martes, 28 de junio de 2016

JORNADA SEGUNDA



JORNADA SEGUNDA
Al entrar en el bosque1 me pareció que el cielo entero y todos los elementos ya se
habían engalanado para las bodas;2 los pájaros cantaban agradablemente y
contemplé a los cervatillos saltar con tanta gracia que alegraron mi corazón y me
incitaron a cantar. Por lo que canté en voz alta:
Sé feliz, amado pajarito,
que tu canto claro y fino
alabe a tu creador.
Poderoso es tu Dios,
te prepara el alimento
y te lo da en el momento en que te hace falta,
quédate, pues, satisfecho.
¿Por qué estarías triste,
por qué te irritarías contra Dios
porque te hizo pajarito?
¿Por qué razonar en tu pequeña cabeza
a causa de que no te hizo hombre?
Oh, calla; él lo ha meditado profundamente,
quédate, pues, satisfecho.
¿Qué haría yo, pobre gusano,
si quisiera discutir con Dios?
¿Trataría de forzar la entrada del cielo
para arrebatar el gran arte con violencia?3
1 El simbolismo del bosque aparece con frecuencia en los cuentos, mitos y leyendas populares. Se lo ha
comparado a menudo al Templo, ya que los druidas celebraban sus cultos en los claros de los bosques. La
palabra latina nemus, bosque, dehesa, selva, está asociada etimológicamente a Nemí, bosque mitológico en
medio del cual había un lago llamado “el espejo de Diana” (Lacus Nemorensis). Sin embargo, el bosque,
como el mar, parece evocar más bien algo que el buscador ha de atravesar para llegar al claro donde
encontrará el lago o la Isla, todos ellos símbolos del espejo que, en realidad. es a su vez un símbolo del
Hombre en su pureza original.
El lector al que interese este mis terio se dirigirá con provecho a la Divina Comedia de Dante,
especialmente al primer canto, en el que se hace alusión a este “bosque oscuro”. El contenido
profundamente simbólico y escatológico de esta obra ampliará sin duda su comprensión del de las “Bodas
Alquímicas”.
2 Puede parecer extraño que “el cielo entero se engalane” para las Bodas. Pero, ¿no se trata de las eternas
Bodas del Cielo y de la Tierra? ¿No son todas las “Bodas Alquímicas” el relato simbólico de la hierogamia
que une “lo que está arriba” con “lo que está abajo”?
3 Todos los alquimistas coinciden, y no se cansan de repetirlo, en que su Arte es “un don de Dios”. El
Gran Arte no se puede, pues, arrebatar con violencia. No se puede forzar la Entrada del Cielo; como indica
el Evangelio, el hombre debe llamar a la puerta (ver Marco VII-7); es el papel de la oración, del “ora” que,
necesariamente, ha de preceder al “labora”, pues sólo se puede laborar cuando se ha obtenido el “Don de
Dios”. No olvidemos que el relato de las Bodas Alquímicas comienza justo cuando Christian Rosacruz ha
acabado sus oraciones.
Dios no se deja influenciar.
Que el indigno se abstenga.
Hombre, quédate satisfecho.
No te ofendas si no te ha hecho emperador,
tal vez hubieras olvidado su nombre
y sólo eso le preocupa.
Los ojos de Dios son clarividentes.
Ve en lo más hondo de tu corazón4
Así que no le engañarás.
Y mi canto, brotando del fondo de mi corazón, se expandió a través del bosque
resonando por doquier. Las montañas me repitieron las últimas palabras cuando al
salir de él entré en un bellísimo prado. Allí se entrelazaban tres preciosos cedros5
cuyas largas ramas proporcionaban una sombra soberbia. Aunque no había andado
mucho, quise disfrutar de ella enseguida pues me encontraba agotado por el ardor de
mi deseo; de modo que corrí a los árboles para reposar un poco.
Pero al aproximarme, vi un cartel fijado en uno de ellos en el que, con trazos
elegantes leí el siguiente escrito:
“Salud, extranjero: acaso has oído hablar de las Bodas del Rey; si así fuere sopesa
exactamente estas palabras. A través nuestro, la Novia te ofrece cuatro caminos
para elegir por todos los cuales podrás llegar al Palacio del Rey6 siempre que no te
apartes de su vía. El primero es breve pero peligroso, atraviesa varios obstáculos
que sólo podrás evitar con muchísimo trabajo; el otro, más largo, los bordea, es llano
y fácil si ayudándote con el imán no te desvías ni a la izquierda ni a la derecha. El
tercero es ciertamente la vía real: algunos placeres y espectáculos de nuestro Rey
hacen tu camino agradable. Pero apenas uno de entre mil llegan por él al objetivo. Sin
embargo, por el cuarto ningún hombre puede llegar al Palacio del Rey7 por ser
4 Dios no juzga nunca por las apariencias. sino por la intención profunda de los actos humanos. Ver
Proverbios XXI-2 y Lucas XVI-15.
5 Estos tres bellísimos cedros podrían designar a la Santísima Trinidad. En la tradición hebrea, el cedro
simboliza la fuerza divina y la inmortalidad, ya que sus hojas están siempre verdes. En algunos pasajes de
la Biblia designa a la fe firme y fiel. Ver Salmos XCII-13 a 15. Podrían corresponder también a los tres
ángeles y su sombra a su bendición.
6 La sombra es una de las imágenes más usuales de la bendición. Si el árbol. que en este caso sería el cedro,
designa al profeta (ver Salmos I-3 y Jeremías XVII-8 o Mateo VII-25 a 30), la sombra es su bendición. La
bendición confiere un cobijo o una virtud que son el comienzo de una nueva generación. Las palabras de
Gabriel a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lucas
I-35) y un conocido refrán del Quijote (“Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”) ilustran este
mismo misterio.
7 Los cuatro caminos que se le ofrecen a Christian Rosacruz coinciden con los cuatro sentidos de la
Escritura. No podemos desarrollar aquí como se merece este apasionante tema exegético. (El lector
inquieto se dirigirá a los números 2 y 4 de la revista “Le Fil d'Arianne”, 11. rue Des Combattants; 5865
Walhain-St. Paul, Bélgica). Sólo recordaremos la célebre doctrina kabalística del Pardes, el Paraíso. Las
cuatro letras que componen esta palabra y que indican cuatro niveles de interpretación de la Escritura
impracticable, pues consume y sólo conviene a los cuerpos incorruptibles. Escoge,
pues, de estos tres caminos el que mejor te parezca y síguelo con tenacidad. Debes
saber, también, que sea cual fuere el que escojas, en virtud de un destino inalterable,
no podrás renunciar a tu decisión y volverte atrás sin que tu vida peligre en grado
sumo.
“Esto es lo que debes saber. Pero tampoco debes ignorar que llegarás a deplorar
haber hecho esta elección llena de peligros. Efectivamente, si debes ser culpable del
más pequeño delito contra las leyes de nuestro Rey, te ruego, ahora que aún puedes,
que regreses a tu casa con la máxima rapidez por el mismo camino que has seguido
para llegar aquí.”
Mi alegría se esfumó al acabar de leer la inscripción; y tras haber cantado con tanta
alegría me puse a llorar con gran desconsuelo pues veía nítidamente los tres caminos
ante mí. Sabía que podía elegir uno, pero si escogía el de piedras y rocas corría el
riesgo de matarme del modo más miserable por una caída; si escogía el camino largo
podía perderme en los cruces o permanecer en él por cualquier otra razón siendo el
viaje tan largo. Tampoco osaba esperar que, entre mil, fuera precisamente yo quien
pudiera escoger la vía real. Ante mí también se abría el cuarto camino, pero tan lleno
de fuego y vapor que no podía ni siquiera aproximarme a él.
En esta duda reflexionaba si no sería mejor renunciar al viaje. Por un lado,
consideraba mi indignidad, mas por otro lado me consolaba la esperanza al recordar
la liberación de la torre, sin que, no obstante, pudiera confiar en ella de una manera
total. Vacilaba aún sobre qué resolución tomar cuando mi cuerpo, fatigado, reclamó
alimento. Así, pues, cogí el pan y lo partí. En aquel momento, una paloma,8 blanca
como la nieve, posada en un árbol y cuya presencia no había advertido hasta aquel
momento, me vio y descendió: tal vez estaba habituada. Se aproximó lentamente a mí
y le ofrecí compartir la comida; la paloma aceptó y eso me permitió admirar
detenidamente su belleza.
Pero nos vio un cuervo negro,9 su enemigo, que se abatió sobre la paloma para
apoderarse de su parte de comida sin prestar la menor atención a mi presencia. La
corresponden a los cuatro caminos. Moisés de León, el autor presumible del Zohar, afirmaba en su Libro
sobre el alma inteligente, escrito en 1290, que “había escrito, con el título de Pardes, un libro sobre el
misterio de los cuatro caminos... “ para demostrar que “todos los relatos y hechos narrados en la Biblia se
refieren místicamente a la vida eterna”. Existe también una relación que tampoco podemos desarrollar aquí
entre estos cuatro caminos y las cuatro puertas del Zodíaco.
8 La paloma es siempre un buen presagio; su simbolismo es muy complejo. En algunas ocasiones, dentro
del cristianismo, representa al Espíritu Santo; en general, simboliza la pureza, la gracia y la simplicidad. En
algunos textos se refiere al alma pura. Prudencio relata que, al morir Santa Eulalia mártir, “una paloma más
blanca que la nieve salió de ella y voló hasta el cielo”. Su color blanco evoca la luz y sus alas la capacidad
de volar; por ello, para algunos alquimistas, este animal era el símbolo de la parte volátil de la materia de
los Sabios. Dar de comer a la paloma es, en cierto modo, fijar el Espíritu Santo.
9 El cuervo aparece aquí como el principio contrario y el enemigo de la paloma. Este animal, tanto por su
color característico como por su sistema de alimentación, evoca a las tinieblas y a la muerte. Ambos
pájaros son alegorías usuales de Cristo y el Diablo. La paloma es también el pájaro de Venus (ver Eneida
VI-190 y ss). Sin embargo, es curioso observar que a Diana se le asociaban dos palomas (Ver Ireneo
paloma no pudo hacer otra cosa que huir y ambos volaron hacia el sur. Me enojé y
disgusté tanto que pe rseguí de manera atolondrada al insolente cuervo y corrí así, sin
darme cuenta, un buen trecho en aquella dirección; asusté al cuervo y liberé a la
paloma.
Sólo en ese momento caí en la cuenta de que había actuado irreflexivamente; me
había adentrado por un camino del que en adelante me estaba prohibido salir a riesgo
de un severo castigo. Hubiera llegado a consolarme de no lamentar haber olvidado el
zurrón y el pan bajo el árbol sin que me fuera dado regresar para recogerlos: cada
vez que quería girarme el viento me azotaba con tanta fuerza que me derribaba; si
seguía hacia delante no sentía el vendaval. Entonces comprendí que oponerme al
viento significaba perder la vida.
Continué el camino llevando mi cruz con resignación y, como la suerte estaba echada,
decidí hacer cuanto pudiera para llegar a su final antes de que se hiciera de noche.
Hallé muchos falsos caminos pero los pude evitar gracias a mi brújula10 sin
abandonar el meridiano ni un paso, aunque a veces el camino eran tan áspero y poco
practicable que me parecía haberme perdido. Mientras andaba pensaba
continuamente en la paloma y en el cuervo sin llegar a comprender su significado.
Finalmente, divisé, a lo lejos, en la cresta de una alta montaña, un espléndido pórtico;
a pesar de que estaba aún muy lejos, me apresuré hacia él porque el sol acababa de
posarse tras un monte sin que, ni aún de lejos, hubiera visto ciudad alguna. Atribuyo
únicamente a Dios este descubrimiento, pues bien hubiera podido continuar mi
camino sin abrirme los ojos, porque fácilmente hubiera podido pasar de largo sin
verlo.
Me aproximé, pues, a él con la mayor premura y cuando llegué, las últimas luces del
crepúsculo todavía me permitieron vislumbrar el conjunto.
Se trataba de un Pórtico Real admirable, lleno de esculturas que representaban
espejismos y maravillosos objetos de los que algunos tenían un significado especial
como supe más adelante. En lo más alto, el frontis lucía esta inscripción:
¡LEJOS DE AQUÍ, ALEJAOS, PROFANOS!11
y otras inscripciones de las que severame nte se me ha prohibido hablar.
