martes, 28 de junio de 2016

Los secretos pierden su valor;

Los secretos pierden su valor;
la profanación destruye la gracia.
Así pues, no arrojes perlas a los puercos
ni hagas lechos de rosas para los asnos

Orígenes y documentos fundamentales de la Rosa-Cruz
Recibe el nombre de Rosa-Cruz una hermandad oculta de buscadores espirituales
que surgió en Alemania hacia el siglo XVII; sin embargo, las primeras noticias de
unos ”Hermanos de la Rosa-Cruz” en Europa son fechables en el siglo XIV1.
Por otra parte, la primera manifestación pública de la Rosa-Cruz como escuela
constituida parece haber tenido lugar en París cuando, en agosto de 1623,
aparecieron fijados en algunas paredes de esta ciudad unos carteles que decían:
“Nosotros, diputados del Colegio principal de los Hermanos de la Rosa †Cruz,
tomamos morada visible e invisible en esta ciudad por la Gracia del Altísimo, hacia el
que se vuelve el corazón de los Justos. Enseñarnos sin libro ni máscara a hablar toda
clase de lenguas de los países donde queremos estar, para liberar a los hombres
nuestros semejantes de errores de muerte.”2
“Nosotros, diputados del Colegio de la Rosa † Cruz, asesoramos a todos aquellos
que deseen entrar en nuestra Sociedad y Congregación. enseñándoles el perfecto
conocimiento del Altísimo [...], advertirnos al lector que conocemos sus
pensamientos, que si su voluntad es vernos únicamente por curiosidad, nunca
comunicará con nosotros; pero si la voluntad le lleva realmente a inscribirse en el
registro de nuestra confraternidad, nosotros, que juzgamos los pensamientos, le
haremos ver la verdad de nuestras promesas, de tal modo que no damos la dirección
de nuestra morada, ya que los pensamientos unidos a la voluntad real del lector serán
capaces de hacer que nos conozca y de que le conozcamos.”3
Nueve años antes de estas manifestaciones públicas había aparecido en Cassel un
curioso opúsculo de unas 15 páginas in l2° que trataba de la Rosa-Cruz: La Fama
Fraternitatis.4 El término latino “fama” designa un rumor público, una voz común,
una noticia que va de boca en boca. Se trata de una “Común y general reforma de
todo el vasto mundo, seguida de la Fama Fraternitatis de la loable orden de la
Rosa-Cruz”.
Todo lo que se ha podido averiguar a propósito de los orígenes de la Rosa-Cruz
procede de este libro, donde se encuentra la narración de la vida de Christian
Rosacruz. Como veremos más adelante, este personaje, que en el fondo es simbólico,
estuvo en contacto con el mundo islámico. Esto ha llevado a muchos autores, entre
ellos René Guénon y Emile Dantinne, a ver un origen islámico en la fraternidad
Rosa-Cruz.
La Fama Fraternitatis alude a una fraternidad secreta fundada por Christian
Rosacruz que, a lo largo de sus viajes por el Oriente musulmán, obtuvo la revelación
de los secretos de “la ciencia armónica universal”. Basándose en estas enseñanzas,
concibió un plan para reformar filosófica, religiosa, artística, científica, política y
moralmente el mundo, para cuya realización se rodeó de algunos discípulos.
Según Emile Dantinne,5' Christian Rosacruz habría entrado en contacto con “Los
Hermanos de la Pureza”, sociedad filosófica formada en Basra en la primera mitad
del siglo IV de la Hégira (622). Las doctrinas de esta sociedad no estaban del todo de
acuerdo con la ortodoxia islámica, sino que se apoyaban en gran parte en los antiguos
filósofos griegos y en los neopitagóricos.
Los “Hermanos de la Pureza” difieren de los sufíes en algunos puntos, aunque están
de acuerdo en muchos otros. Ambas son “místicas que derivan de la teología
coránica. El dogma está aquí suplantado por la fe en la Realidad divina”.6
Basándose sobre todo en sus precursores griegos y alejandrinos, los sabios del Islam
estudiaron y desarrollaron la astrología y la alquimia que, a través de las Cruzadas,
volverían a Europa. Muchas de las ideas principales de estas dos ciencias aparecen
no sólo en la Fama Fraternitatis, sino también en las “Bodas Alquímicas”.
Los verdaderos Rosa-Cruces que, como veremos, no hay que confundir con los
rosacruces del siglo XVII o, menos aún con los actuales, permanecieron siempre en
el anonimato. Si alguno de ellos jugó un papel importante en la historia, se guardó
bien de presentarse como Rosa-Cruz. Como los sufíes en el esoterismo islámico, los
Rosa-Cruces auténticos no utilizaron nunca en público este título. Como escribe
Guénon de un modo tajante, “Si alguien se ha declarado a sí mismo Rosa-Cruz o Sufí,
se puede afirmar, sin necesidad de examinar las cosas más profundamente, que
realmente no lo era”.7 Afirmación lo suficientemente clara para darse cuenta de qué
son, en el fondo, los rosacruces actuales que se anuncian en la prensa.
