uno de sus
huéspedes. Le pedía, pues, a Su Majestad Real, que tuviera a bien realizar un
interrogatorio minucioso; así confirmaría que estaba en lo cierto, y si no, se
comprometía a permanecer en la puerta para toda su vida. Le pedía muy
respetuosamente a Su Majestad que le permitiese asistir al banquete aun con riesgo
de su vida, ya que esperaba descubrir así al malhechor y obtener la liberación tan
ansiada.
Todo esto se exponía extensamente y con un arte inigualable. En verdad, yo estaba
en una situación privilegiada para apreciar la perspicacia del guardián aunque era
penosa para mí y hubiera preferido no conocerla nunca; no obstante, me consolé al
pensar que quizá pudiera echarle una mano. Le pregunté al Rey si no había otro
7 El sentido iniciático de este juego es poco conocido. Señalemos únicamente que en él aparecen los
mismos elementos que en las “Bodas”: Rey, Reina, Caballeros, Soldados, Locos (en francés el Alfil recibe
el nombre de Loco).
modo de liberarle. “No -me contestó el Rey-, pues estas cosas son muy graves,
aunque por esta noche podemos acceder a sus deseos.” Por lo tanto, le hizo llamar.
Mientras tanto, habían servido las mesas en una sala en la que no habíamos estado
nunca; se llamaba el Completo. Estaba dispuesta de una manera tan maravillosa que
me es imposible dar una descripción. Nos condujeron a ella con gran pompa y boato.
Esta vez estaba ausente Cupido pues, según se me informó, la afrenta hecha a su
madre lo había indispuesto; así mi felonía, origen de la petición, fue causa de una
gran tristeza. Al Rey le repugnaba tener que realizar un interrogatorio entre sus
invitados, ya que habría revelado los hechos a quienes todavía los ignoraban. Por lo
que, haciendo lo imposible por parecer alegre, permitió al guardián --que ya había
llegado-- que ejerciera una estrecha vigilancia.
Terminamos animándonos y nos entretuvimos con toda clase de temas placenteros y
útiles.
No recordaré aquí el menú y las ceremonias pues no hay necesidad de ello y tampoco
es de utilidad a nuestro fin. Todo era perfecto, más allá de cualquier mesura, por
encima de cualquier arte o destreza humana; y no es en las bebidas en lo que estoy
pensando al escribir estas palabras. Esta comida fue la última y la más encomiable de
cuantas he participado.
Después del ágape quitaron con rapidez las mesas y dispusieron en círculo unos
preciosos asientos. Del mismo modo que el Rey y la Reina, nos sentamos en ellos
junto al anciano, las damas y las vírgenes. Luego, un bello paje abrió el libro
admirable que ya he mencionado. Atlas se colocó en el centro del círculo y nos habló
de la siguiente manera:
Su Majestad Real no había olvidado en modo alguno ni nuestros méritos ni la
diligencia con la que habíamos desempeñado nuestras funciones; para
recompensarnos nos había hecho a todos, sin excepción alguna, Caballeros de la
Piedra de Oro. Era indispensable, pues, que no sólo prestáramos juramento una vez
más a Su Majestad Real, sino que nos comprometiéramos, además, a observar los
puntos siguientes. De esta forma, Su Majestad Real podría decidir de nuevo de qué
manera debería comportarse respecto a sus aliados.
En ese momento Atlas hizo que el paje leyera los puntos siguientes:
I. Señores Caballeros, tenéis que jurar que no someteréis vuestra Orden a
ningún espíritu o demonio, sino que la colocaréis constantemente bajo la única
custodia de Dios, vuestro creador, y de su servidora la Naturaleza.
II. Debéis repudiar cualquier prostitución, vicio e impureza y nunca mancharéis
vuestra orden con esta podredumbre.
III. Socorreréis con vuestros dones a todos los necesitados y dignos de ellos.
IV. No desearéis serviros del honor de pertenecer a la Orden para beneficiaros
de la consideración mundana o el lujo.
V. No viviréis más tiempo que el que Dios disponga.
Este último artículo nos hizo sonreír largamente y sin lugar a dudas estaba para esto.
Fuera lo que fuese, tuvimos que jurar sobre el cetro real.
Después fuimos recibidos Caballeros con la solemnidad acostumbrada; junto con
otros privilegios se nos concedió poder actuar contra la ignorancia, la pobreza y la
enfermedad, según creyéramos conveniente. Estos privilegios nos fueron confirmados
a continuación en una pequeña capilla a la que nos llevaron en procesión. Allí dimos
gracias a Dios y yo colgué mi Vellocino de Oro y mi sombrero para glorificar al
Señor; los dejé allí en conmemoración eterna.
Y como se nos pidió la firma de cada uno de nosotros, escribí:
Summa Scientia nihil scire
Fr. Christian Rosacruz,
Eques aurei Lapidis
Anno 1459.8
Mis compañeros escribieron otras cosas, cada cual según su propia conveniencia.
Luego nos llevaron de nuevo a la sala y nos invitaron a sentamos y a decidir
claramente los deseos que quemarnos formular. El Rey y los suyos se habían
marchado a la sala; después, cada uno fue llamado a ella por separado para exponer
allí su petición, por lo que desconozco las de mis compañeros.