Filaleteo, La Entrada Abierta al Palacio Cerrado del Rey, pág. 63, nota 4) y que en la figura XII del
Splendor Solis de Salomón Trimosin encontramos dentro del matraz a dos palomas blancas luchando con
un cuervo negro.
10 Christian no quiere abandonar el meridiano ni de un paso. Esto nos revela que se dirige hacia el sur,
acaso hacia aquel Sol cuya representación aparecía en la medalla conmemorativa que recibe en la primera
jornada (ver nota 14).
11 Procul binc, procul ite prophani. ¡Lejos de aquí, alejaos profanos!. De nuevo aquí nuestro autor se
inspira en Virgilio (ver Eneida VI-250).
Al llegar al pórtico, salió a mi encuentro un desconocido luciendo una ropa azul cielo.
Lo saludé amistosamente y me correspondió del mismo modo pidiéndome acto
seguido mi invitación. ¡Oh!, qué alegría me dio haberla llevado conmigo, pues
fácilmente hubiera podido olvidarla cosa que, según él, les había sucedido a otros.
Se la enseñé enseguida y no sólo se mostró satisfecho sino que, con gran sorpresa
por mi parte, se inclinó ante mí y me dijo: “Ven, querido hermano, eres mi huésped
bienvenido”. A continuación me pidió que le dijese mi nombre y le respondí que era el
hermano de la Rosa-Cruz Roja por lo que manifestó una agradable sorpresa. Luego
me preguntó: “Hermano, ¿no has traído con qué comprar una insignia?” Le contesté
que mi fortuna era escasa, pero que le ofrecía gustosamente lo que pudiera agradarle
de los objetos que poseía. Me pidió mi cantimplora de agua que le regalé y a cambio
me dio una insignia de oro que sólo llevaba grabadas dos letras: S. C.12 Me exhortó a
que me acordara de él por si pudiera serme útil. A petición mía me informó del
número de invitados que habían entrado antes que yo. Finalmente me dio una carta
sellada para el siguiente guardián.
Mientras estaba entretenido hablando con él cayó la noche; en la puerta encendieron
un gran farol que servía de orientación para los que aún estaban en camino. Éste,
que conducía al castillo, discurría entre dos muros y estaba bordeado por hermosos
árboles frutales. Cada tres árboles habían colgado un farol a ambas orillas y una
bellísima virgen tocada con un vestido azul encendía todas aquellas luces con una
preciosa antorcha. Tal vez me entretuve más de lo debido en admirar aquel
espectáculo de tan perfecta belleza.
Por fin acabó la charla y tras haber recibido las instrucciones adecuadas me despedí
del primer guardián. Mientras caminaba me vino el vehemente deseo de saber qué
contenía la carta, pero como no sospechaba ninguna mala intención del guardián,
resistí a la tentación.
De este modo llegué a la segunda puerta que era casi idéntica a la primera; sólo
difería en las esculturas y los símbolos secretos. Sobre el frontis se leía:
DAD Y OS SERÁ DADO13
Un feroz león encadenado bajo la puerta se irguió al verme e intentó saltar hacia mí
rugiendo, de modo que despertó al segundo guardián que estaba acostado sobre una
losa de mármol. Expulsó al león, cogió la carta que, tembloroso, le tendía, y me dijo
mientras hacía una profunda reverencia: “Bienvenido es en Dios el hombre al que
deseaba ver desde hace tanto tiempo”. A continuación me mostró una insignia y me
12 Estas siglas han recibido varias interpretaciones.
Servus Christii: Siervo de Cristo; Santitate Constantia: Santidad, Constancia; Sponsus Carus: Esposo
Querido; Spes Charitas: Esperanza, Caridad.
13 Ver Lucas VI-38.
preguntó si podía cambiarla. Como sólo me quedaba la sal se la ofrecí y la aceptó
dándome las gracias. Esta nueva insignia tenía también sólo dos letras: S.M.14
Cuando me disponía a conversar asimismo con él tocaron las trompetas en el castillo
y entonces el guardián me apremió a que corriera con toda la ligereza de mis piernas,
ya que de otro modo mi trabajo y mis esfuerzos serían en vano ya que empezaban a
apagarse todas las luces arriba. Me puse a correr de inmediato sin saludar siquiera
al guardián, pues temía, no sin razón, llegar demasiado tarde.
Y efectivamente, aunque mi carrera era rápida, la virgen ya me alcanzaba y tras ella
se iban apagando todas las luces. No hubiera podido seguir por el buen camino si ella
no hubiera hecho llegar hasta mí un resplandor de su antorcha. En fin, acuciado por la
angustia, conseguí entrar justo detrás de ella y en aquel mismo instante se cerraron
las puertas con tal brusquedad que en ellas quedó asido el borde de mi vestido y allí
tuve que dejarlo porque ni yo ni los que llamaban desde fuera pudimos lograr que el
guardián de la puerta abriera de nuevo, excusándose en que había entregado las
llaves a la virgen quien, según él, se las había llevado al patio.
Me volví para examinar la puerta: era una obra maestra digna de admiración y en el
mundo entero no había otra que se le igualase. A cada lado de la puerta se alzaban
dos columnas: una de ellas llevaba una estatua sonriente con la inscripción:
CONGRATULO15
En la otra, la estatua ocultaba su cara con tristeza y debajo se leía:
CONDOLEO16
Para abreviar diré que se veían imágenes y sentencias tan arcanas y misteriosas que
los más sabios de la Tierra no hubiesen podido explicarlas. Mas, si Dios lo permite,
pronto las describiré y explicaré.
Al atravesar la puerta tuve que decir mi nombre, que inscribieron al final del
pergamino destinado al futuro esposo. Sólo entonces me fue entregada la verdadera
14 Estas siglas misteriosas han sido también objeto de diferentes interpretaciones. Studio Merentes:
Ocupación merecedora; Sponsus Mittendus: Esposo enviado. Sal Mineralis: Sal Mineral; Sal
menstrualis: Sal menstrual. Satan Musat: Satán inspira; Servus Mariæ: Siervos de María.
Ver la inscripción que aparece en el carro del Arcano VII del Tarot de Marsella.
15 Congratulo: Felicito.
16 Condoleo: Compadezco.
“Felicito” y “Compadezco” evocan las dos columnas del Templo: Boaz y loaquín. Boaz, pasiva, femenina,
aérea corresponde a la Luna. Ioaquín, activa, masculina, ígnea corresponde al Sol. Estas dos columnas
representan también a los dos aspectos de Dios según la Kabala, el “Dios, de Rigot”, y el “Dios de
Misericordia”.
insignia de invitado: era algo más pequeña que las otras, pero mucho más pesada.
Llevaba grabadas las siguientes letras: S. P. N.17
Seguidamente me calzaron unos zapatos nuevos pues todo el suelo del castillo estaba
enlosado con mármol blanco. Como me agradaba dar mis zapatos viejos a uno de los
pobres que, con compostura, frecuentemente se sentaban bajo la puerta, los regalé a
un anciano.
Poco después, dos pajes portadores de antorchas me condujeron a una cámara
rogándome que descansara en un banco, lo que hice mientras ellos depositaban las
antorchas en dos agujeros abiertos en el suelo. Luego se marcharon dejándome solo.
De pronto oí a mi alrededor un ruido sin causa aparente y he aquí que varios hombres
me cogieron a la vez; como no los podía ver me vi forzado a dejarlos hacer a su aire.
No tardé en darme cuenta de que eran peluqueros; les rogué que no me zarandearan
de aquel modo y declaré que me prestaría a lo que quisieran. Recobré la libertad de
movimientos y uno de ellos, al que seguía sin poder ver, me cortó con destreza el pelo
de la parte de la coronilla, respetando, no obstante, las largas mechas, canosas ya
por la edad, de la frente y las sienes.18
Confieso que, al principio, estuve a punto de perder el sentido, pues al sentirme
zarandeado tan terriblemente creí que Dios me había abandonado pos causa de mi
temeridad.
Por fin, los peluqueros invisibles recogieron con cuidado los cabellos cortados y se los
llevaron, entonces regresaron los dos pajes, quienes se rieron de mi terror. Pero
apenas habían abierto la boca cuando sonó una campanilla y me dijeron que era para
reunir a la asamblea.
A través de infinitos pasillos, puertas y escaleras, los pajes, con sus antorchas, me
precedieron para conducirme a la gran sala. Una multitud de invitados se apretujaba
en aquella sala. En ella podían verse emperadores, reyes, príncipes y señores, así
como nobles y plebeyos, ricos y pobres y gentes de toda condición. Pensando en mí,
quedé sorprendido. “¡Ah! ¡Bien loco estoy! ¿Porqué me he atormentado tanto con
este viaje? Aquí hay compañeros a los que conozco bien y a los que nunca he
apreciado; aquí están todos y yo, con todas mis súplicas y ruegos, he llegado el
último y todavía a duras penas!”
Sin duda fue el diablo quien me inspiró estos pensamientos y muchos más, a pesar de
mis esfuerzos por rechazarlos.
17 . Salus per Naturam: La salvación por la Naturaleza.
Sponsi praestandum nuptiis: Ofrecido a las nupcias del novio.
18 Con lo cual nuestro personaje es tonsurado, o sea, que es liberado del pelo que cubría su Sahasrura
Chakra.
Quienes me conocían me llamaban de todos lados: “Hermano Rosacruz, ¿de modo
que tú también has llegado?” “Sí, hermanos -respondí-, la gracia de Dios me ha
permitido entrar”. Se rieron de mi respuesta y encontraron ridículo que mencionara a
Dios por una cosa tan simple. Cuando interrogaba a todos sobre el camino que habían
seguido -algunos tuvieron que bajar por las rocas-, unas trompetas invisibles
anunciaron la hora de la comida. Cada cual se colocó según la jerarquía a que tenía
derecho y lo hicieron tan bien que yo y otros pobres apenas si encontramos un sitio
en la última mesa.
Entonces aparecieron los dos pajes, uno de los cuales recitó oraciones tan admirables
que al oírlas se me alegró el corazón. Sin embargo, algunos de los grandes señores
no sólo no prestaron la menor atención sino que se reían entre ellos, hacían muecas,
mordisqueaban sus sombreros y se divertían con otras bromas semejantes.
Después sirvieron. Aunque no pudimos ver a nadie hacerlo, los platos estaban tan
bien servidos que me pareció que cada invitado tenía un criado particular.
Cuanto todos estuvieron hartos y el vino hizo desaparecer la vergüenza de sus
corazones, cada cual se ufanaba presumiendo de su poder. El uno hablaba de probar
esto, el otro aquello y los más necios eran quienes gritaban con mayor fuerza.
Todavía hoy no puedo dejar de irritarme al recordar los actos sobrenaturales e
imposibles que oí mencionar. Para finalizar, intercambiaron los asientos. Aquí y allá
un cortesano se deslizaba entre dos señores y entonces éstos ideaban actos de tal
envergadura que se hubiera precisado de la fuerza de Sansón o de Hércules para
llevarlos a cabo; uno quería librar a Atlas de su peso, otro hablaba de sacar al
Cerbero tricéfalo de los infiernos;19 resumiendo, cada cual divagaba a su manera. La
locura de los grandes señores llegaba a tal grado que acababan creyendo sus propios
embustes y la audacia de los malvados rayó en lo infinito; de tal modo, que no
prestaron ninguna atención a los golpes que como advertencia se les dio en los dedos.
Cuando uno se jactó de haberse apoderado de una cadena de oro, los demás
siguieron sus pasos. Vi a uno que pretendía oír zumbar los cielos, otro podía ver las
Ideas Platónicas; un tercero quería contar los Átomos de Democrito y no pocos eran
conocedores del movimiento perpetuo.
Según me pareció varios poseían una inteligencia despierta, mas, para su desgracia,
tenían una opinión demasiado buena de sí mismos. Para finalizar, había uno que
intentaba, lisa y simplemente, convencernos de que podía ver a los criados que nos
atendían. Y habría discutido largamente sobre esto de no ser que uno de estos
servidores invisibles le propinó un bofetón en su embustera boca, de modo que, no
sólo él, sino varios de sus vecinos, quedaron mudos como ratones.