Es innegable que hubo, en los orígenes de la Rosa-Cruz, una colaboración entre
iniciados en los dos esoterismos: el cristiano y el islámico; esta colaboración
continuaría realizándose, bajo otras formas, ya que su razón de ser es precisamente
mantener el lazo entre las iniciaciones de Oriente y Occidente.

La Fama Fraternitatis
El breve texto de la Fama Fraternitatis está precedido de un prefacio “al avisado y
entendido lector” en el que se exponen las ideas fundamentales de la doctrina
Rosa-Cruz.
“La Sabiduría, soplo del poder divino y rayo de la magnificencia del Altísimo, es para
los hombres un tesoro infinito.”
“Nuestro padre Adán poseía en su totalidad este tesoro antes de la caída, y gracias a
él pudo nombrar a los animales de los campos y a los pájaros del cielo que el Señor
Dios puso delante suyo.”1
“La triste caída en el pecado ha mermado esta joya magnífica de la Sabiduría y
propagado la orgullosa oscuridad e incomprensión por el mundo. Sin embargo, Dios la
ha desvelado por instantes a sus amigos. pues el sabio rey Salomón nos da testimonio
de este hecho: ha accedido, por su oración aplicada a su aspiración, a esta sabiduría,
de modo a conocer cómo fue creado el Mundo, la fuerza de los elementos, el medio y
el final de los tiempos, cómo comienza y acaba el día, cómo se transforman las
estaciones, cómo evoluciona el año, etcétera.”2
“Todo cristiano ha de ser un verdadero Jesuita, o sea, ha de caminar. vivir, ser,
permanecer en Jesús.”
“Aquí está el verdadero rubí real, la noble, brillante piedra roja de la que se ha dicho
produce en las tinieblas un resplandor luminoso, que es un medicamento perfecto
para todos los cuerpos, que transforma en oro puro a los metales, que deja atrás
todas las enfermedades, angustias, penas y melancolías de los hombres.”
El texto prosigue comentando el sacramento de la Eucaristía, comparando las
enseñanzas de la Biblia con las de Platón, Aristóteles y Pitágoras y arremetiendo
contra los “aventureros y malandrines” que vanamente pretenden fabricar oro.
Desde los primeros párrafos, la Fama Fraternitatis se presenta como portavoz de un
cristianismo gnóstico que pretende ir más al fondo que el catolicismo oficial de Roma.
El nombre del protagonista de la obra que, como veremos, es Christian Rosacruz,
evoca ya la idea de un “cristianismo rosacruz”. No puede negarse que se trata de un
modo de abordar las doctrinas cristianas que goza de una gran falta de rigor en lo
concerniente a la mitología, el simbolismo o la alquimia. Si esta elasticidad pudo ser
causa de herejía, como frecuentemente lo ha sido, hay que admitir, no obstante, que
permite acercarse con una perspectiva más amplia el problema del esoterismo
cristiano.
1 Ver a este respecto nuestra introducción a Las Enseñanzas de Jesucristo a sus Discípulos, Ed. Obelisco.
2 Ver Sabiduría VII-7 a 21.
En la segunda parte de este opúsculo aparece el relato de la vida del hermano C. R.
Si hemos de creer a la Confessio, el segundo libro rosacruz que apareció al año
siguiente de la publicación de la 1Fama Fraternitatis, se trataría de Christian
Rosacruz.
Nacido en 1378, en el seno de una familia noble, Christian perdió a sus padres
cuando era todavía niño. Fue educado en un convento en el que entró a los cuatro
años y del que no salió hasta los dieciséis (o sea doce años simbólicos), para realizar
los viajes que nos narra la Fama Fraternitatis En el convento adquirió un
conocimiento bastante aceptable del latín y el griego, trabando amistad con un
hermano, el P. a. e., con el que emprendería una peregrinación al Santo Sepulcro. C.
R. desembarcó en Damcar, donde entró en contacto con los sabios de esta ciudad,
“capaces de grandes maravillas”. No se ha podido averiguar dónde está esta ciudad
que, por otra parte, no puede estar muy lejos de Jerusalén, pero que no corresponde
ni a Damasco ni a ninguna otra ciudad cuyo nombre pueda parecérsele.
En Damcar aprendió árabe con tanta celeridad que al cabo de un año tradujo al latín
el famoso libro M.3 que se llevaría con él.
Habiendo permanecido unos tres años en Damcar, pasando por Egipto, se dirigió a
Fez4 donde se puso en contacto con los iniciados de esta ciudad, pasando luego por
España antes de regresar a Alemania, donde formaría el primer núcleo de la cofradía
de la Rosa-Cruz.