Por lo que a mí se refiere, pensaba que lo más encomiable sería honrar mi Orden
dando prueba de una virtud, y me pareció que la mejor sería la del agradecimiento. A
pesar de que habría podido anhelar algo más agradable, dominé mis impulsos y
resolví liberar a mi bienhechor, el guardián, aunque fuese peligroso para mi
integridad. Cuando entré me preguntaron si no había reconocido o sospechado quién
era el malhechor, ya que había leído la petición. Entonces, sin ningún miedo, relaté
detalladamente lo que había pasado y de qué forma había pecado por ignorancia, y
declarándome dispuesto a padecer la pena que por aquello había merecido.
8 LA CIENCIA SUPREMA ES NO SABER NADA.
Hermano Christian Rosacruz
Caballero de la Piedra de Oro.
Año 1459.
Esta tradicional afirmación es la “docta ignorancia” de tantos místicos, parece haber sido tomada también
de Enrique Cornelio Agrippa que escribía que “Nihil scire, est vita felicísima” (No saber nada, es la vida
más feliz). Sin embargo, este “nada” que hay que saber, que conocer, es muy importante para los Filósofos
Herméticos. Para Pernety (Op. cit.) esta “nada” es “la primera materia de todas las cosas, informe, como en
el caos antes de la determinación que Dios le dio para que se convirtiera en tal o tal cosa existente...”
Raimundo Lulio, en su Teoría, Cap. III, escribe que “Así hay que comprender esta materia, como si no
hubiera nada que comprender".
El Rey y los demás señores se quedaron sorprendidos por esta inesperada confesión;
me pidieron que me fuera unos instantes y cuando me llamaron de nuevo, Atlas me
indicó que Su Majestad Real estaba muy apenado por verme en este infortunio, a mí,
a quien Ella quería más que a todos; pero que Le era imposible quebrantar Su vieja
costumbre y que por lo tanto no encontraba otra solución que liberar al guardián y
transmitirme la carga, esperando al mismo tiempo que otro fuera apresado para que
yo pudiera volver a entrar. No obstante, no se podía esperar ninguna liberación antes
de las fiestas nupciales de su hijo por venir.
Anonadado con esta sentencia, maldije mil veces mi charlatana boca por no haber
podido callar los hechos; por fin logré recobrar mi valentía y, resignado a la
evidencia, expliqué cómo este guardián me había entregado una insignia y me había
recomendado al guardián siguiente; que gracias a su ayuda fui sometido a la prueba
de la balanza y de esta forma pude participar en todos los honores y en las alegrías;
que por lo tanto, justo era mostrarme agradecido a mi bienhechor y que, ya que no
podía cambiarse, le daba las gracias por la sentencia. Por lo demás, gustoso haría esa
tarea desagradable en señal de agradecimiento para quien me había ayudado a
conseguir el resultado. Pero, como me quedaba por formular todavía el deseo, quería
volver a entrar, con lo que liberaría al guardián y mi deseo, a su vez, me liberaría.
Me contestaron que este deseo no era posible, ya que de lo contrario me hubiera
bastado con solicitar la liberación del guardián. No obstante, Su Majestad Real
estaba contenta al ver que todo se había resuelto con presteza; pero que Ella temía
que ignorase todavía en qué miserable condición me había puesto mi audacia.
En aquel momento el buen hombre fue liberado y yo tuve que retirarme con tristeza.
Luego fueron llamados mis compañeros y todos regresaron alegres, lo cual me
entristeció aún más si cabe, ya que estaba convencido de que terminaría mis días
guardando la puerta. Medité sobre las ocupaciones que me ayudarían a pasar el
tiempo en ella; finalmente pensé que, teniendo en cuenta mi avanzada edad, no me
quedaban por vivir más que unos pocos años y que la pena y la aflicción acabarían
con mi vida en breve espacio de tiempo con lo que también se terminaría pronto mi
guardia; no tardaría mucho en poder disfrutar de un sueño placentero en mi tumba.
Pensamientos de este tipo agitaban mi cerebro; tan pronto estaba irritado pensando
en las hermosas cosas que había visto y de las que iba a ser privado, como me
alegraba de haber podido participar, pese a todo, en tantas dichas antes de mi fin, así
como de no haber sido expulsado de forma vergonzosa.
Entretanto, estando yo sumido en mis cavilaciones regresó de la habitación del Rey
el último de mis compañeros; le habían deseado una buena noche al Rey y a los
señores y fueron conducidos a sus aposentos.
Pero yo, pobre de mí, no tenía nadie que me acompañara; incluso se rieron de mí y,
para que no quedara duda alguna de que su función me había sido asignada, me
pusieron en el dedo el anillo que antes había llevado el guardián.
Por fin, y ya que no debía verlo más
en su forma actual, el Rey me instó a conformarme
a mi vocación y a no actuar contra mi Orden.
Luego me abrazó y me besó, con lo que creí entender
que la guardia debía empezarla al día siguiente.
No obstante, cuando todos se hubieron dirigido a mí con
algunas palabras amigables y me hubieron tendido la
mano, recomendándome a la protección de Dios,
fui conducido por dos ancianos, Atlas y el
señor de la torre, a un alojamiento maravilloso1,
allí, nos esperaban tres
lechos y descansamos. Pasamos
todavía casi dos...
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