19 Perro de tres cabezas que, según la Mitología griega, se encuentra en la entrada de los infiernos. Se lo ha
equiparado al Savari de los hindúes, dios que personifica las tinieblas. El último de los trabajos de
Hércules consistió en descender a los Infiernos para raptar a Cerbero. Pudo hacerlo gracias a la ayuda de
Hermes y Atena.
Mas para gran satisfacción mía, todos a quienes estimaba guardaban silencio en
medio de aquel bullicio; se guardaban muy mucho de elevar la voz, pues se
consideraban torpes, incapaces de penetrar los secretos de la naturaleza de los que,
por añadidura, se creían del todo indignos. Por culpa del tumulto, casi hubiera
maldecido el día en que llegué a tal lugar, pues veía que los malvados y los ligeros
eran colmados de honores en tanto yo ni tan sólo podía estar tranquilo en mi humilde
sitio: efectivamente, uno de aquellos canallas se burlaba de mí tachándome de loco
incurable.
Como todavía ignoraba que hubiese una puerta que teníamos que atravesar pensé
que permanecería así, víctima de las burlas y del desprecio, todo el tiempo que
durasen las bodas; no obstante, no imaginaba valer tan poco a los ojos del novio y de
la novia y estimaba que podrían haber encontrado otro para hacer de bufón en sus
bodas. Pero, ¡ay!, esta falta de resignación a las desigualdades del mundo que empuja
a los corazones simples, esta impaciencia fue la que mi sueño me había mostrado
bajo el símbolo de la cojera.
El griterío aumentaba cada vez más. Algunos ya querían darnos por ciertas visiones
completamente inventadas y vivencias a toda evidencia falsas.
Por el contrario, mi vecino era un hombre muy sosegado y de buenos modales. Luego
de hablar de cosas sensatas, acabó por decirme: “Mira, hermano, si ahora algún
recién llegado quisiera hace entrar en razón a todos esos endurecidos, ¿le
escucharían?” “A fe que no”, respondí. “Así es -dijo-, cómo el mundo quiere ser
engañado a toda costa y hace oídos sordos a quienes no buscan otra cosa que su
bien. Fíjate en ese adulador y observa con qué ridículas comparaciones y con qué
insensatas deducciones capta el interés de quienes le rodean. Mira allí cómo otro se
burla de la gente con palabras misteriosas e inauditas. Pero, créeme, un tiempo
llegará en que les serán arrancadas las máscaras y los disfraces para que todos vean
a qué bribones ocultaban; tal vez entonces se vuelva a quienes habían sido
despreciados.”
El bullicio se hacía cada vez más insoportable. De pronto, se elevó en la sala una
música deliciosa, admirable, como no la había oído nunca en mi vida; toda la sala,
presintiendo inesperados acontecimientos, enmudeció. La melodía brotaba de un
conjunto de instrumentos de cuerda, con una armonía tan perfecta que quedé como
absorto, completamente ensimismado, con gran sorpresa de mi vecino. Nos tuvo
maravillados durante una media hora en el transcurso de la cual guardamos absoluto
silencio, si bien algunos quisieron hablar, pero fueron rápidamente acallados por una
mano invisible. Por lo que a mí respecta, renuncié a ver a los músicos, pero trataba
de ver los instrumentos.
Habría pasado una media hora cuando la música cesó de repente sin que hubiésemos
podido ver de dónde surgía.
Una fanfarria de trompetas y un redoble de tambores resonaron a la entrada de la
sala con tal maestría que esperábamos ver entrar al emperador romano en persona.
Vimos que la puerta se abría sola y entonces la magnificencia de las trompetas
aumentó y resonó de tal modo que apenas pudimos soportarlo. La sala se inundó de
luces, creo que por miles; se movían solas, según su rango, lo que nos asustó.
Después vinieron los dos pajes con las antorchas, precediendo a una virgen de
admirable belleza que se acercaba montada en un hermoso palanquín de oro. Me
pareció reconocer en ella a la que anteriormente había primero encendido y después
apagado las luces. También creí reconocer entre sus servidores a los guardianes que
estaban bajo los árboles que orillaban el camino. Ahora no llevaba el vestido azul sino
que su túnica era centelleante, blanca como la nieve,20 chorreando oro y de tal brillo
que no podía ser contemplada por mucho tiempo. Los vestidos de ambos pajes eran
idénticos, pero su brillo era menor.
Cuando la virgen llegó al centro de la sala bajó de su trono y todas las luces
disminuyeron de intensidad como saludándola. Todos nos levantamos enseguida pero
sin abandonar nuestros sitios.
Ella se inclinó ante nosotros y tras haber recibido nuestro homenaje, comenzó el
siguiente discurso con voz admirable:
El rey, mi gracioso señor
que ahora no está muy lejos,
así como su querida prometida
confiada a su honor,
han visto con gozo vuestra llegada.
A cada uno de vosotros os honran
con su favor, en todo momento,
y desde el fondo de su corazón desean
que siempre os logréis
para que la alegría de sus bodas
no se mezcle con la tristeza de nadie.
Después se inclinó de nuevo cortésmente, las luces la imitaron, y continuó del
siguiente modo:
Por la invitación sabéis
que no ha sido llamado aquí hombre alguno
que no haya recibido todos los preciosos dones
de Dios, desde hace mucho,
y que no estuviese lo suficiente preparado.
Como conviene a esta circunstancia
mis dueños no quieren creer
20 La túnica centelleante, blanca como la nieve, cuyo resplandor es insoportable es una evocación de la
Daena, del cuerpo de luz o de las “túnicas de luz”, del cuerpo glorioso de resurrección. Se trata de la túnica
que reviste el protagonista del Canto de la Perla.
que nadie pueda ser bastante audaz,
teniendo en cuenta, las severas condiciones,
para presentarse, a menos
de estar preparado para sus bodas.
Después de largos años
conservan la esperanza
y os destinan a todos, todos los bienes;
se alegran de que en estos difíciles tiempos
encuentren aquí reunidas a tantas personas.
No obstante, los hombres son tan audaces
que su grosería no los retiene.
Se introducen en lugares
a los que no han sido llamados.
Para que los bribones no puedan engañar,
para que ningún impostor pase desapercibido
y para que pronto se puedan celebrar, sin cambiar nada,
las puras bodas,
mañana será instalada
la balanza de los Artistas;21
Entonces, cada uno se dará fácilmente cuenta
de lo que ha descuidado adquirir en él.
Si ahora, alguno en esta multitud
no está del todo seguro de sí mismo,
que se vaya presto
pues si se queda
le será negada toda gracia
y mañana será castigado.
En cuanto a los que quieran sondear su conciencia
permanecerán hoy en esta sala,
serán libres hasta mañana,
pero que no vuelvan aquí jamás.
El que esté seguro de su pasado
que siga a su servicio
quien le mostrará su apartamento.
Que repose hoy
en espera de la balanza y de la gloria.
A los demás, el sueño traería ahora gran dolor.
Que se contente, pues, con quedarse aquí
pues más valdría huir
que emprender lo que supera sus fuerzas.
Se espera que cada cual actúe de la mejor manera.
21 Una de las denominaciones que con más frecuencia se daba a los alquimistas es la de Artista, ya que
practican el Gran Arte. En la Balanza de los Artistas no se pesa lo que tiene alguien, sino lo que le falta.
Cuando finalizó este discurso se inclinó de nuevo y se dirigió graciosamente a su
asiento; las trompetas resonaron otra vez aunque no pudieron ahogar los ansiosos
suspiros de muchos. Después, los invisibles la condujeron de nuevo; no obstante, aquí
y allá, algunas luces permanecieron en la sala, incluso una vino a colocarse detrás de
uno de nosotros.
No es fácil describir nuestros pensamientos y gestos, expresión de tantos y tan
contradictorios sentimientos. Sin embargo, la mayor parte de los invitados se decidió
finalmente a intentar la prueba de la balanza para luego, en caso de fracaso, irse de
allí -lo que creían posible- en paz.
Muy pronto tomé yo mi decisión; como mi conciencia me demostraba mi ignorancia y
mi indignidad resolví quedarme en la sala con los otros y contentarme con el
banquete al que había asistido, antes de continuar y exponerme a los tormentos y
peligros futuros. Después de que algunos fueron llevados por las luces a sus
apartamentos (cada uno al suyo como supe más tarde), quedamos nueve, entre ellos
mi vecino de mesa, que antes me había dirigido la palabra.
Pasó una hora sin que nos abandonase la luz; vino uno de los pajes de los que ya he
mencionado, cargado con un paquete de cuerdas y de entrada nos preguntó si
estábamos decididos a quedamos allí. Como respondimos afirmativamente entre
suspiros, nos condujo a cada uno a un lugar fijado, nos ató22 y después se retiró con
nuestra luz, dejándonos en una profunda oscuridad, pobres y abandonados. Fue sobre
todo entonces cuando varios de nosotros sentimos la opresión de la angustia, y yo
mismo no pude impedir que unas lágrimas se deslizaran por mis mejillas. Guardamos
un profundo silencio abrumados por el dolor y la aflicción, si bien nadie nos había
prohibido hablar. Por lo demás, las cuerdas estaban anudadas con tanta eficacia que
nadie pudo cortarlas y menos desatarlas y quitarlas de los pies. No obstante, me
consolé pensando que, mientras que a nosotros nos era permitido expiar nuestra
temeridad en una sola noche, muchos de los que saboreaban el reposo esperaban una
retribución justa y una gran vergüenza.
Pese a todos mis tormentos, dormí roto de fatiga. Sin embargo, la mayor parte de mis
compañeros no pudo descansar. Yo tuve un sueño, y aunque su significado no sea
muy importante, creo que pueda ser útil contarlo.
Me pareció estar sobre una montaña y que un ancho valle se extendía ante mí. En
este valle se había reunido una muchedumbre innumerable y cada persona estaba
suspendida por un hilo atado a su cabeza; los hilos bajaban del cielo. No obstante,
22 En los rituales iniciáticos de los Antiguos Misterios, los mixtos aparecían ante un tribunal en el que eran
juzgado,, atados de pies y manos.
Ver Les Mystères d’Eleusis de Maurice Brillant, París 1920 y Les Mystères d'Eleusis de Victor Magnien,
París 1950. En los rituales iniciáticos de los Antiguos Misterios, los mixtos aparecían ante un tribunal en el
que eran juzgado,, atados de pies y manos.
Ver Les Mystères d’Eleusis de Maurice Brillant, París 1920 y Les Mystères d'Eleusis de Victor Magnien,
París 1950.
unos estaban colgados muy altos y otros muy bajos y varios tocaban la misma tierra.
Por los aires volaba un hombre con unas tijeras en la mano, que iba cortando los hilos
por doquier. Los que estaban cerca del suelo caían sin ruido, pero la caída de los más
altos hacía temblar la tierra. Algunos tenían la suerte de que su hilo bajase de modo a
tocar el suelo antes de que fuera cortado.
Las caídas me pusieron de buen humor. Cuando vi que algunos presuntuosos, llenos
de ardor por asistir a las bodas, se arrojaban al aire y planeaban un momento, para
caer vergonzosamente, arrastrando al mismo tiempo a algunos vecinos, me alegré de
todo corazón. También me sentí contento cuando alguno de los modestos que se había
contentado con la tierra, era desatado sin ruido, de modo que sus vecinos no se
dieron cuenta. Saboreaba este espectáculo con la mayor dicha cuando uno de mis
compañeros me empujó con tan mala suerte que me desperté sobresaltado y
disgustado. No obstante, reflexioné sobre mi sueño23 y lo conté a mi hermano que,
igual que yo, estaba acostado a mi lado. Me escuchó con satisfacción y deseó que
fuera el presagio afortunado de alguna ayuda. Pasamos el resto de la noche
charlando sobre esta esperanza y deseando con todas nuestras fuerzas que llegara el
día.
23 Se trata del sueño de la marionetas que acaba de explicar, bellísima evocación del Destino que rige la
vida de los hombres. El hombre de las tijeras representa el Adepto que, como Hermes, libera a los mortales
de los influjos astrales.