Los sabios que encontró en Fez estaban en contacto con los iniciados de los otros
países islámicos y conocían todas las llamadas “Ciencias Ocultas”, que C. R.
estudiaría con ellos.
Si meditamos en los breves extractos de la Fama Fraternitatis que acabamos de
leer, veremos que se trata de una filosofía cristiana profundamente ligada al
hermetismo. Se ha hablado de sincretismo entre las enseñanzas herméticas y el
cristianismo. En efecto, en la Fama Fraternitatis (así como en la Confessio y en las
“Bodas Alquímicas”), se recogen con toda naturalidad doctrinas herméticas y
3 Se trata, sin duda, del Liber Mundi, el “Libro del Mundo”, por oposición al Liber Gratiæ, el “Libro de la
Gracia”. Este libro no ha sido encontrado aunque, según la Fama Fraternitatis, Christian Rosacruz lo
habría traducido al latín. Tanto los historiadores como los pseudorosacruces de principios de siglo se
partieron la cabeza intentando identificarlo con algún libro existente, a alguna obra de Magia o de Alquimia
conocida. No lograron esclarecer nada, pues se trata de un libro simbólico, del “Libro” por excelencia, que
el Adepto ha de ir a buscar a Oriente. No hablamos aquí del Oriente situable en nuestros mapas, sino del
Oriente místico. Para más precisiones, remitimos al lector a toda la obra del ilustre filósofo, ya fallecido,
Henry Corbin, especialmente su L’Homme de Lumière dans le Soufisme Iranien, Ed. Présence, París 1971.
Es el Liber Mundi, porque se trata del mundo espiritual que, según la feliz definición de Corbin es “la
totalidad concreta que el hombre alimenta con su propia sustancia, por encima de los límites de esta vida”,
como si fuera un libro que permanece intacto eternamente.
4 Recordemos que esta ciudad santa de Marruecos fue, durante la Edad Media, uno de los centros más
florecientes en lo que a la práctica de la alquimia se refiere.
kabalísticas junto a las cristianas. Pero el autor de la Fama Fraternitatis, como
ocurre con muchos de los llamados alquimistas y kabalistas cristianos de la época, no
intenta poner de acuerdo doctrinas diferentes, ni aprovechar elementos
pertenecientes a culturas distintas. Como escribe Henry Corbin, “se abusa con
facilidad del empleo de la palabra ‘sincretismo’”. Casi siempre, esta palabra sirve
como argumento para no tomar en serio algún generoso proyecto que pone en
presente doctrinas que se convenía pertenecían al “pasado resuelto”. Sin embargo,
nada hay más fluctuante que esta noción de “pasado”; de hecho, depende de una
decisión o de una predecisión que pueden estar superadas por otra que vuelva a dar
futuro a este pasado”.5
El autor de la Fama Fraternitatis utiliza el lenguaje y la cultura cristianos para
exponer unas doctrinas que se encuentran en todas las tradiciones y en todas las
épocas. No inventa nada; no remodela nada, se limita a decir de nuevo lo que ha sido
dicho ya, pero se ha olvidado. El mito de la caída y la excelsitud de la sabiduría no
son monopolio de Roma; los libros de los kabalistas contienen alusiones constantes a
éstos y otros temas; es más, la llamada “filosofía hermética» de los alquimistas se
basa en gran parte en estos presupuestos.6
Pero la originalidad con la que estas verdades universales, sin estar las más de las
veces en contradicción con la ortodoxia, son presentadas, es mucha; algunas
afirmaciones resultaron ser un poco fuertes y suscitaron el odio en los medios
eclesiásticos. Entre sus numerosos calumniadores, dos jesuitas, el padre Gaultier y el
padre Goelessius, llegaron a hablar de ateísmo y relacionaron a la fraternidad
Rosa-Cruz con el pensamiento de Lutero, lo cual, en la época y en ciertos medios era
casi como hablar del diablo.7 De todos modos, no hay que olvidar que Juan Valentín
Andreae, supuesto autor de las “Bodas Alquímicas”, era nieto de Jacobo Andreae,
conocido por “El Lutero de Würtemberg”, que fue uno de los más ardientes
defensores del luteranismo.
5 Ver Henry Corbin, L’Homme de Lumiére..., op. cit.- pág. 29.
6 Ver nuestra introducción a Cuatro Tratados de Alquimia, pág. 11, Ed. Visión Libros, Barcelona 1979.
7 Ver Jean-Pierre Bayard, La Symbolique des Rose-Croix, Payot, París 1976, pág.23.
La Confessio
Al año siguiente de la publicación de la Fama Fraternitatis, aparece, al mismo
tiempo en Cassel y en Frankfurt la Confessio, el segundo libro básico de la literatura
Rosa-Cruz. Anónimo como el anterior, este libro exhala la misma exaltación mística y
apocalíptica que se podía apreciar en la Fama Fraternitatis, apoyándose a menudo
en la Astrología y presentando algunos nexos evidentes con la Kabala.