JORNADA TERCERA
Se levantó el día, y en cuanto se elevó el Sol por detrás de las montañas para cumplir
su trabajo en lo alto del cielo, nuestros valerosos combatientes empezaron a salir de
sus lechos y a prepararse para la prueba. Uno tras otro llegaron a la sala, se
desearon los buenos días mutuamente, se apresuraron a preguntamos si habíamos
dormido bien y, al vernos atados, muchos de ellos se burlaron de nosotros; les
parecía ridículo que en vez de haberlo intentado como ellos por ver lo que ocurría,
nos hubiésemos sometido por temor. Sin embargo, algunos, cuyo corazón no había
dejado de palpitar con fuerza, se guardaron de aprobar tales reproches. Nosotros nos
disculpamos por nuestra ignorancia, manifestando la esperanza de que pronto nos
dejarían ir libres y que la burla nos serviría de lección para el futuro; luego les
hicimos ver que, por el contrario, no era seguro que ellos estuvieran libres y que
podría ocurrir que les amenazasen graves peligros.
Por fin, cuando todos estuvieron reunidos, oímos, como en la víspera, la llamada de
las trompetas y los tambores.1
Esperábamos ver al novio, pero lo cierto es que muchos no lo vieron ni entonces ni
nunca.
Se trataba de la misma virgen del día anterior, totalmente vestida de terciopelo rojo
con un cinturón blanco y cuya frente estaba admirablemente adornada por una corona
verde de laurel.2 Ahora su cortejo no se componía de luces, sino de unos doscientos
hombres armados, completamente vestidos de rojo y blanco como ella. Levantándose
elegantemente, avanzó hacia los prisioneros y, después de saludarnos, dijo
brevemente: “Mi severo dueño se muestra satisfecho de comprobar que algunos de
entre vosotros os habéis dado cuenta de vuestra miseria, así que seréis
recompensados por ello”. Y cuando me reconoció por mi vestido se rió y dijo: “¿Tú
también te has sometido al yugo? ¡Yo creía que estabas bien preparado!” Al oír estas
palabras me eché a llorar.
Dicho lo cual, hizo que desataran nuestras cuerdas y, acto seguido, ordenó que nos
ataran de dos en dos para ser conducidos al sitio que nos había sido reservado y
desde el que podríamos ver con facilidad la balanza. Después añadió: “Podría ser que
la suerte de ésos fuera preferible a la de tantos audaces que aún estáis libres”.
La balanza, toda de oro, fue colgada en el centro de la sala y a su lado dispusieron
una mesa con siete pesas. La primera era bastante grande y sobre ella había
1 Quintiliano, en su tratado De la Música habla de esta música “deliciosa, admirable, como no la había
oído nunca en su vida” Christian Rosacruz.
2 Como todas las plantas que permanecen verdes en invierno, el laurel se asocia a la idea de la
inmortalidad. Para los romanos era el emblema de la gloria. Consagrado al dios Apolo, se utilizaban
coronas de laurel para coronar a los héroes. La “Corona de Gloria” tiene, sin embargo, en la Tradición
Hebrea, un significado más sagrado Corresponde a la Kether de los kabalistas, que está relacionada con
un pasaje del Libro de los Proverbios (ver Prov. I-9 y 9).
colocadas otras cuatro más pequeñas; aparte, se encontraban otras dos pesas
grandes. Eran todas tan pesadas en relación a su volumen que ningún espíritu
humano podría creerlo ni comprenderlo. La virgen se volvió hacia los hombres
armados, quienes llevaban cada uno una cuerda al lado de su espada, y los dividió en
siete secciones, tantas como pesas había.3 Escogió a un hombre de cada sección para
poner cada una de las pesas en la balanza y después regresó a su elevado trono.
A continuación, inclinándose, pronunció las siguientes palabras:
Si alguno entra en el taller de un pintor
y sin entender de pintura
pretende discurrir sobre ella con énfasis
será el hazmerreír de todos.
Quien penetra en la Orden de los Artistas4
y, sin haber sido elegido
se ufana de sus obras,
será el hazmerreír de todos.
Así pues, quienes suban a la balanza
sin pesar lo que la pesa
que, por lo mismo, les levantará con estrépito,
serán el hazmerreír de todos.
Cuando la virgen hubo acabado, uno de los pajes invitó a quienes habían de intentar
la prueba a que se colocaran según su categoría y a que subieran uno tras otro al
platillo de la balanza. Al momento, uno de los emperadores lujosamente vestido, se
decidió: en primer lugar se inclinó ante la virgen y después subió. Entonces, cada
encargado colocó su pesa en el otro platillo y, ante la sorpresa general, resistió. Sin
embargo, la última pesa fue demasiado para él y lo levantó, lo que le afligió tanto que
incluso la misma virgen pareció compadecerse, así que hizo a los suyos un ademán
para que se callaran. Después, el buen emperador fue atado y entregado a la sexta
sección.
Tras él ocupó el sitio otro emperador que se plantó con fiereza sobre el platillo. Como
escondía un voluminoso libro bajo sus vestidos, estaba seguro de alcanzar el peso
requerido, pero apenas compensó la tercera pesa, y la cuarta lo levantó sin
compasión. Aterrado, se le escapó el libro y todos los soldados se echaron a reír. Lo
ataron y fue confiado a la tercera sección. Le siguieron varios otros emperadores,
3 Para el poeta latino Prudencio, las siete pesas son el símbolo de las siete virtudes. El que una virtud no
pese en nosotros, quiere decir que carecemos de ella, por lo que, necesariamente, tenemos el vicio que se
le opone.
4 Los Artistas son, ya lo hemos visto, los alquimistas. Es, ridículo pretender ser alquimista sin gozar de la
bendición divina, sin haber sido “elegido”.
todos con la misma suerte. Su fracaso provocó grandes risotadas y también fueron
atados.
A continuación avanzó un emperador de corta estatura luciendo una enorme y crespa
perilla. Tras la reverencia de rigor subió y dio el peso tan cumplidamente que a no
dudar no lo hubiera podido alzar ni aún con más pesas.
La virgen se levantó prestamente, se inclinó ante él, e hizo que le pusieran un vestido
de terciopelo rojo;5 además, le dio una rama de laurel de las que tenía una buena
provisión a su lado y le rogó que se sentase en los peldaños de su trono.
Muy largo de contar sería cómo se comportaron los demás emperadores, reyes y
señores, pero no puedo dejar de decir que fueron muy pocos los que salieron airosos
de la prueba. No obstante, contra lo que yo esperaba, quedaron de manifiesto muchas
virtudes: unos resistieron a tal o cual peso, otros a dos u otros a tres, hasta cuatro y
cinco. Pero muy pocos tenían la verdadera perfección y al fracasar éstos eran el
hazmerreír de los soldados rojos.
Cuando hubieron pasado la prueba los nobles, los sabios y otros, encontrándose en
cada estamento únicamente un justo, o dos, y con frecuencia ninguno, le tocó el turno
a los señores bribones y aduladores, hacedores de Lapis Spitalauficus.6 Se les colocó
en la balanza con tales burlas que, pese a mi triste estado de ánimo, estuve a punto
de reventar de risa e incluso los prisioneros no pudieron evitar las carcajadas. A la
mayor parte de ellos ni siquiera se les concedió un severo juicio; fueron expulsados
de la balanza a latigazos y conducidos a sus secciones con los otros prisioneros.
De tan gran multitud quedaron tan pocos que hasta me sonroja decirlo. Entre los
elegidos también había altos personajes pero todos fueron honrados con un vestido
de terciopelo rojo y la consabida rama de laurel.
Cuando todos hubieron pasado la prueba, menos nosotros, pobres perros
encadenados de dos en dos, avanzó un capitán y dijo: “Señora, si pluguiese a vuestro
Honor, podríamos pesar a esta gente que confiesa su ineptitud, sin riesgo para ellos,
sino sólo para nuestra diversión; tal vez encontremos algún justo”.
Esta proposición me afligió, pues, en mi pena, al menos había tenido el consuelo de
no haber sido expuesto a la vergüenza ni sacado a latigazos de la balanza. Estaba
5 El rojo es el color de la vida y de la encarnación; el terciopelo evoca un tipo de piel o tercer pelo que,
después de la piel y del pelo que conocemos, puede revestir el hombre. Se trata del “vestido de gloria” del
que hablan el Libro de Henoch (LXII-15 y 16) y el Canto de la Perla.
6 Piedra panacea, Lapis Spitalauficus es la falsa piedra filosofal que pretendían hacer y vender los
“Sopladores de Carbones”; la prometían a ingenuos a los que engañaban a cambio de grandes sumas de
dinero.
Piedra panacea, Lapis Spitalauficus es la falsa piedra filosofal que pretendían hacer y vender los
“Sopladores de Carbones”; la prometían a ingenuos a los que engañaban a cambio de grandes sumas de
dinero.
seguro de que muchos de los que ahora eran prisioneros, hubiesen preferido pasar
diez noches en la sala en la que habíamos dormido antes que sufrir un fracaso tan
lamentable. Pero como la virgen dio su aprobación, tuvimos que someternos. Así que
fuimos desatados y colocados juntos. Aunque lo más frecuente fue el fracaso de mis
compañeros se les ahorraron los sarcasmos y los latigazos y fueron apartados en paz.
Mi compañero pasó el quinto. Dio el peso admirablemente con gran satisfacción de
muchos de nosotros y con gran alegría del capitán que había propuesto la prueba; la
virgen le honró según la costumbre.
Los dos siguientes fueron demasiado livianos.
Yo era el octavo.7 Cuando, temblando, me coloqué en la balanza, mi compañero, ya
vestido de terciopelo, me lanzó una mirada afectuosa e incluso la virgen sonrió
ligeramente. Resistí todas las pesas. La virgen ordenó entonces que se empleara la
fuerza para levantarme y tres hombres se pusieron en el otro platillo: todo fue en
vano.
Entonces uno de los pajes se levantó y clamó con voz poderosa: “Es é1”. El otro paje
respondió: “Que goce, pues, de su libertad”.
La virgen asintió y no sólo fui recibido con las ceremonias habituales, sino que fui
autorizado a elegir a uno de los prisioneros para liberarlo. Sin pensarlo demasiado,
escogí al primero de los emperadores cuyo fracaso me había entristecido desde el
principio. Lo desataron y le concedieron todos los honores colocándolo entre
nosotros.
Cuando el último se colocaba en el platillo de la balanza -cuyas pesas fueron
demasiado para él- la virgen vio las rosas que yo había cogido de mi sombrero y que
tenía en la mano y me honró pidiéndomelas por mediación de su paje y se las di con
gozo.
De este modo, a las doce del mediodía se terminó el primer acto, siendo marcado su
final por un toque de trompetas invisibles para nosotros en aquel momento.
Las secciones se llevaron a los prisioneros en espera del juicio. El Consejo estaba
compuesto por cinco encargados y nosotros mismos; la virgen, que presidía, expuso
el asunto. A continuación se pidió a cada uno su parecer sobre el castigo que había
que infligir a los prisioneros.
7 Número sagrado de los Temp larios, recordemos que la torre templaria tenía ocho lados, el ocho posee un
simbolismo apasionante, expresa lo que está más allá de los siete planetas, lo que trasciende el
determinismo astral. Si en el Antiguo Testamento vemos que el siete aparece constantemente, en el Nuevo
el número clave es el ocho, que anuncia la beatitud del sæculum venturum, del mundo que viene. Esa es la
razón por la que entre los gnósticos el ocho simbolizaba la resurrección.
La primera opinión dada fue la de castigarlos a todos con la muerte, a unos con más
dureza que a otros, puesto que habían tenido la audacia de presentarse a pesar de
conocer las condiciones requeridas, muy claramente enunciadas.
Otros propusieron retenerlos prisioneros. Pero estas proposiciones no fueron
aprobadas ni por la presidencia ni por mí. Finalmente, se tomó una decisión de
acuerdo con el parecer del emperador a quien yo había liberado, con el de un príncipe
y con el mío propio: los primeros, señores de elevado rango, serían conducidos
discretamente fuera del castillo; los segundos serían despedidos con mayor
desprecio; los que seguían a éstos serían desnudados y expulsados de esta manera;
los cuartos serían azotados o echados por los perros. Pero los que habían reconocido
su indignidad y renunciado a la prueba, podrían volverse sin castigo. Finalmente, los
atrevidos, que se habían comportado tan vergonzosamente, serían castigados con
prisión o muerte según la gravedad de sus felonías.
La virgen aprobó este veredicto, que fue aceptado definitivamente, además, se
concedió una comida a los prisioneros, siéndoles comunicada esta merced, y el juicio
quedó fijado para las doce del mediodía. La asamblea fue disuelta una vez tomada la
resolución.
La virgen se retiró con los suyos a su morada habitual. Nos sirvieron un refrigerio en
la primera mesa de la sala rogándonos que nos contentásemos con ello hasta que el
asunto estuviera zanjado por completo. Luego nos conducirían ante los santos novios,
cosa que nos alegró saber.
Trajeron a los prisioneros a la sala y los colocaron según su categoría con la
recomendación de que se comportaran con mayor cordura que antes, petición
superflua pues habían perdido su arrogancia. Y he de decir, no por adular, sino por no
faltar a la verdad que, en general, las personas de alto rango se resignaban mejor a
este inesperado fracaso pues el castigo, aunque duro, era justo. Los servidores
continuaban invisibles para ellos pero se habían vuelto visibles para nosotros, cosa
que comprobamos con gran alegría.
Aunque la suerte nos había favorecido, no nos considerábamos superiores a los otros
y los animábamos diciéndoles que no iban a tratarlos con demasiada dureza. Querían
conocer la sentencia pero como se nos había obligado a guardar el secreto, no
pudimos decirles nada. No obstante, los consolábamos lo mejor que podíamos
invitándoles a beber con la esperanza de que el vino los alegrara.
Nuestra mesa estaba cubierta por un terciopelo rojo y las copas eran de oro y plata,
lo que sorprendía y humillaba a los otros. Antes de que nos sentáramos, los dos pajes
nos presentaron a cada uno, de parte del novio, un Vellocino de oro8 con la figura de
8 Alusión al célebre Vellocino de Oro de la historia de los Argonautas. En otro lugar hemos señalado el
sentido profundamente alquímico del Vellocino o Toisón de Oro (ver La Entrada Abierta... op, cit., pág.
31). Ver también el Apéndice que aparece al final de esta edición de las “Bodas Alquímicas”.
un León volador9 rogándonos que nos vistiéramos con él para la comida. Nos rogaron
que mantuviésemos cumplidamente la reputación y la gloria de la Orden, pues S. M.
nos la confería en aquel instante y pronto iba a confirmar tal honor con la solemnidad
adecuada. Aceptamos el Vellocino con el mayor respeto y nos comprometimos a
ejecutar con fidelidad lo que Su Majestad gustara ordenamos.
Además, el paje tenía la lista de nuestras casas; no traté de ocultar la mía, temeroso
de que se me acusara de orgulloso, pecado que no puede pasar la prueba del cuarto
peso.
Como éramos tratados espléndidamente, preguntamos a uno de los pajes si nos
estaba permitido hacer llegar alimentos a nuestros amigos prisioneros y, al no oponer
ningún reparo, se los hicimos llegar en abundancia por medio de los servidores que
continuaban siendo invisibles para aquellos. Por dicha razón ignoraban de dónde les
venían los alimentos, así que quise llevárselos yo en persona a uno de ellos, aunque
rápidamente el servidor que se encontraba a mi espalda me disuadió de ello de un
modo amistoso. Me aseguró que si algunos de los pajes se hubieran dado cuenta de
mis intenciones. habría sido informado de ello el Rey y, en verdad, me hubiera
castigado. Pero como nadie se había dado cuenta de mis intenciones excepto él, no
iba a decir nada. A pesar de ello, me exhortó a que en adelante guardase mejor el
secreto de la Orden. Y mientras me hablaba así me empujó con tal violencia contra mi
asiento que caí en él como paralizado y así estuve largo tiempo. Sin embargo, en la
medida en que el miedo y la turbación me lo permitieron, le agradecí la amable
advertencia.
Enseguida sonaron las trompetas; como teníamos sabido que dichos toques
anunciaban a la virgen, ¡los dispusimos a recibirla. Apareció sobre su trono con el
ceremonial de costumbre precedida por dos pajes que llevaban, el primero una copa
de oro, y el otro un pergamino. Se levantó con su acostumbrado donaire, tomó la copa
de manos del primer paje y nos la entregó por orden del Rey para que nos la
pasáramos en su honor. La tapa de aquella copa representaba una Fortuna labrada
con un arte perfecto; tenía en su mano un banderín rojo desplegado. Bebí, pero la
visión de dicha imagen me llenó de tristeza pues ya había sufrido la perfidia de la
fortuna.
La virgen iba vestida, como nosotros, con el Vellocino de oro y el León, por lo que
deduje que debía de ser la presidenta de la Orden. Cuando le preguntamos el nombre
de la Orden nos respondió que nos lo revelaría después del juicio de los prisioneros y
la ejecución de las sentencias, pues los q1os de éstos estaban aún cerrados y los
felices acontecimientos que nos ocurrían, aunque no eran nada en comparación con
los que nos aguardaban, no serían para ellos más que obstáculos y motivo de
escándalo.10
9 El león, a través del signo astrológico de Leo, evoca la fijeza. El león volador indica que lo que era fijo ha
sido hecho volátil; es un término bastante usual entre los alquimistas, que lo identificaban al disolvente
universal de la Naturaleza.
10 Ver I Corintios X-32.
Después, cogió el pergamino de manos del segundo paje. Estaba dividido en dos
partes. Dirigiéndose al primer grupo de prisioneros, leyó poco más o menos lo
siguiente: que los prisioneros debían confesar que habían creído muy fácilmente las
engañosas enseñanzas de falsos libros; que se habían considerado con tan excesivos
méritos, que tuvieron la osadía de presentarse en el palacio al que no habían sido
invitados jamás; que, tal vez, la mayor parte de ellos contaba con encontrar allí el
modo de vivir con mayor pompa y ostentación; además, se habían incitado
mutuamente a hundirse en la vergüenza y que, por todo ello, merecían un severo
castigo.
Todos lo confesaron sumisos y con humildad.
A continuación, el discurso se dirigió aún con mayor dureza a los prisioneros de la
segunda categoría. Eran convictos en su interior de haber compuesto falsos libros y
engañado al prójimo, rebajando así el honor real a los ojos del mundo.11 No ignoraban
de qué figuras falaces e impías se habían servido. Ni siquiera habían respetado la
Trinidad Divina, sino que, por el contrario, habían intentado servirse de ella para
engañar a todos. Pero ahora habían sido descubiertos los manojos que empleaban
para tender viles asechanzas a los verdaderos invitados y poner en su lugar a
insensatos. Por otra parte, nadie ignoraba cuánto se complacían en la prostitución, el
adulterio, la embriaguez y otros vicios, todos contrarios al orden público en aquel
reino. En resumen, sabían que habían envilecido ante los humildes a la misma
Majestad Real, y por lo tanto, debían confesar que eran pillos, mentirosos y notorios
canallas y que merecían ser apartados de la gente honrada y castigados con gran
severidad.
Nuestros bravos no asintieron con facilidad a todo esto, pero como la virgen los
amenazaba con la muerte, y el primer grupo los acusaba con vehemencia y se
quejaban todos de haber sido engañados, acabaron confesando para evitarse males
mayores.
No obstante, pretendían que no se les debía tratar con excesivo rigor pues los
grandes señores, deseosos de penetrar en el castillo, los habían seducido con bellas
promesas para obtener su ayuda y eso los llevó a valerse de mil argucias para hacer
más apetitoso el cebo y, de mal en peor, habían llegado a la situación actual. Así
pues, a su parecer, no habían desmerecido más que los señores si no habían logrado
triunfar. También los señores debían comprender que, si hubieran podido entrar con
seguridad, no se habrían arriesgado a escalar los muros con ellos por una escasa
remuneración. Por otro lado, se habían editado tan fructuosamente determinados
libros que, aquellos que se encontraban necesitados, se creyeron autorizados a
explotar dicha fuente de ingresos. Por todo ello, esperaban que se examinara su caso
con atención si el juicio había de ser equitativo y a petición insistente suya; en vano
se buscaría una acción condenatoria que pudiera imputárseles, pues habían actuado
al servicio de los señores. Con tales argumentos trataban de excusarse.
11 Este pasaje concuerda perfectamente con el duodécimo capítulo de la “Confesión”. Ver Apéndice.
Pero se les replicó que su Majestad Real estaba decidida a castigarlos a todos, si
bien con mayor o menor severidad; que, efectivamente, las razones que aducían eran
ciertas en parte, por lo que de ningún modo los señores escaparían al castigo. Pero
aquellos que habían ofrecido sus servicios por propia iniciativa y aquellos que habían
engañado y arrastrado a ignorantes en contra de su voluntad, deberían prepararse
para morir. La misma suerte estaba reservada a los que habían despreciado a su
Majestad Real con sus mentiras, de lo que ellos mismos podían convencerse por sus
escritos y libros.
Entonces aparecieron lamentables quejas, llantos, súplicas, ruegos y humillaciones
que, no obstante, no surtieron efecto. Quedé sorprendido al ver que la virgen los
soportaba con valentía, en tanto que nosotros, llenos de conmiseración, no pudimos
retener nuestras lágrimas aunque muchos nos habían causado penas y sufrimientos
incontables. En vez de enternecerse le dijo a su paje que buscara a los caballeros que
estaban junto a la balanza. Se les ordenó apoderarse de los prisioneros y conducirlos
en fila al jardín, cada soldado al lado de su prisionero. Observé, sorprendido, con la
facilidad con que cada cual reconoció al suyo. Seguidamente, mis compañeros de la
noche anterior fueron autorizados a salir libremente al jardín para asistir a la
ejecución de la sentencia.
Cuando hubieron salido, la virgen bajó del trono y nos invitó a sentarnos en los
peldaños para comparecer en el juicio. Obedecimos prestamente abandonándolo todo
en la mesa, salvo la copa que la virgen confió a un paje. Entonces el trono se elevó
por entero y avanzó tan suavemente que nos pareció estar planeando en el aire,
llegando así al jardín donde nos levantamos.
Este jardín no presentaba peculiaridad alguna; no obstante, los árboles estaban
distribuidos con cierto arte y un delicioso manantial brotaba de una fuente decorada
con bellísimas imágenes y con inscripciones y signos extraños; si Dios lo permite
hablaré de esta fuente en el próximo libro.
En el jardín había sido levantado un anfiteatro de madera adornado con admirables
decorados. Presentaba cuatro gradas superpuestas. La primera, de un lujo
deslumbrante, se encontraba cubierta con una cortina de tafetán blanco; no sabíamos
si en aquel momento había alguien allí. La segunda estaba vacía y al descubierto; las
dos restantes también se encontraban ocultas a nuestras miradas por cortinas de
tafetán rojo y azul.
Cuando llegamos junto al edificio, la virgen se inclinó profundamente; aquello nos
impresionó pues significaba claramente que el Rey y la Reina estaban cerca y
saludamos igualmente. Después, la virgen con condujo por los escalones a la segunda
grada ocupando ella el primer sitio mientras que los demás conservábamos nuestro
orden.
A causa de la maledicencia no puedo contar cómo se comportaba conmigo tanto en
este lugar como antes en la mesa el empe rador al que liberé, que bien se daba cuenta
con qué tormentos y angustias habría esperado la hora del juicio, si bien ahora,
gracias a mí, se veía en tales dignidades.
En aquel momento, la virgen que al principio me había traído la invitación y a la que
no había vuelto a ver desde entonces, se aproximó a nosotros; tocó la trompeta y con
vigorosa voz abrió la sesión con las siguientes palabras:
Su Majestad Real, mi Señor, hubiera deseado de todo corazón que los aquí
presentes, por el solo hecho de haber sido invitados, hubieran venido con suficientes
cualidades para asistir en buen número a la fiesta nupcial dada en Su honor. Pero
habiéndolo Dios todopoderoso dispuesto de otro modo, Su Majestad no debía
murmurar, sino continuar conforme a las costumbres y usanzas antiguas y
encomiables de este reino, fuesen cuales fuesen sus deseos. Para que Su natural
clemencia sea celebrada en el mundo entero, ha llegado, con ayuda de sus consejeros
y de los representantes del reino, a paliar sensiblemente la sentencia habitual. Así,
deseando en primer lugar que los señores y los gobernantes no solamente salvaran la
vida sino que incluso se les devolviera la libertad, Su Majestad les transmitía el
amistoso ruego de que se resignasen sin ira alguna a no poder asistir a la fiesta en Su
honor; que meditasen sobre el hecho de que, sin eso, Dios todopoderoso les había
confiado una carga que eran incapaces de llevar calmosamente y con sumisión y que,
además, el Todopoderoso repartía sus beneficios según una ley incomprensible.