Una de las ideas más curiosas que encontramos en él, denotadora de un profundo
conocimiento del esoterismo kabalístico, es que los caracteres o letras que Dios ha
incorporado en la Santa Biblia, están también netamente impresos en la maravillosa
criatura que son los cielos y la tierra. Adivinarnos aquí que la Biblia es un símbolo,
una suerte de arquetipo del Liber Mundi al que aludía la Fama Fraternitatis.
Las referencias a este misterioso libro dentro de la literatura esotérica, kabalística o
alquímica son constantes, podríamos decir que sólo hablan de él, pero resultan tan
terriblemente oscuras que habrá que esperar cuatro siglos para encontrarse con esta
idea claramente expresada en “El Mensaje de Nuevo Encontrado”:
“El libro donde Dios ha escrito su secreto es el cielo y la tierra. Por esto el hombre
santo y sabio estudia la Ciencia del Señor en la paz del Jardín de Edén.”1
No podemos extendemos aquí a propósito de este libro en el que la letra y el espíritu
están unidos, en el que el Sol y la Luna están casados, pero no dudamos en afirmar
que es el Libro de las Eternas Bodas que creemos queda perfectamente simbolizado
por “Las Bodas Alquímicas”.
Según su autor, el objetivo de la Confessio es completar la Fama Fraternitatis,
“colmar sus lagunas”, “formular en mejores términos los pasajes algo insondables”.
Debemos, pues, considerar esta obra como un complemento de la anterior.
El aspecto apocalíptico de la Fama Fraternitatis se encuentra también en la
Confessio, que ofrece la felicidad de un siglo2 que goza de la intervención divina,
oponiéndose al actual que se caracteriza por la falsedad, la mentira y las tinieblas. Se
trata del fin del mundo cantado en las diferentes evocaciones apocalípticas,3 pero
aquí no aparece tan terrible como en el Apocalipsis de San Juan. Se trata de “una
nueva mañana”.
1 Ver Louis Cattiaux, El Mensaje de nuevo Encontrado, Ed. Sirio, Málaga 1987, X. Vers. 64.
2 Se trata del Olam Habá, o “mundo que viene”, por oposición al Olam Hatsé, “este mundo”; el término
latino sæculum es la traducción exacta de Olam. Ver nuestra introducción al Apocalipsis de Esdrás,
publicado por Ediciones Obelisco.
3 El Fin del Mundo, tal como lo entendían los antiguos, no es ni el fin del planeta, ni el fin del Cosmos. A
menudo se refiere al final de una civilización; casi siempre se trata del fin del mu ndo que cada hombre se ha
creado y ha vivido, y el advenimiento del que llevaba dentro de él. Ver nota 10.
El autor de la Confessio exhorta apasionadamente a sus discípulos a la “lectura
aplicada y permanente de la Santa Biblia”, ya que el verdadero Rosacruz hace del
Libro Sagrado “la regla de oro de su existencia”, “el objetivo y término de sus
estudios” y “el resumen y quintaesencia del mundo entero” (Cap. X).
Estas breves apreciaciones serán suficientes para que el lector se explique el éxito
de la Rosa-Cruz en una época en la que la Iglesia manifestaba tanta dureza e
intolerancia. El odio que pudo llegar a tener hacia los Rosa-Cruz es, sin embargo,
completamente lícito si pensamos que, frente a algún adepto verdadero que
profesara estas doctrinas, nos encontramos con un sinfín de grupúsculos, más o
menos aislados que, movidos por su fantasía, orgullosamente se creían Rosa-Cruces,
sin serlo en realidad.
Los tres libros fundamentales del Rosacrucismo ofrecían, como hemos intentado
hacer ver, un cúmulo de doctrinas e ideas que permitirían a los ávidos de esoterismo
el formar, basándose en éstas, grupos de estudio y de búsqueda que, más tarde,
dieron lugar a las asociaciones y fraternidades de buscadores que se autotitularían
Rosacruces. Estas gentes, en su inmensa mayoría buenos cristianos, que desearon
profundizar en el aspecto oculto de su religión, no serían nunca bien vistos por las
autoridades eclesiásticas. Con la aparición de los manifiestos en las paredes de París,
la cosa no hizo sino complicarse. Creemos, y en esto estamos completamente de
acuerdo con Guénon, que la aparición pública de los Rosacruces coincidió, en cierto
modo, con su desaparición. “Lo que se hace público se envilece”, sabia máxima del
hermetismo, podría aplicarse aquí a la famosa fraternidad.













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