Tampoco su reputación se vería menoscabada por el hecho de haber sido excluidos
de nuestra Orden ya que no se les otorga a todos el poder realizar todas las cosas.
Además, los cortesanos perversos que les habían engañado, no quedarían impunes.
Por otra parte, Su Majestad deseaba comunicarles en breve un Catálogo de Herejes y
un Index Expugatiorum12 para que en adelante pudiesen discernir con mayor
facilidad el bien del mal. Además, como Su Majestad tenía la intención de clasificar
su biblioteca, sacrificando los escritos falaces a Vulcano,13 les pedía su amistosa
ayuda a dichos efectos. Su Majestad también les recomendaba que gobernaran a sus
súbditos de modo a reprimir el mal y la impureza. Igualmente les exhortaba a resistir
los deseos de volver sin consideración para que no fuera falsa la excusa de haber
sido engañados y para que ellos mismos no fuesen objeto de burlas y de desprecio
12 Ya antes del siglo IV las autoridades eclesiásticas condenaron las obras consideradas heréticas y
prohibieron su lectura. El llamado canon Muratori, que data de finales del siglo II o principios del III,
además de la enumeración de los libros sagrados, propone una lista de los libros heréticos prohibidos a los
fieles. La invención de la imprenta y la Contrarreforma no hicieron sino acentuar y desarrollar estas
medidas. En 1571, poco después del Concilio de Trento, fue creada la Congregación del índice, con el fin
de censurar corregir las obras sospechosas. El Código de Derecho Canónico prohíbe la lectura de
versiones de la Escritura no aprobadas, libros que fomenten la irreligiosidad o las herejías, libros
contrarios a las buenas costumbres, libros anticatólicos, libros editados sin autorización eclesiástica, libros
de erotismo, etcétera.
El índice Expurgatorio. resultado de estas medidas, era un catálogo de libros cuya publicación y venta
estaban prohibidas provisionalmente, hasta que fueran corregidos. Expurgatorio, de purgare, purgar,
limpiar, indica que estos libros no van a ser prohibidos, sino que algunos pasajes, cláusulas o palabras
van a ser borrados, limpiados o censurados.
13 Hijo de Júpiter y de Juno. Vulcano era el Dios de los herreros, y simbolizaba, para los alquimistas al
Fuego de los Filósofos. Sin embargo, es bastante usual decir Vulcano en vez de fuego.
por parte de todos. Finalmente, si los soldados les pedían un rescate, Su Majestad
esperaba que nadie pensase en quejarse por ello ni negarse a la redención bien con
un colgante o con cualquier otra cosa que tuvieran a mano. Después, sería deseable
que se despidieran amistosamente de nosotros y que, acompañados de nuestros
mejores deseos, regresaran con los suyos.
Los segundos, que no habían podido resistir a las pesas una, tres y cuatro, no
tendrían tan fáciles las cuentas. Pero para que se beneficiaran asimismo de la
clemencia de Su Majestad el castigo consistiría en desnudarles por completo y ser
despedidos acto seguido.
Aquellos que habían sido más ligeros que las pesas dos y cinco serían desnudados y
marcados, con uno, dos o más estigmas, según hubieran sido más pesados o más
ligeros.
Los que habían sido levantados por las pesas dos y siete, mas no por las otras, serían
tratados con menos severidad.
Y así sucesivamente, para cada una de las combinaciones se dictaba una pena
específica. Sería demasiado largo enumerarlas todas.
Los humildes, que por propia voluntad habían renunciado el día anterior a pasar la
prueba, quedarían libres sin ningún castigo.
Y para terminar, los canallas que no habían podido levantar ni un solo peso, serían
castigados con la muerte, por la espada, el agua, la cuerda o los vergajos, según
fueran sus crímenes. Y la ejecución de la sentencia se cumpliría de modo inexorable
para escarmiento de los otros.
Entonces, la virgen rompió el bastón. Después, la segunda virgen, que había leído la
sentencia, tocó la trompeta y aproximándose a la cortina blanca efectuó una profunda
reverencia.
No puedo dejar de revelar aquí al lector una particularidad que hace referencia al
número de prisioneros. Los que pesaban un peso eran siete; los que pesaban dos,
veintiuno; de tres pesas había treinta y cinco; para los de cuatro, treinta y cinco: para
cinco, veintiuno y para seis, siete.14 Pero para la pesa siete no había más que uno que
había sido levantado y con esfuerzo; era el que yo había liberado; los que habían sido
levantados con facilidad se contaban en gran número. Los que habían dejado bajar
todas las pesas eran menos numerosos.
Fue de este modo como yo los conté y anoté en mis tablillas mientras se presentaban
uno a vino. Ahora bien, y curiosamente, todos los que habían dado algún peso se
encontraban en distintas condiciones. Los que pesaban tres pesos eran efectivamente
treinta y cinco, pero uno había pesado 1, 2, 3, otro 3, 4, 5, el tercero 5, 6, y, y así
14 Aquí y ss. se exponen el binomio de Newton y las bases del cálculo binario.
sucesivamente. De modo que, milagrosamente, no había dos parecidos entre los
ciento veintiséis que habían dado algún peso. Y gustosamente los nombraría a todos,
cada uno con su peso, si no lo tuviera prohibido de momento. Aunque espero que este
secreto, junto con su interpretación, será revelado muy pronto.
Después de la lectura de la sentencia, los señores de la primera categoría
experimentaron gran satisfacción, ya que, después de una prueba tan rigurosa, no
esperaban un castigo tan leve. Dieron más de lo que se les pedía y se redimieron con
colgantes, joyas, oro, plata y en fin, con todo lo que llevaban encima.
Aunque los servidores reales tenían prohibido burlarse de ellos mientras se iban,
algunos no pudieron reprimir la risa. Y, ciertamente, fue muy divertido ver con qué
prisas se iban. Algunos, no obstante, pidieron que se les diera el catálogo prometido
para poder clasificar los libros según el deseo de Su Majestad Real, promesa que se
les había reiterado. En la puerta se dio a cada uno una copa llena del licor del
olvido15 para que el recuerdo de aquellos incidentes no atormentara a nadie.
A continuación siguieron los que se habían retractado antes de la prueba; se les dejó
pasar sin impedimento alguno por su franqueza y honestidad. Pero se les conminó a
que no volvieran nunca en tan deplorables condiciones. No obstante, si una
revelación más profunda les invitaba a hacerlo, serían, al igual que los demás,
bienvenidos como huéspedes.
Mientras tanto, los prisioneros de las categorías siguientes fueron desnudados.
También con ellos se hizo distinción según los crímenes de cada uno. A algunos los
despidieron completamente desnudos sin más castigo; a otros les ataron campanillas
y cascabeles; hubo algunos, incluso, que fueron expulsados a latigazos. En resumen,
sus castigos eran muy variados para que pueda contarlos todos.
Al fin llegó el turno de los últimos. Su condena exigió más tiempo, pues, según los
casos, fueron o bien ahorcados, o decapitados, o ahogados, o ejecutados de otras
maneras. Durante las ejecuciones no pude contener el llanto, no tanto por compasión
hacia los desgraciados, que en justicia merecían el castigo por sus crímenes, sino
porque me conmovía la ceguera humana que nos lleva a preocupamos antes que nada
por aquello en lo que hemos sido sellados tras la primera caída.
De este modo fue vaciándose el jardín que momentos antes rebosaba de gente, hasta
el punto de que no quedaron más que los soldados.
Después de estos acontecimientos se hizo un silencio que duró cinco minutos.
Entonces, un hermoso unicornio, blanco como la nieve y llevando un collar de oro
15 Se trata del agua de Leteo. el río del olvido, río de los infiernos cuya agua tenían que beber los muertos
olvidándose de todo lo pasado.
Se trata del agua de Leteo. el río del olvido, río de los infiernos cuya agua tenían que beber los muertos
olvidándose de todo lo pasado.
grabado con algunos caracteres, se aproximó a la fuente16 donde, doblando las patas
delanteras, se arrodilló como si quisiera honrar al león17 que estaba de pie sobre la
fuente.
Este león, que a causa de su completa inmovilidad18 me había parecido de piedra o de
acero, cogió inmediatamente una espada desnuda que sostenía en sus garras y la
partió en dos trozos; creo que ambos fragmentos cayeron en la fuente. Después, no
dejó de rugir hasta que una paloma blanca, llevando una rama de olivo en el pico19 se
acercó a él de un vuelo. La paloma dio la rama al león, que se la tragó, lo que le
devolvió la calma. Entonces el unicornio regresó a su lugar con unos cuantos saltos
alegres.
Un instante después la virgen nos hizo bajar de la grada por una escalera de caracol y
nos inclinamos una vez más ante los cortinajes. Luego nos ordenó que nos
vertiéramos agua de la fuente en las manos y sobre la cabeza,20 y que volviésemos a
nuestras filas tras la ablución hasta que el Rey se retirara a sus aposentos por un
corredor secreto. Se nos condujo entonces desde el jardín a nuestras habitaciones
con gran pompa y al son de los instrumentos, mientras hablábamos entre nosotros
amistosamente.
Para ayudarnos a pasar el tiempo agradablemente, la virgen ordenó que cada uno de
nosotros estuviese acompañado por un paje. Estos pajes, ricamente ataviados, eran
muy instruidos y discurrían sobre cualquier tema con tal arte que teníamos vergüenza
de nosotros mismos. Se les había ordenado que nos acompañaran en una visita al
castillo, aunque sólo algunas partes, y que nos distrajeran teniendo en cuenta
nuestros deseos en la medida que fuese posible.
16 El Unicornio, como el león, es uno de los símbolos de Mercurio. En francés, Unicornio se llama Licorne,
palabra formada por lion, león y corne, cuerno.
Según el Talmud (Zebahim, 113 b), el Unicornio se salvó del Diluvio a pesar de no haber podido entrar en
el Arca, a causa de su gran tamaño, gracias a su cuerno, con el que se fijó a ésta.
Dentro del simbolismo cristiano, el Unicornio y el león son símbolos de Cristo. Según el Talmud (Zebahim,
113 b), el Unicornio se salvó del Diluvio a pesar de no haber podido entrar en el Arca, a causa de su gran
tamaño, gracias a su cuerno, con el que se fijó a ésta.
Dentro del simbolismo cristiano, el Unicornio y el león son símbolos de Cristo.
17 En la astrología, Leo es un signo fijo y de fuego; por eso el león se ha asociado siempre al fuego, al Sol.
Como el Unicornio, el León indicaba entre los alquimistas uno de los dos aspectos del Mercurio de los
Sabios.
En la astrología, Leo es un signo fijo y de fuego; por eso el león se ha asociado siempre al fuego, al Sol.
Como el Unicornio, el León indicaba entre los alquimistas uno de los dos aspectos del Mercurio de los
Sabios.
18 Aquí se confirma que el León simboliza lo fijo, de allí “inmovilidad completa”. Observemos que en este
pasaje se le relaciona con la espada, símbolo alquímico del fijador.
19 Ver Génesis VIII-11.
20 Se trata de una alegoría al bautismo por el agua, así como a las abluciones purificadoras de los
Misterios o al disolvente hermético.
Se trata de una alegoría al bautismo por el agua, así como a las abluciones purificadoras de los Misterios o
al disolvente hermético.
Después, la virgen se despidió de nosotros prometiéndonos asistir a la cena. A
continuación se iban a celebrar las ceremonias de la Suspensión de las pesas21 y luego
tendríamos que tener paciencia hasta el día siguiente pues sólo hasta mañana no
seriamos presentados al Rey.
Cuando nos dejó, cada uno de nosotros trató de estar ocupado según sus
preferencias. Unos admiraban las hermosas inscripciones, las copiaban y meditaban
sobre el significado de los extraños caracteres; otros se reconfortaban comiendo y
bebiendo. Yo me hice conducir por mi paje a varios lugares del castillo y me alegraré
por el resto de mi vida de haber dado este paseo, pues me fueron mostrados, sin
mencionar numerosas y notables antigüedades, los panteones de los re yes, en los
que aprendí más de lo que enseñan todos los libros. En ellos se encuentra el
maravilloso fénix, acerca del cual publiqué un pequeño tratado hace dos años.22
¡Ahora tengo la intención de publicar tratados especiales concebidos con el mismo
plan y con un desarrollo similar, sobre el león, el águila, el grifo, el halcón y otros
temas!
Todavía estoy compadeciendo a mis compañeros por haber desdeñado tan precioso
tesoro; no obstante, todo me inclina a pensar que tal ha sido la voluntad de Dios.
Saqué más provecho que ellos de la compañía de mi paje, pues éstos conducían a
cada uno siguiendo sus tendencias intelectuales, a los lugares y por los caminos que
le convenían. Ahora bien, era a mi paje a quien habían confiado las llaves y fue por
esta causa que saboreé esta felicidad antes que los otros. Y ahora, aunque los
llamase, se figuraban que estas tumbas sólo podían encontrarse en los cementerios y
allí siempre tendrían tiempo de verlas si es que valía la pena. Sin embargo, estos
monumentos,23 de los que ambos sacamos una copia exacta, no serán un secreto para
nuestros discípulos más aventajados.
Después los dos visitamos la admirable biblioteca que estaba tal y como era antes de
la Reforma. Aunque mi corazón se llene de gozo cada vez que pienso en ella, no la
describiré, no obstante; además, el catálogo aparecerá dentro de poco. Junto a la
entrada de esta sala se encontraba un libro enorme como no había visto nunca otro
igual, que contenía la reproducción de todas las figuras, salas y puertas, así como los
enigmas e inscripciones que hay en todo el castillo. Pero aunque haya empezado a
divulgar estos secretos, me detengo aquí pues no debo decir nada más en tanto el
mundo no sea mejor de lo que es.
21 El autor se refiere aquí a la última escena de este tercer día.
22 No se conoce ninguna obra de Andreae consagrada especialmente al ave Fénix; sin embargo. otro
rosacruz, Miguel Maier, publicó en 1622 unas Cantilenæ Spirituales de Phoenice Redivivo (Canciones
intelectuales acerca de la resurrección del Fénix). de gran belleza e interés. Es, posible que existan
ediciones anteriores de esta obra que, como era costumbre, circuló largo tiempo en forma de manuscrito
antes de publicarse.
23 Los Filósofos Herméticos han utilizado a menudo el término “tumba” para alegorizar la putrefacción de la
materia de la obra. Son corrientes en sus libros expresiones como “coge tierra de la tumba” o “poner a
nuestro Rey, en su tumba”. Para otros, la tumba o el sepulcro son el símbolo del vaso hermético. Por otra
parte, místicamente hablando, la tumba es un símbolo de la memoria profunda.
Junto a cada libro vi el retrato de su autor; creí entender que muchos de estos libros
serán quemados para que entre los hombres de bien desaparezca incluso su recuerdo.
Al terminar esta visita, en el mismo umbral de la puerta se nos acercó corriendo otro
paje que dijo algunas palabras en voz baja al oído del mío. cogió las llaves que éste lo
entregó y desapareció por la escalera. Al ver que el paje que me acompañaba
palidecía espantosamente le interrogué y tanto insistí que acabó por informarme que
Su Majestad prohibía que nadie visitase ni la biblioteca ni el panteón y me rogó que
mantuviese estas visitas en el más riguroso secreto de modo a salvarle la vida,
puesto que nuestro paso por dichos lugares ya había sido negado. Estas palabras me
estremecieron de espanto pero al mismo tiempo me alegraron. El secreto fue
guardado celosamente y, además, aunque habíamos pasado más de tres horas entre
las dos salas, nadie se preocupó por ello.
Sonaron las siete, pero no fuimos llamados a la mesa. Las renovadas distracciones
nos hacían olvidar el hambre y con un régimen así ayunaría con gusto toda la vida.
Esperando la cena nos mostraron las fuentes, las minas y varios talleres cuyo
equivalente no podríamos fabricar ni con todos nuestros conocimientos reunidos. Las
salas estaban dispuestas en semicírculos en todos los lugares de tal manera que se
podía ver fácilmente el precioso Reloj establecido en el centro sobre una elevada
torre: dicho reloj se acomodaba a la posición de los planetas que en él se reproducían
con una precisión admirable. Ello nos mostró con la evidencia en qué pecan nuestros
artistas, pero no me incumbe a mí instruirlos.
Finalmente, llegué a una espaciosa sala que ya había sido visitada por otros; contenía
un Globo terrestre cuyo diámetro medía treinta pies. Casi la mitad de la esfera estaba
bajo el suelo excepto una barandilla rodeada de escaleras. El Globo era movible y
dos hombres lo hacían girar cómodamente de modo que nunca se podía ver lo que
quedaba bajo el Horizonte. Si bien supuse que debía servir para algún uso
determinado, no llegaba a comprender la finalidad de unos anillitos de oro que
estaban fijos por doquier sobre la superficie. Mi paje sonrió y me invitó a
contemplarlos con mayor detenimiento. Por fin descubrí que mi patria estaba
marcada con un anillo de oro; entonces mi compañero buscó la suya y halló una
señal similar, y como esta constatación se verificó también con otros que habían
pasado la prueba, el paje nos dio la siguiente explicación, asegurándonos la veracidad
de la misma.
Ayer, el viejo Atlas24 -éste es el nombre del Astrónomo- había anunciado a Su
Majestad que todos los puntos dc oro correspondían con gran exactitud a los países
24 Nos hemos referido ya a Atlas en la nota 18 de la Jornada segunda. Vemos que aquí se le relaciona con
el Globo terrestre y la cartografía. El simbolismo del Globo terrestre es muy misterioso y resulta curioso y
significativo observar que casi todas las vírgenes negras tienen en su mano uno de estos globos. No
pudiendo decir aquí más que Christian Rosacruz, aconsejamos al lector que medite este párrafo. La visita al
interior del Globo ilustra el conocido adagio hermético que dice: “Visita el interior de la tierra, rectificando
hallará la piedra oculta. medicina universal” (Visita interiore teerrum rectificando invenies occultum
lapidem universalem medicinam): V.I.T.R.I.O.L.U.M.
de algunos de los invitados. Había visto que yo no intentaba la prueba.. aunque mi
patria estaba marcada por un punto; entonces ordenó a uno de los capitanes que
solicitara que nos pesaran por lo que pudiera ocurrir, sin peligro para nosotros, y
esto porque la patria de uno de entre nosotros se distinguía por un signo bien visible.
El paje añadió que era el que disponía de más poder entre los otros pajes y que si
había sido puesto a mi disposición era por una razón especial. Le expresé mi
agradecimiento y después examiné con más atención mi patria, comprobando que al
lado del anillo también había bellos centelleos. No es por vanagloriarme ni por
presunción que relato esto.
Aquel globo me enseñó bastantes cosas más que, no obstante, no publico.
Que el lector intente averiguar por qué razón no todas las ciudades tienen un
Filósofo.
Después nos hicieron visitar el interior del Globo, en el que entramos de la siguiente
manera: en el espacio que representaba el mar, que obviamente ocupaba una gran
parte, se encontraba una placa con tres dedicatorias y el nombre del autor. Esta
placa podía levantarse fácilmente y abría la entrada por la que podíamos penetrar
hasta su centro abatiendo una plancha movible; había sitio para cuatro personas. En
el centro sólo había una plancha redonda, pero cuando se llegaba a ella podíamos
contemplar las estrellas en pleno día aunque a aquella hora ya estaba oscuro. Me
pareció que eran puros carbunclos25 que realizaban en orden su curso natural y estas
estrellas brillaban con tal belleza que no podía dejar de contemplar el espectáculo.
Más tarde el paje le contó a la virgen que se rió de mí por esta razón varias veces.
Llegó la hora de la cena y me había entretenido tanto en el globo que iba a llegar a la
mesa en último lugar, así que me apresuré a volverme a poner mis vestidos -que me
había quitado antes- y me dirigí hacia ella. Los servidores me acogieron con tantas
reverencias y muestras de respeto que, muy confuso, no me atrevía a levantar la
mirada. Sin darme cuenta pasé de esta guisa al lado de la virgen que me esperaba:
enseguida se dio cuenta de mi turbación, me tomó por el vestido y de este modo me
condujo a la mesa.
Pido disculpas por no hablar ahora de la música y de otras maravillas pero no
solamente me faltan palabras para describirlas del modo más conveniente sino que
no sabría añadir nada a las alabanzas que ya hice de ellas anteriormente: en
resumen, allí no había más que el producto del más excelso arte.
Durante la cena contamos nuestras ocupaciones de la tarde, aunque callé la visita a
la biblioteca y a los monumentos. Cuando el vino nos hizo más comunicativos, la
virgen tomó la palabra y dijo:
25 El carbunclo. que en la Edad Media recibía el nombre de “granate noble”, era una piedra imaginaria, de
gran luminosidad, “capaz de iluminar una habitación”.
“Queridos señores: en estos momentos estoy en desacuerdo con mi hermana.
Tenemos un águila en nuestros apartamentos y cada una de las dos quisiera ser su
preferida: hemos discutido frecuentemente al respecto. Para concluir el asunto hemos
decidido finalmente mostrarnos a ella las dos juntas y acordarnos que pertenecería a
aquella a quien testimonia mayor amabilidad. Cuando acordamos el proyecto llevaba.
según es mi costumbre. un ramo de laurel en las manos, mientras que mi hermana no
lo llevaba. Al vernos. el águila tendió a mi hermana el ramo que sujetaba con el pico
y. a cambio, me pidió el mío. que yo le di. Las dos dedujimos que cada una era la
preferida. ¿Qué opináis de esto?”
La pregunta que, por modestia, nos hizo la virgen picó nuestra curiosidad y a todos
nos hubiera agradado hallar la respuesta. Pero las miradas se dirigieron hacia mí y
me pidieron que fuera el primero en manifestar mi opinión. Me turbé de tal modo que
no pude responder sino planteando la misma cuestión de un modo diferente y dije:
“Señora: sólo una dificultad se opone a la solución a la pregunta que, sin ella, tendría
una fácil respuesta. Yo tenía dos compañeros muy apegados a mí, pero como
ignoraban a cuál de ellos otorgaba mi preferencia decidieron llegarse a mí corriendo
convencidos de que aquel a quien yo acogióse antes, sería mi predilecto. Sin
embargo, como uno no podía seguir al otro, se quedó rezagado y lloró; al que llegó
primero lo acogí con sorpresa. Cuando lile explicaron la finalidad de la carrera no
pude decidirme a dar solución a su problema y tuve que postergar mi decisión hasta
que yo mismo tuviera claros mis sentimientos.”
La virgen se mostró sorprendida ante mi respuesta. Comprendió muy bien lo que
quería decir y respondió: “¡Vaya!.. estamos en paz”
.
Después pidió el parecer de los otros. Mi historia les había instruido y el que siguió
habló así:
“No hace mucho fue condenada a muerte en mi ciudad una virgen: pero como el Juez
tuvo piedad de ella, proclamó que quien quisiera entrar en liza por defenderla
probando su inocencia mediante un combate, sería admitido a la prueba. La virgen
tenía dos pretendientes, uno de los cuales se armó inmediatamente y se presentó en
el palenque en espera de su contrincante. Poco después entró el otro, pero como
había llegado tarde tomó el partido de combatir y dejarse vencer para que la virgen
salvara la vida. Cuando el combate acabó, ambos reclamaron la virgen. Decidme
ahora, señores: ¿a quién la otorgáis?”
La virgen no pudo dejar de decir: “Creía que os enseñaba y me tenéis cogida en mi
propia trampa; no obstante, desearía saber si todavía otros tomarán la palabra”.
“En efecto -respondió un tercero-. Nunca me contaron aventura más sorprendente
que la que me ocurrió. En mi juventud amaba a una joven honrada y, para que mi amo
pudiera lograr su finalidad, tuve que servirme de la ayuda de una anciana gracias a la
cual por fin alcancé mi objetivo. Pero ocurrió que los hermanos de la joven nos
sorprendieron cuando estábamos los tres reunidos. Se encolerizaron de forma tan
violenta que quisieron matarme. Finalmente, a fuerza de ruegos, me hicieron jurar
que las tomaría a ambas alternativamente como mujeres legítimas, cada una por un
año. Y decidme, señores, ¿por cuál debería comenzar, por la joven o por la vieja?”
Este enigma nos provocó la hilaridad por un buen rato y, aunque algunos
cuchicheaban. nadie quiso pronunciarse.
A continuación, el cuarto comenzó del siguiente modo:
“En una ciudad vivía una honesta dama de la nobleza, querida por todos y en especial
por un joven gentilhombre. Como éste se hacía demasiado insistente, creyó
desembarazarse de él prometiéndole acceder a sus deseos si la llevaba en pleno
invierno a un jardín exuberante de verdor y lleno de rosales florecidos, ordenándole
que no apareciese más ante ella hasta el día que conviniese. El gentilhombre recorrió
el mundo buscando a un hombre capaz de realizar semejante milagro. Por fin encontró
a un anciano que prometió hacerlo a cambio de la mitad de su fortuna. Llegados a un
acuerdo en este punto, el anciano cumplió lo prometido y el galán invitó a la dama a
acudir a su jardín. En contra de sus esperanzas, la dama lo halló todo lleno de verdor,
ameno, con una temperatura agradable y recordó su promesa, aunque no expresó
más que un deseo: que se le permitiera volver una sola vez con su esposo. Cuando se
reunió con éste, le confió sus cuitas, llorando y suspirando. El señor, muy tranquilo
sobre la fidelidad de los sentimientos de su esposa, la envió a su amante estimando
que, a semejante precio, la había ganado. El gentilhombre, conmovido ante tal
rectitud y temeroso de pecar si tomaba esposa tan honesta, la devolvió con todos los
honores a su señor. Pero cuando el anciano supo de la probidad de ambos, decidió,
aun siendo pobre como era, devolver todos los bienes al gentilhombre. Así que,
queridos señores, yo ignoro cuál es la más honesta de estas personas.”
Callamos todos y la virgen, sin responder nada, pidió que siguiera algún otro.
El quinto continuó así:
“Queridos señores, no haré grandes discursos. ¿,Quién es más dichoso, el que
contempla el objeto que ama o el que no deja de pensar en él?”
“El que lo contempla”, dijo la virgen.
“No”, repliqué. E iba a iniciarse una discusión cuando un sexto intervino:
“Queridos señores, tengo que contraer un enlace. Puedo elegir entre una joven, una
casada y una viuda. Ayudadme a escoger y os ayudaré a resolver la cuestión
anterior.”
El séptimo respondió:
“Cuando la cosa se puede elegir es aceptable, pero mi caso fue distinto. En mi
juventud amaba a una hermosa y honrada joven con todo mi corazón y ella me
correspondía. No obstante esto, no podíamos unirnos a causa de los obstáculos
interpuestos por sus amigos. Fue dada en matrimonio a otro hombre que era
igualmente recto y honrado. La rodeó de cariño hasta que el día del parto ella cayó
en un desvanecimiento tan profundo que todos la creyeron muerta y la enterraron
entre la aflicción general. Pensé que tras su muerte podría abrazar a esta mujer que
no había sido mía en vida y con la ayuda de mi sirviente la desenterré a la caída de la
tarde. Cuando abrí el ataúd y la estreché en mis brazos, me di cuenta de que su
corazón palpitaba, aunque débilmente, pero cada vez con más fuerza a medida que yo
la calentaba. Cuando estuve seguro de que vivía la llevé a escondidas a mi casa,
reanimé su cuerpo con un delicioso baño de hierbas y la confié a los cuidados de mi
madre. Dio a luz un hermoso niño al que cuidé con tanta diligencia como pudiera
hacerlo una madre. Dos días después, con gran sorpresa por su parte, le conté lo que
había ocurrido y le pedí que en adelante se quedara en mi casa como si fuera mi
esposa.
“Muy apenada, declaró que su esposo siempre la había amado fielmente, que debía
de estar muy apesadumbrado, pero que por lo ocurrido, el amor la entregaba tanto a
uno como a otro. Al regresar de un corto viaje invité a su esposo y le pregunté si
acogería bien a su difunta mujer si ella apareciera. Cuando me respondió de modo
afirmativo llorando con amargura le traje a su esposa e hijo, le conté todo lo que
había ocurrido y lo pedí que ratificara con su consentimiento mi unión con ella.
Después de una larga discusión tuvo que renunciar a discutir mis derechos sobre la
mujer y a continuación nos querellarnos por el niño.”
En este punto intervino la virgen del modo siguiente:
“Me sorprende saber que hayáis podido aumentar el dolor de ese hombre.”
“¡Cómo! -respondió aquél-. ¿No estaba en mi derecho?”
Empezó una discusión entre nosotros; la mayor parte era del parecer de que había
hecho bien.
“No --dijo-, le devolví ambos, su mujer y su hijo. Decidme ahora, señores, ¿fue mayor
la rectitud de mi acción o la alegría del esposo?”
Estas palabras agradaron tanto a la virgen que hizo circular la copa en honor de
ambos.
Los otros enigmas propuestos a continuación eran tan embrollados que no pude
retenerlos todos, aunque aún recuerdo la siguiente historia contada por uno de mis
compañeros:
Años atrás un médico le había comprado madera con la que se calentó durante el
invierno, pero cuando llegó la primavera revendió la misma madera, con lo que
resultó que la había usado sin haberla consumido.
“Sin duda, eso se hace por arte -dijo la virgen-, pero el tiempo pasa y hemos llegado
al final de la cena.”
“Así es -respondió mi compañero-, y que el que no encuentre solución a estos
planteamientos que la pregunte a cada cual; no creo que se la nieguen.”
Se recitó el acción de gracias y todos nos levantamos de la mesa más bien alegres y
satisfechos antes que cebados de alimentos. Y deseamos con fervor que todos los
banquetes y festines terminasen del mismo modo.
Cuando nos hubimos paseado un poco por la sala, la virgen nos preguntó si
deseábamos asistir al inicio de las bodas. Uno de nosotros respondió: “Oh, sí, virgen
noble y virtuosa”.
Entonces, mientras conversaba con otros, despachó a un paje en secreto. Se
mostraba tan afable con todos nosotros que osé preguntarle su nombre. La virgen no
se molestó en absoluto con mi atrevimiento y respondió con una sonrisa:
“Mi nombre contiene cincuenta y cinco y sin embargo sólo tiene ocho letras; la
tercera es el tercio de la quinta; si la agregamos a la sexta, forma un número cuya
raíz excede a la primera letra en una cantidad mayor que la tercera letra y que es la
mitad de la cuarta. La quinta y la séptima son iguales. La última es asimismo igual a
la primera y las dos, junto con la segunda, suman tanto como la sexta que, a su vez,
no tiene sino cuatro más de lo que tiene la tercera tres veces. Y ahora, señores, ¿cuál
es mi nombre?”26
El problema me pareció asaz difícil de resolver, pero no me amilané y pregunté:
“Noble y virtuosa virgen, ¿no podría conocer aunque sólo fuese una de las letras?”
“Evidentemente ---dijo--, es posible.”
“¿Cuánto tiene la séptima?”, pregunté.
“Tanto como señores hay en la sala”, respondió.
Esta respuesta fue suficiente y encontré fácilmente su nombre. La virgen se mostró
muy contenta por ello y nos anunció que nos serían reveladas muchas más cosas.
26 Debemos la solución de este enigma nada menos que a Leibniz, que también fue rosacruz (ver La
Entrada Abierta... op. cit., pág. 11, nota 6). Colocando el valor numérico de las letras (A= 1, C=3, L= 12,
etcétera), este autor descubrió que se trataba de A.L.C.H.l.M.I.A.
Pero entonces vimos aparecer varias vírgenes magníficamente ataviadas, que iban
precedidas por dos pajes que alumbraban su camino. El primero de estos pajes tenía
una cara alegre, ojos claros y formas armoniosas; el aspecto del segundo era de
irritación y, como después observé, todos sus deseos tenían que cumplirse. En primer
lugar, los seguían cuatro vírgenes. La primera bajaba con castidad los ojos y sus
gestos revelaban una profunda humildad; la segunda virgen era casta y púdica. La
tercera se sobresaltó al entrar en la sala. Más tarde supe que no podía permanecer
donde hubiese demasiada alegría. La cuarta nos trajo unas flores, símbolo de sus
sentimientos de amor y abandono.
A continuación iban otras dos vírgenes engalanadas con mayor riqueza, que nos
saludaron. La primera lucía un traje azul tachonado de estrellas doradas; la segunda
llevaba un vestido verde con rayas rojas y blancas y ambas llevaban en sus cabellos
cintas que flotaban al aire, que les sentaban a las mil maravillas.
La séptima virgen iba sola. Lucía una pequeña corona y sus miradas se dirigían con
más frecuencia al cielo que a la tierra. Creímos que era la novia, en lo que errarnos
de mucho, aunque su nobleza era grande tanto por la reputación como por la riqueza y
su linaje. Fue ella quien en muchas ocasiones ordenó el desarrollo de las bodas.
Imitamos a nuestra virgen y nos arrodillamos al pie de esta reina pese a que se
mostraba humilde y piadosa. Nos tendió la mano a todos al tiempo que nos decía que
no nos extrañáramos demasiado por este favor que no era más que el menor de sus
dones. Nos exhortó a elevar nuestros ojos al Creador, a reconocer su omnipotencia
en cuanto estaba sucediendo, a perseverar en el camino que habíamos emprendido y
a emplear estos dones para gloria de Dios y el bien de los hombres. Estas palabras,
tan distintas de las de nuestra virgen, más mundanas, me llegaron directamente al
corazón. Después, se dirigió a mí diciéndome: “Tú has recibido más que los otros,
intenta, pues, dar más”.
Quedamos todos un poco sorprendidos al escuchar estas palabras, pues cuando
vimos a las vírgenes creímos que íbamos a bailar.
Las pesas de las que he hablado anteriormente, estaban aún en el mismo sitio. La
reina -ignoro quién era- invitó a cada una de las vírgenes a que tomara una y después
dio la suya, la última y más pesada, a nuestra virgen, indicándonos que nos
colocáramos detrás. De esta forma fue como nuestra majestuosa gloria se vio un
poco rebajada. Fácilmente advertí que nuestra virgen era demasiado buena con
nosotros y que no inspirábamos tan alta estima como habíamos empezado a creer.
Así pues, la seguimos en fila y se nos condujo a una primera sala. En ella nuestra
virgen colgó primero el peso de la reina, mientras cantaba una hermosa canción. No
había en la sala nada especial, salvo algunos bellos libros de oraciones, fuera de
nuestro alcance. En el centro, un reclinatorio en el que se arrodilló la virgen y
nosotros hicimos lo propio a su alrededor al tiempo que repetíamos la oración que
ella leía en uno de los libros. Pedimos con fervor que estas bodas se realizasen para
gloria de Dios y para nuestro bien.
Después llegamos a la segunda sala donde la primera virgen colgó a su vez el peso
que llevaba, y así seguimos hasta que se cumplieron todas las ceremonias. Entonces
la reina tendió de nuevo la mano a cada uno de nosotros y se retiró acompañada de
las otras vírgenes.
Nuestra presidente todavía permaneció unos ins tantes con nosotros, pero como eran
casi las dos de la madrugada no quiso retenernos más tiempo, aunque me pareció
observar que le agradaba nuestra compañía, y nos deseó buenas noches y nos dijo
que durmiéramos tranquilamente y de este modo se separó de nosotros,
amistosamente, casi de mala gana.
Nuestros pajes habían recibido instrucciones y nos llevaron a nuestras respectivas
habitaciones, acostándose en un segundo lecho instalado en el mismo aposento, por si
necesitábamos de sus servicios. Ignoro cómo estaban dispuestas las de mis
compañeros, pero mi habitación se encontraba toda guarnecida con tapicería y
maravillosos cuadros, y amueblada con propiedad. Aunque a todo ello prefería la
compañía del paje, tan elocuente y versado en las artes, que le escuché con gusto
durante una hora aún, antes de dormirme a las tres y media.
Fue mi primera noche apacible pese a que un angustioso sueño me impidió disfrutar
del reposo enteramente a mi gusto, pues toda la noche soñé que me obstinaba en
abrir una puerta que no cedía, hasta que finalmente logré abrirla. Esta fantasía turbó
mi descanso hasta que por fin el día me despertó.















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